viernes, 4 de marzo de 2011

SAHS


Inspirado en un breve relato de mi padre.


Sigue de pie ante la mesita del comedor, estudiando cuidadosamente cualquier indicio que le permita encajar una pieza más. Examina formas y garabatos, los colores y sus matices, hasta memorizarlos por completo.

Se estira como un felino y cambia de postura hasta acomodarse de nuevo en el sofá. 02:47h. Debería dejarlo por hoy e irse a descansar; el puzzle no va a marcharse a ningún lado.
Pero la adicción producida por la satisfacción de ensamblar una nueva pieza le impide abdicar, en todo caso recargará pilas.
Abandona el comedor para tomar la cocina, tan en silencio y en penumbra como el resto de la casa, y vierte dos dedos de leche en una delicada taza.
Sus ojos siguen con impaciencia la cuenta atrás del temporizador del microondas pero sus pensamientos vagan por otro lugar. ¡Ese maldito puzzle la está volviendo loca!
Todo en él es tan… azul. Si bien hay algunos toques amarillos, dorados, limonados, ocres y anaranjados, el azul en la magnificencia de toda su gama, lo impregna todo. Eso eleva, por supuesto, la dificultad de la empresa lo cual, a su vez, aumenta su motivación.
A pesar de su confesa predilección por las bucólicas y coloristas calles parisinas, reconoce que se apasiona aún más por aquellos puzzles que llegan suponerle una obsesión debido a su dureza.
Entre estos pensamientos ha ignorado que la leche ya está caliente y, tras preguntarse porque no ha apreciado la señal acústica del electrodoméstico, descubre que aún lleva los auriculares por los que ahora vocifera una joven jaleando a algún desgraciado a citarle un nombre masculino terminado en “O”.

Vuelve a tomar asiento y acaricia al gato que duerme tan placidamente entre dos cojines que es imposible no infectarse con su calma. Da un sorbo al café mientras, de forma casi inconsciente, piensa nombres que cumplan con los requisitos de la exuberante rubia. “Francisco, Adolfo, Alberto, Alejandro, Ricardo, Gerardo, Mario, Sergio, Santiago…”.
Enciende un pitillo y salta de un canal de televisión a otro hasta detenerse en uno en el que un astrólogo, con melena y túnica azabache, parece empeñado en convencer a una incrédula señora que su marido encontrará trabajo pronto. El tono bajo de la conversación telefónica parece de su agrado; las voces del astrólogo y sus ingenuas víctimas suplen la compañía que los suyos no pueden satisfacer ahora.
Cigarrillo en mano, acerca la caja del puzzle hasta que roza con su nariz. Repasa la fotografía del cuadro original del puzzle que la tiene, desde hace algo más de una semana, completamente obsesionada. Aunque no es por el puzzle en cuestión. No importa que sean De sterrennacht o “Guernica”. Tampoco le preocupan “La Gioconda” o “La persistencia de la memoria”. Verlo acabado, la culminación del propósito, es lo que le turba de forma desmedida.

De sterrennacht feat. Bruce Wayne

Apura el café y apaga el cigarrillo y se propone colocar unas diez o quince piezas más antes de irse a dormir, ignorando los muchos minutos que eso pueda suponer.
Observa los recipientes en los que las piezas se amontonan clasificadas según color y dibujo y toma una de ellas y, de la misma forma que con la caja del puzzle, la coloca ante un palmo de sus ojos. La mira, la observa e incluso trata de comprenderla en su complejidad, tanto individualmente como parte de un armonioso y lógico todo. Ahora la coteja con la fotografía del cuadro y trata de ubicarla pacientemente. Haciendo acopio de toda la paciencia de que dispone, le dedica a esa sola pieza el tiempo necesario.
Su cabeza se balancea de izquierda a derecha, de la fotografía a la pieza, una vez tras otra. Hasta que, en un viaje de vuelta, la pieza que sujetaba con el pulgar y el índice desaparece.
No es que la haya visto desaparecer ante sus ojos, simplemente no está donde unos veinte o treinta segundos atrás estaba, simplemente el espacio físico que antes ocupaba esa pieza azulada ahora está ocupado por un pedazo de nada.

Examina los dedos que la sujetaban, la palma de su mano y el interior, ahora vacío, de la taza. Pero nada. No hay pieza. “Quizá no la hubo”, piensa. “Es posible que, tras tantas horas forzando la vista y removiendo piezas, mi cuerpo haya manifestado el cansancio acumulado de esta forma”, razona. Y restándole importancia a lo sucedido, y diciéndose a si misma “…cinco minutos más y lo dejo por hoy…”, vuelve a la carga en busca de una nueva pieza que acoplar.
Prosigue con el mismo método: toma una pieza con la mano derecha y repasa y compara detenidamente la fotografía de la caja, que la mano izquierda tiene firmemente cogida, hasta dar con su lugar en el cuadro. Encaja una y ahora otra más.
Pero no tarda en volver a quedarse atónita cuando, tras intentar localizar la ubicación de una nueva pieza, que intuye su lugar cerca de la amarillenta luna, ésta desaparece también de entre sus dedos como por arte de magia.

Vuelve a ponerse en pie y mira desconcertada a su alrededor sin descubrir nada que pueda explicar este curioso suceso. Apaga el televisor y abandona los auriculares al lado de éste. Quieta, pone atención esperando detectar algún sonido, algún signo evidente de que algo no funciona bien. Pero solo percibe un par de ronquidos, lejos, al final del pasillo.
En el sofá, el orondo gato se estremece aletargado y agita las patas delanteras reclamando atenciones y mimos, lo que despeja cualquier duda sobre un posible atracón de piezas por parte del animal. Y como en la taza parece que tampoco haya ido a parar, tal y como confirma tras inspeccionarla, decide coger otra pieza al azar, en este caso, una de las previamente clasificadas junto a las que intuye formarán parte de los tejados del pueblo.
Vamos a ver si eres capaz de esfumarte ante mis ojos…”, le susurra mientras se la acerca como si la examinase para colocarla en su lugar. “¿Qué? ¿Vas a decirme que las anteriores piezas no han desaparecido? ¿Qué todo ha sido imaginación mía?” Pestañea; la pieza sigue impasible entre sus dedos. “Bueno, al menos esto confirma que no estoy perdiendo la…”. Pestañea; la pieza se ha evaporado.

¿Dónde está... la puta pieza?

Baja la mano pausadamente, al mismo tiempo que la cabeza, y contempla el puzzle inacabado. Tras unos largos segundos, parece reaccionar y dar por terminado el día. Apaga todas las luces excepto una pequeña lámpara junto al televisor y recoge la taza y el cenicero y los lleva de vuelta a la cocina. De camino al dormitorio, se detiene en mitad del pasillo e invita al felino a acompañarla a la cama. “Albus, ven anda, vamos a dormir”.
No la hace esperar mucho; el gato se despereza y posa sus patas sobre el frío suelo y, tras rodear sinuosamente dos patas de la mesilla y una pequeña montaña de piezas, endereza sus silenciosos pasos hacia la calidez de la habitación de matrimonio.