martes, 19 de abril de 2011

Él ...y yo

Por fin llega a casa, cansada tras una dura jornada laboral. Él ya hace unos minutos que la espera inquieto y, en cuanto la ve asomar por la puerta, la recibe como si no la hubiese visto en años, como cada día. Es tal la alegría desprendida que es imposible que los vecinos no sepan qué hora es.


Tras la tierna bienvenida, ella le explica cómo le ha ido el día mientras se desnuda en el baño y se mete en la ducha. Le cuenta que se ha comido un marrón sin tener absolutamente nada que ver en todo el asunto. También le habla sobre los últimos cotilleos que rondan por la oficina: que si tal no traga a tal otro, que si a aquel ha vuelto a faltar sin justificación alguna, etc.
Él, que la ha seguido fielmente por la casa, desde el comedor hasta el baño pasando por el dormitorio, aguarda en silencio, prestando atención a todo sonido que emite su dulce voz. A ella le encanta hablarle, pues nunca la interrumpe con bobadas que no vienen al caso o con preguntas sobre detalles que él ya debería recordar; él se maravilla con cada una de sus palabras.

Sale de la ducha y, como premio por haberla escuchado tan atentamente, recibe un beso en la cabeza, a lo que él responde con un par de saltos de júbilo.
Ya vestida con un sencillo pijama de verano, algo fresquito y cómodo, calienta en el microondas algo de pasta que ha sobrado de la comida y le recuerda que el domingo comerán en casa de sus padres. Él asiente sin quitarle los ojos de encima.

Cenan juntos en el sofá, levantando la vista de tanto en cuanto y dirigiéndola hacia el televisor para ver qué diablos hacen unos españoles afincados en Aspen. Terminado el ágape, deja los platos en la fregadera, se viste con un chándal azul y salen ambos a dar un ligero paseo bajo la noche estrellada.
Respiran un poquito de aire primaveral y disfrutan del reciente cálido clima que baña las calles. Ella le habla del pasado y del futuro, de lo que quiso hacer y no pudo y de lo que espera lograr algún día. También le repite, una vez más, lo mucho que agradece tenerlo en su vida mientras él la contempla maravillado a cada paso que avanza.

Llega la hora de dormir y ella se viste de nuevo con el pijama veraniego. Se asegura que la puerta de casa está cerrada, deja un vaso de agua en la mesita de noche y pone en hora el despertador. Finalmente se acuesta en la cama mientras él se estira junto a ella.
Aún guarda algunas fuerzas para explicarle a él sus planes de mañana fuera de la oficina mientras le rasca por detrás de las orejas y en su peluda barriga. Él le agradece el gesto con pequeños besos que también ella disfruta hasta que, entre mimos y caricias, terminan durmiéndose.


Y es entonces cuando yo me pregunto qué cojones pinto en todo esto.


¡Ahhhh! "Agora" lo entiendo: cuando dice "él" no se refiere a él mismo!