miércoles, 15 de diciembre de 2010

Motefobia. Superación.

El ser humano es, por norma, totalmente inconsciente del peligro constante que lo rodea, oculto en el rincón más insospechado.
Resultan alarmantes las altas probabilidades de ser acuchillado por un maleante, violado por un degenerado o estampado contra unos escaparates de una tienda de ropa gentileza de un conductor tomado.
Recibir en el parietal un macetazo de un cuarto piso, resbalar con un charco y dejar marcada nuestra sien contra el arcén o recibir inesperadamente sobre nuestros hombros el peso de un andamio.
Tropezar con un adoquín de la acera y quedar tendidos en el paso de peatones a merced de los coches que circulan ignorantes, o ser contagiados por rabia tras la improbable mordedura del perro que suele callejear por el barrio.
Parece claro que, en ocasiones, vivir supone jugarse la vida constantemente.

Aquella noche yo también era totalmente inconsciente del peligro al que iba a ser expuesto, la amenaza de la que resultaba imposible estar preparado, el terror que iba a sumirme en la más horrenda de las pesadillas imaginables.


Motefobia


De pronto, el ascensor vuelve a iluminarse y a quedarse a oscuras nuevamente. Y repite ese patrón luminoso permitiéndome inspeccionar, entre destellos, las cuatro esquinas sin separar mi cuerpo del espejo. Volteo mi cuello deseando reírme de mi atrofiada imaginación y el estado de pavor absurdo al que me ha conducido. Y todo parece bien hasta que vuelvo a fijar la vista al frente.

Con una dimensión de unos 200 centímetros de longitud y unas inmensas alas grisáceas aleteando, una gigantesca polilla de ojos anaranjados permanece levitando ante mí, con una actitud más amenazadora que amistosa. Su boca, o hocico o lo que diablos quiera que sea, tan abierta que puedo distinguir entre destellos de luz dos hileras de irregulares y afilados dientes, segrega una sustancia gelatinosa de un color jodidamente oscuro que recorre su tórax hasta formar un pequeño charco en el suelo.
Ante semejante percal, sigo inmóvil, obviamente. Quizá sea por el terror que se ha apoderado totalmente de mí a estas alturas al estar atrapado con una especie de polilla gigante cabreada en un ascensor que no parece dispuesto a moverse lo más mínimo. O quizá sigo inmóvil ya que, al no haberme visto antes en una situación como esta, no tengo la más jodida idea de cómo reaccionar. No importa. Sea como fuere, el error de Dios que tengo ante mí, babeando tanto que el charquito está casi rozando la puntera de mis deportivas, no espera mucho más y, tras retroceder un poco, arranca en tromba directo hacía mí, embestida que consigo sortear lanzándome ágilmente hacia mi derecha, su izquierda.
Su golpe contra el espejo propicia una grieta del cristal por la zona central superior. Algo desorientado, retrocede otra vez hasta tenerme a tiro, algo no muy difícil, pues aún no he sido capaz de ponerme en pie. Vuelve a arremeter contra mí, esta vez directo a mi pecho, pero antes de que logre arrancarme un pezón y un pedazo de la camiseta, tengo suficientes reflejos como para detener su asalto con el bolso que llevo aún colgado al cuello. Hinca los dientes en el bolso, pero lo suelta inmediatamente al percatarse que no ha acertado en su objetivo. Se precipita sobre mí hasta tres veces más, asaltos a los que resisto espartano escudándome de la misma forma.

El error de Dios

De pronto, el hijo no deseado de la madre Naturaleza, hastiado de no conseguir resultados con su limitada estrategia, emite un agudo gruñido, suficientemente intenso como para que los vecinos se asomen al rellano o al menos echen un vistazo por la mirilla, aspira enérgicamente y escupe una abundante cantidad de esa mierda oscura que parece supurarle de la lengua. El salivazo me coge desprevenido y parte de él impacta en mi cara, en mis ojos y en mi boca, cegándome momentáneamente y dejándome a merced del monstruo alado.
La masa gelatinosa abrasa mis ojos y asfixia mi garganta, aunque reconozco un preocupante regusto a salsa barbacoa. Antes de que pueda limpiar mis párpados con la manga de la chaqueta, pierdo el equilibrio tropezándome con el bolso y mi cabeza se estrella con el espejo.
            - ¡Hijadeputa! – grito encabronado, faltándole al respeto a la enorme polilla.

Arrodillado ante el inesperado dolor del golpe, me palpo la zona del golpe con una mano intentando detectar alguna herida o algún reguero de sangre derramándose por mi sien. El monstruo aprovecha mi desventaja y desciende nuevamente en picado desenvainando su afilada dentadura. Hace blanco en el talón de mis deportivas, aferra fuertemente el zapato y, con una fuerza desmesurada, estira para sí levantándome violentamente los pies y propiciándome un nuevo golpe en la cara contra el suelo encharcado del ascensor.

Increíble. Una polilla gigante y babeante me tiene fuertemente preso por el talón y me está sacudiendo de un lado a otro, estampándome con desmesurada potencia contra las paredes de un ascensor. Si logro salir de esta de una pieza, no me va a creer ni Dios.
Sigo recibiendo lo mío a base de bien, aunque aprovecho entre las sacudida a quitarme parte de la sustancia pringosa de la cara y vuelvo a abrir los ojos. Todo está oscuro, el fluorescente ha vuelto a dejar de funcionar.
Sin tener las más remota idea de como salir de la situación, estiro las manos hacia el suelo y chapoteo entre la sustancia pringosa buscando una vez más el bolso, el único recurso de que dispongo. A tientas, con las manos cada vez más irritadas, logro hacerme con él, olvidado en una de las esquinas y empapado por completo.
La sangre empieza a acumulárseme en la cabeza mientras rebusco en el bolso algo que pueda servirme pero el permanecer colgado cabeza abajo, recibiendo golpes en cráneo, espalda y pecho, y con las manos seriamente jodidas debido a saber qué componente de la salsa de la que voy totalmente embadurnado, no ayuda mucho en mi labor de hacerme con algo útil con que defenderme.
Tras manosear un paquete de Chesterfield, un par de mecheros, un pequeño manojo de llaves, un bloc de notas, un bolígrafo de color azul, un librillo de papel, un libro aún por leer y la funda de mis gafas de cerca, decido tomar el bolígrafo depositando en él cualquier esperanza de salir de allí de una puta pieza. Y sin más, ejercito mis abdominales impulsándome y me aferro con el brazo izquierdo a la extremidad de la polilla que tiene preso mi zapato, que ha sido perforado por las garras del monstruo y ha llegado a agujerear las primeras capas de piel de mi pie derecho. Desenvaino el bolígrafo extrayendo el capuchón con la boca y apuñalo a la polilla cerca de la garra tantas veces como me resulta posible, duchándome por completo de una sustancia algo menos densa, oscura y nociva que la conocida hasta ahora, hasta que suelta mi pie tras un nuevo gruñido y par de bruscas convulsiones, y caigo aparatosamente de espaldas contra el suelo.
El fluorescente vuelve a alumbrarnos a los dos con resplandores que no duran más de un segundo. Y decido que ya ha llegado el momento de acabar lo empezado. Sin dejar que el dolor físico me distraiga lo más mínimo, localizo nuevamente el bolígrafo, que se ha escurrido entre mis dedos durante la reciente caída y se ha sumergido en ese mar de babas que ya alcanza mis tobillos. El monstruo cabrón sigue volando erráticamente por encima de mí, sin dejar de emitir esa especie de bramido, pero no tarda en dejar de lado su dolor superficial y centrar su atención en mí. Y emprende furiosamente una acometida con la mandíbula tan abierta que parece desencajada.

El hijo no deseado de la madre Naturaleza

Se acerca rápido. ¿Qué puedo hacer?
Está casi a punto de alcanzarme. ¿Cómo puedo derrotar a esta monstruosidad armado con un simple bolígrafo?
Ya está aquí, es inminente. ¿I si…

Se abalanza sobre mí a por todas y en lugar de un movimiento evasivo, opto por llevar a cabo lo primero que se me ocurre teniendo en cuenta las circunstancias: antes de que sus incisivos puedan acertar sobre mí, adelanto el pie derecho que acompaño con el hombro, el codo y el puño derechos, en el que tengo aferrado fuertemente el bolígrafo, y lo introduzco, para su sorpresa, en sus fauces, rasgándome toda la piel del brazo con profundos cortes. Ahora, con un brazo totalmente extendido dentro de su esófago y con el otro aferrando firmemente al monstruo y anulando cualquier posible huida, solo tengo que empezar a apuñalar todo lo posible, intentando acertar en los pulmones o el corazón. Eres mío, hijodeputa.
Unas cuantas estocadas después, la polilla parece casi abatida, acariciando su último aliento. Dejo de hacer presión con el brazo izquierdo y cae al suelo extenuada, liberando así mi otro brazo, que sangra preocupantemente. Observo el bolígrafo empapado que me ha salvado la vida con curiosidad y sorpresa y lo guardo en mi bolsillo mientras, ahogándose con sus propias babas, la polilla respira y expira débilmente, dando evidentes muestras de que este ha sido su vuelo final.

El ascensor, improvisado cementerio de polillas gigantes, emite una nueva y gran sacudida y se pone en funcionamiento nuevamente, al igual que el sistema de iluminación, que deja de destellar para alumbrar, al fin, todo el receptáculo.
A pesar de la indicación prohibitiva para fumadores, es tiempo de celebración, así que tomo el bolso buscando un cigarrillo. Intento prenderlo, pero ni el cigarro parece que pueda arder ni los encendedores parecen muy dispuestos a dar lumbre.
El letrero de luces rojas, encima de las teclas numeradas y cerca de una plaquita metálica en la que alguien ha borrado torpemente el “No” de un amenazante “No es permet fumar”, marca ahora un 2.
Todo ha acabado. Esperando que las puertas metálicas se abran y me permitan huir de ese pequeño rincón de los horrores, examino mi brazo derecho, que parece sangrar algo menos para mi alivio, y compruebo que mis pertenencias imprescindibles permanecen en el bolso, del que aún caen algunas gotas de…
Silencio. Oigo un ruido tras de mí. Inmóvil, miro de reojo el letrero luminoso ansiando llegar a mi destino. Otro ruido, esta vez más intenso y más definido: un aleteo.

El monstruo cabrón

Desenfundando el bolígrafo con suavidad, giro mi cuerpo ágilmente dando la espalda a la única salida de aquel infierno y, ¡sorpresa, amigo lector!, la inmensa polilla flota a duras penas a un metro de mi.
Parece algo enfadada ya que, tras un bramido 50% furia 50% dolor, me arrea un zarpazo que manda el bolígrafo, mi Excalibur, a tomar por culo. Saboreando su superioridad física, avanza lentamente hacia mí, que intento alejarme de ella todo lo posible  hasta que mi espalda topa con las puertas metálicas.
Se acerca irremediablemente, tanto como mi final. Es curioso como suceden las cosas: no hace ni tres jodidos minutos era este puto bicho el que agonizaba en el suelo mientras yo celebraba mi suerte. Y podría haberlo rematado tranquilamente, sin padecer lo más mínimo. Si mi madre estuviera aquí se hubiese regocijado con un “¿Ves como las cosas hay que hacerlas al momento y no dejarlas para luego? Siempre te lo digo: ahora no me haces caso pero cuando seas mayor dirás ¡Qué razón tenía mi madre!”.
Se detiene con los ojos a la altura de los míos y noto la ahogada respiración que escapa de su boca en mi cuello. El muy hijoputa está disfrutando el momento. Es cuestión de segundos que…

…que se habrán las puertas del ascensor y caiga al suelo del tercer piso de espaldas. El bicho me mira desconcertado, las puertas se cierran y desaparece de mi vista. Vale, esto sí ha sido inesperado.
Tumbado boca arriba sobre las frías baldosas reconozco un sonido perteneciente a un ser humano.

   - ¿Qué haces? – pregunta con severo escepticismo el anfitrión del 3º 2º.

Aún sin ponerme en pie, giro el cuello hacia la izquierda.

   -  …emmmm, pues resulta que… – lo cierto es que no tengo la menor idea de qué contestar, pero eso supone un problema para el anfitrión ya que, antes de que pueda empezar a tejer una historia coherente, me interrumpe inflexible.
   - He puesto la cafetera en marcha hace una hora.


Levanto mi ensangrentado y sucio cuerpo mientras mi rostro se sonroja.


   - Ostia, perdona, es que resulta que... - intento excusarme mientras accedo a la vivienda siguiendo los pasos del anfitrión.