jueves, 20 de octubre de 2011

El arte de escoger

Aunque su reloj interno, ese que nos permite intuir de manera más o menos acertada la hora en la que nos encontramos, le dijese que no habían pasado más de diez minutos, lo cierto es que llevaba algo más de una hora en la biblioteca pública. Paseaba indeciso, rondando de arriba abajo la generosa sección de novela de ficción, albergada en una de las tres salas del segundo piso del edificio. La novela de ficción, que estaba formada por una treintena de estanterías de unos cuatro metros de largo por unos dos de alto, convivía armoniosamente en una inmensa y silenciosa estancia de colores fríos y sofás incómodos con las aburridas secciones de no ficción y empresa y economía.
Había empezado a acelerar el paso por la decimosexta estantería, en la que reposaban descansando unos sobre otros, libros de piel oscura y desgastada cuyos autores compartían el insignificante honor de lucir la letra m en la cabecera del primer apellido. Macleod; Marín; Martin; McCarthy

-          Cerramos las puertas en quince minutos – le dijo, con toda la amabilidad posible, una bibliotecaria de cara arrugada y expresión antipática.
El ansioso lector, tras comprobar que se encontraba solo en ese momento y comprender que las palabras iban dirigidas hacia él, se detuvo al lado de “Kafka en la orilla”, de Murakami, Haruki, parpadeó y clavó su mirada en la hortera montura de las gafas que pendían del cuello de la bibliotecaria de cara arrugada y expresión antipática. Y con la mirada perdida, inició una pequeña regresión.
Un recorrido mental que le llevó al punto de partida por el que ahora se encontraba en la biblioteca pública de su ciudad, a falta de un cuarto de hora de que fuese educadamente obligado a abandonar las instalaciones.

¿Qué esta jamelga iba para bibliotecaria? ...señor...

Todo había empezado dos meses atrás, el día en que una de sus sobrinas cumplía ocho años.
Tras haber terminado la jornada laboral y haber comprado un peluche que su hermana, y madre de la niña, le había recomendado, se dirigió rápidamente a la fiesta de cumpleaños a fin de poder inmortalizar con una instantánea el apagado de las velas del pastel.
La fiesta acabó como todas, con los anfitriones celebrando que los invitados volviesen a sus respectivos domicilios y con el homenajeado rendido por tantas emociones y atenciones recibidas.
Tras la celebración, el todavía no ansioso lector ayudó a su hermana y su cuñado a adecentar las habitaciones de la casa por las que habían correteado los niños horas antes. Ya se había despedido de ambos para volver a su hogar cuando sintió la necesidad de darle un beso de buenas noches a la cumpleañera, que hacía un buen rato que dormitaba en su alcoba.
Cruzó el distribuidor de la vivienda con sumo cuidado, prestando especial atención a minimizar los sonidos emitidos por sus pasos. Tomó el pomo de la habitación, en cuya puerta colgaba un cartel dibujado a mano que sólo permitía la entrada a príncipes y nobles de alto rango, y lo giró lentamente.
En el interior, la luz de una pequeña lámpara situada sobre una mesita al lado de la cama, coloreaba una cálida estancia empapada en amaranto, fucsia y blanco y en la que no faltaban docenas de peluches de todas las dimensiones posibles. La niña permanecía en la cama, despierta, charlando con una muñeca anoréxica articulable.

-          ¡Vaya, vaya! Deberías estar durmiendo, ¿sabes? – le reprendió divertido su tío.
-          …es que no puedo dormir… – contestó la sobrina con una vocecita.
Entornó la puerta y se sentó en la cama. Hundió su mano adulta entre los cabellos castaños de la niña y le dio un beso en la frente.
-          Cuando yo no puedo dormir intento recordar todo lo que he hecho durante el día. Y antes de poder llegar al final, acabo por dormirme sin darme cuenta. ¿Por qué no lo pruebas? Hoy tendrás mucho para recordar.
-          Sí, bueno…
Se levantó de nuevo, arropó a su sobrina y apagó la luz de la mesilla.
-          Que duermas bien y descanses mucho – dijo abriendo la puerta.
-          Tío…
-          ¿Si?
-           ¿Me lees un cuento? – preguntó su sobrina con los ojos abiertos de par en par.
-          Claro – contestó él temiendo que se les hiciese demasiado tarde a ambos.

"...de peluches de todas las dimensiones posibles..."

Hurgaba en un estante instalado, expresamente, a suficiente altura como para que sólo un adulto pudiese acceder. Paseaba el dedo índice por los lomos de una amplia colección de libros infantiles sin decidirse por uno.
-          ¿Te parece bien este? – le preguntó a la niña, que se contorsionaba placentera entre las ropas de cama.
-          Mmm, no. Mejor ese – exigía con mimo la pequeña.
-          De acuerdo – y extrajo un libro de una extensión considerable, demasiada para un niño según su criterio.

Cabe añadir, llegados a este punto, que el todavía no ansioso lector no disfrutaba con frecuencia de la afición de leer. Se decantaba por llenar sus horas de entretenimiento con la práctica de algún deporte o con el visionado de películas. Pero, ¿leer? No, leer, no. Consideraba que la lectura le requería demasiado tiempo o continuidad, algo que un partidillo con los amigos o una cinta de acción de noventa minutos no le exigían.
Salvo los periódicos y los informes, albaranes y presupuestos derivados de su trabajo, no leía prácticamente nada. O al menos, no leía por placer. En varias ocasiones, había cogido algún libro pero nunca pasaba de las treinta páginas pues, al día siguiente, no encontraba el momento de proseguir con la lectura. Y esto ocurría también al día siguiente de este y al siguiente y al otro, así hasta acabar olvidando el libro y la narración contenida por completo.

Mientras la niña aguardaba con total expectación, se aposentó nuevamente en un rincón de la cama y echó un vistazo a la cubierta del libro.
En la parte delantera, unos eslabones incandescentes formaban unas cadenas, que a su vez daban pie a un conjunto de palabras. “Las aventuras de Ian Baxter. El año del Fuego”. Debajo del título figuraba el nombre del autor, una tal Dianne Savêt, y abrigando por completo la cubierta, se extendía una bonita e inquietante ilustración en que se podía apreciar unas grandes montañas rocosas por las que el fuego parecía alzarse. A éstas, se dirigía montado a lomos de un ave, que no supe identificar debido a sus desproporcionadas dimensiones y a su pelaje verde malaquita, un joven que cargaba con ambas manos una extraña y reluciente espada. También ojeó la parte trasera de la cubierta, en la que descubrió que éste era el primer tomo de una colección extendida en otras cinco partes. Leyó el título con voz suave.
-          Las aventuras de Ian Baxter. El año del Fuego”.
-          ¡Ese, ese! – jaleaba ella.
Levantó los ojos por encima del libro y contempló a la pequeña extrañándose de la pasión que despertaba en ella un libro semejante, que tan poco indicado parecía para ese tipo de público.

El débil halo de luz desprendido de la lámpara jugaba haciendo divertidas sombras en la pared. La niña se recogía en la cama y abrazaba a tantos peluches como sus brazos podían abarcar. El todavía no ansioso lector abrió el libro y empezó a leer.