domingo, 26 de junio de 2011

21 días... sin internecs (Vol. II)

Día 10.
Empezaba a sentirme más sereno, quizá menos al día, pero sí más libre, cuando he sufrido una recaída tras una visita a Travis.
En primera instancia, me he mostrado sobrio y maduro, intentando que mis argumentos sobre las ventajas de vivir sin Internet sonasen creíbles, incluso para mi mismo. Pero tras mostrarme Travis un absurdo, pero increíblemente divertido, vídeo en Youtube, mi respiración se ha acelerado clara y precipitadamente.
Travis ha tenido la amabilidad de dejarme unos minutos a solas para que pudiera echar un breve vistazo a mis webs, incluyendo el correo y el blog. Mientras danzaba de una web a otra, he echado de menos el perder una noche entera descubriendo grupos musicales u ordenando y clasificando los fajos de leña en sus respectivos discos duros.


Día 13.
Está en todos los putos sitios, joder.
En televisión anuncian una oferta acojonante que incluye una velocidad de conexión de la ostia y, además, las llamadas de fijo a móvil son gratis. Buena oferta, creo.
Mi bienamada Xbox solicita la instalación de una actualización del software actual o me va a resultar complicado poder sacarle el máximo partido al aparato.
Durante el descanso de la retransmisión del último partido del F.C.Barcelona, el equipo de deportes de Rac1 lee uno tras uno los e-mails, tweets y mensajes de Facebook que los oyentes les envían, algunos más acertados que otros.
Esta tarde Vodafone ha intentado encalomarme mediante SMS un módem usb con el que, me aseguran, podré…
Está en todos los putos sitios, joder.


"¿Quieres que te haga un truco de magia? ¡Venga, escoge un diskette!"

Día 15.
Pues si tío, llevo ya quince días sin Internet y…”.
¡Ostias, que putada, ¿no?!”.
Beehh, no creas. Al final te acabas acostumbrando”.
¿En serio? Yo no sé si podría estar tantos días sin hablar con la gente y tal…”.
Bueno, siempre puedes llamarlos por teléfono o quedar con ellos para echar una birra y…”.
¡Qué dices, tío! ¡Yo con esos no quedo ni de coña!”.
…mmm, ya, claro…”.


Día 18.
Llego a casa del trabajo, ceno un poco escuchando el “Tú diràs” de Rac1 y me recojo en mi habitación. Estoy demasiado cansado como para ducharme y precisamente eso es lo que le escribo en un mensaje de texto a mi pareja. También le deseo buenas noches.
Tras haber soltado con furia un ñordo leyendo un capítulo más de “Las dos torres”, juego con la Xbox hasta que el sueño me atrapa. Ya en la cama, disfruto de un par de capítulos de la serie que actualmente me tiene enganchado. Y me duermo.

Empiezo a comprender que hubo, y puede haber, una vida sin Internet y, sorprendiéndome al no echarlo de menos, descubro lo afortunado que he sido por haber disfrutado del medio.


Día 21.
Cumplidos los veintiún días, el experimento finaliza.
Tras esta experiencia confirmo lo que ya sospechaba: a mi juicio y de forma muy concisa, Internet, como medio ocioso, es la polla, un rincón inmenso en el que todo aquel al que le apetezca puede exponer sus aficiones y compartirlas, siendo comprensible y asequible que descubramos alguna de ellas y la adoptemos para nosotros mismos, o, en otras palabras, contribuyamos a nuestro enriquecimiento cultural.
Por otro lado, y como medio comunicativo, Internet resulta una herramienta extremadamente peligrosa, en primer lugar por la cada vez menor credibilidad de la información que ofrece. En un medio en que lo fresco y lo actual es lo más solicitado, y premiado, por los propios usuarios, resulta inevitable la venta masiva de humo tan sólo por adjudicarse la recompensa de ser el primero en anunciarlo, independientemente de la fiabilidad de las fuentes.
Además, y en segundo lugar, los más puristas (entre los que me incluyo) defienden la teoría de la falsa sensación de acercamiento entre usuarios provocada por este medio. Roza lo absurdo que alguien pretenda socializar sin abandonar su habitación y, en consecuencia, perder sus amigos por un apagón.


"¡Tú, infeliz! ¿Todavía no tienes un producto Apple en tu casa?
¡Pues no sé a que cojones esperas!"

En resumidas cuentas, lo ideal no es vivir sin Internet sino cerca de familiares y/o amigos con conexión que puedan prestarnos suficiente leña en caso de una nevada inesperada, pues para seguir tomando injurias y falsos rumores como noticias veraces, todavía seguimos disponiendo de periódico, radio y televisión.








Por cierto, que conste que si vuelvo a tener conexión será únicamente para colgar esta entrada.

viernes, 3 de junio de 2011

21 días... sin internecs (Vol. I)


Un proyecto de 
SopadePepinoIII Studios


- Yo diría… que padeces cierta dependencia por Internet… – le comenté temeroso de la posible réplica.
- ¡¿Yo?! ¡Pues te recuerdo que no soy yo la que tiene que echar un vistazo cada ocho horas a sus webs… o el que deja el ordenador encendido las veinticuatro horas! – exclamó ella.

Fue discutiendo con mi pareja sobre la fuerte adicción a Internet que pueden desarrollar los usuarios cuando tuve la idea de llevar a cabo este interesante experimento. Bien, el que me cortasen la línea telefónica por impago fue, ciertamente, algo determinante.
En cualquier caso, estaba decidido a vivir en primera persona los efectos y las consecuencias de permanecer 21 días sin conexión a Internet y poder iluminar así a cualquier usuario necesitado en la hora más oscura (o proporcionar cinco minutos de entretenimiento al más aburrido).


Día 1.
Confirmo que los operadores de Telefónica hacen bien su trabajo ya que mi conexión a Internet es historia. La manera de asegurarme de que no tengo línea es tan rudimentaria como efectiva: intento conectar con algunas de las webs de uso diario (Las Horas Perdidas, Mundo Deportivo, Petardas…) hasta que dejo de conocer los estrenos cinematográficos de la semana, ignoro si jugará Pedro de titular o tengo que recurrir a la imaginación para hacerme una. Gallarda.
¡Suerte que tengo que ir a trabajar y al volver solo tendré ganas de irme a la puta cama!
Eso si, pasar la jornada entera currando y sabiendo que los uTorrent, eMule, jDownloader y demás están tomándose la tarde libre, me corroe por dentro hasta provocarme un ardor terrible.


 Aunque siempre puede haber algo peor que quedarse sin conexión:
ver una película de este ruiseñor, por ejemplo.

Día 4.
No recuerdo haber ido nunca a trabajar con tanta complacencia pues las jornadas laborales se han convertido en mis aliadas en esta cruzada contra el calendario. A pesar de eso, los minutos se arrastran tan lentamente que estoy a esto de detener el tiempo.
Todavía abandono mi habitación dejando el ordenador encendido y, de la misma manera, vuelvo a casa con el gusanillo dando vueltas en mi estómago por descubrir que sorpresas me aguardan en la carpeta de “Descargas”.
El ritual de revisar las webs y las descargas tras volver del trabajo ya hace un par de días que ha sido directamente suprimido, aunque eso me haya echo ganar unos preciados minutos que puedo destinar a… quedarme alelado ante la pantalla preguntándome porque no pago a Telefónica y dejo de hacer el imbécil. Esto va a ser duro.


Día 6.
Suerte que no soy usuario de Messengers, Facebooks o Twitters pues mis amigos creerían que he muerto tras seis días sin escribir ninguna bobada en ningún puto muro. El blog, por cierto, no se resiente ante este problema debido a mi irregular creatividad.
Aún así, a pesar de tener el teléfono móvil cargando sobre la mesita, me siento incomunicado, apartado de esta nueva sociedad cuyo único sustento y mayor logro es la primicia, ya sea de la noticia más destacada del día como de la mayor estupidez. La sensación es que, a pesar de no perderme un telediario, tener la radio puesta todo el santo día o leer cada mañana el periódico, estoy informativamente desfasado.

 O que a aquí, al amigo, le de por palmar antes de
finalizar lo que tiene entre manos... 

Día 7.
Hoy libro, tanto de trabajo como de relaciones sociales, y tengo todo el puto día para quemar con mis mierdas. El día se hace insufrible, ni siquiera eventos políticos o deportivos consiguen desviar mi atención y entretenerme más de diez minutos.
Como no parece que el verano vaya a asomar por la puerta de la habitación, decido tirar de la leña que ido haciendo acopio como una hormiguita durante tanto tiempo. Curiosamente, mientras juntaba ramas diciéndome “…para que el invierno no nos coja por sorpresa…”, jamás pensé que un día me vería realmente en esta situación. Suerte que hice bien mi trabajo.
Finalmente, entre películas, series, juegos y algún que otro libro, disfruto de un excelente y ocioso día.