jueves, 11 de noviembre de 2010

Motefobia, el peligro constante.

El ser humano es, por norma, totalmente inconsciente del peligro constante que lo rodea, oculto en el rincón más insospechado.
Resultan alarmantes las altas probabilidades de ser acuchillado por un maleante, violado por un degenerado o estampado contra unos escaparates de una tienda de ropa gentileza de un conductor tomado.
Recibir en el parietal un macetazo de un cuarto piso, resbalar con un charco y dejar marcada nuestra sien contra el arcén o recibir inesperadamente sobre nuestros hombros el peso de un andamio.
Tropezar con un adoquín de la acera y quedar tendidos en el paso de peatones a merced de los coches que circulan ignorantes, o ser contagiados por rabia tras la improbable mordedura del perro que suele callejear por el barrio.
Parece claro que, en ocasiones, vivir supone jugarse la vida constantemente.

Aquella noche yo también era totalmente inconsciente del peligro al que iba a ser expuesto, la amenaza de la que resultaba imposible estar preparado, el terror que iba a sumirme en la más horrenda de las pesadillas imaginables.


Motefobia


   "- … quan falten cinc minuts per les 20h. de la tarda. I ara és hora de donar pas a la cap del nostre departament d’alineacions, Sònia Gelmà. Bona tarda, Sònia.
   - Bona tarda, Raül.
   - Em fa una mica de por preguntar-te però, tenint en compte com ha anat la setmana, Xavi veurà el partit de demà dissabte desde la grada, ¿no?
   - Doncs molt em temo que si ja que sembla que els dolors que patia..."

   - Me cago en la puta – digo sin alterarme 
Que no juegue Xavi mañana me jode tanto como percatarme de que se ha acabado el papel tras acabar de llegar a casa. Quizá no tanto.

...o que un coreano que ni conocemos nos abra el cráneo sin motivo alguno...

Respeto el ceda el paso y giro hacia la izquierda buscando aparcamiento entre coches amontonados en batería, pero nada de nada. Es la cuarta vez que paso por aquí.
Vuelvo a doblar hacia la izquierda y disminuyo el volumen de la radio, hasta dejar un débil hilillo de voz, al encontrar un espacio donde estacionar. Me recuerdo a mi padre, girando la ruedecilla del volumen del reproductor de música del coche cada vez que dejaba atrás una salida de la autovía que no debía o cuando sentía que la jungla del salvaje tráfico de Barcelona amenazaba con violar su espacio.
Bajo del coche, mal aparcado a un palmo del bordillo respecto a la rueda delantera derecha y a tres tomando la trasera derecha como margen, cojo mi bolso del asiento trasero y apuro el canuto y la lata de cerveza caliente. Tras ahogar la colilla en las últimas gotas del jugo de malta, intento encestar la lata en la papelera situada justo en la acera frente a la que he estacionado. 
El clonk-clonk de la lata contra el suelo me confirma que, si alguna vez formase parte de un equipo de baloncesto, optarían por ceder el balón a cualquiera antes que a mí en la última posesión del partido.

Recorro un par de calles, suficientemente húmedas como para deducir que durante la mañana cayeron cuatro gotas. Están repletas de bloques de pisos, locutorios y algún que otro colegio. En el barrio se respira un ambiente de recogimiento tras haber pasado el día en la oficina, en el colegio o en el bar más cercano, lo que crea una sensación de falsa vida en la zona. En algunos portales se agrupan jóvenes de ambos sexos y diferentes edades y colores. Sentados en el bordillo que eleva el edificio de la acera, se amontonan como idiotas, comiendo pipas, tosiendo humo de tabaco rubio y dejando escapar insoportables risitas adolescentes mientras se pelan de frío.
Ignoro que hubo una vez en que yo también hacía algo parecido y deseo que se estrellen con el lado hijodeputa de crecer. Así se darán cuenta de lo estúpido que es uno cuando es joven.

3º 2ª. Llamo al timbre del portero automático, que emite un sonido parecido a ¡neeeeek!
   - ¿Si? – pregunta una voz masculina desde el 3º 2ª.
   - ¿Te lo vas a perder? – contesto poco convencido de mis palabras.
Distingo una ligera carcajada por el interfono y el consentimiento del interlocutor para que acceda al interior, así que empujo la puerta del vestíbulo intentando recordar si ya había hecho uso de esa consigna anteriormente. Hace ya algún tiempo opté por contestar cualquier estupidez al llamar al interfono de una vivienda ya que, hasta la fecha, un simple yo bastaba para que se te permitiese al acceso al piso. La primera persona del singular me parecía demasiado pobre como para agradecer el hecho de que alguien te abriese las puertas de su refugio. Hasta que un día me decidí por darle color al asunto.

El vestíbulo está escasamente iluminado. En la pared de la izquierda, un estante con los buzones de los vecinos y algo de propaganda de supermercados y compañías telefónicas. Al fondo, la puerta interior hacia las escaleras y el ascensor, ante el cual me detengo para pulsar el botón de llamada. Las puertas dobles tardan en abrirse el tiempo justo como para que revise que no he salido de casa en calzoncillos ante el gran espejo frente al ascensor. Todo en su sitio, creo, y entro dentro pulsando esta vez una tecla con el número 3, escrito también en braille. Debería afeitarme o eso es lo que dice mi reflejo en el espejo interior del ascensor. La iluminación en este caso es suficiente aunque, combinada con el espejo, es capaz de reflejar las imperfecciones. Repaso granos, poros, pelos de la nariz y parte de la dentadura mientras las puertas vuelven a cerrarse tras de mi y el ascensor se pone en marcha.

...o ser el jamón dulce/pavo de un sándwich...

Examino cuidadosamente mis ojeras, que podrían pertenecer sin problemas a alguien aquejado de terrores nocturnos, cuando advierto una presencia en el ascensor, algo. Ignoro exactamente de que se trata, pero sé, noto, que hay algo vivo encerrado conmigo en aquella ascendente caja metálica.

En un primer momento, permanezco inmóvil esperando que las puertas vuelvan a abrirse y salir de allí sin problemas, pero termino por darme la vuelta cuando el ascensor da una sacudida y se detiene en seco. Un letrero de luces rojas, encima de las teclas numeradas y cerca de una plaquita metálica en la que alguien ha borrado torpemente el “No” de un amenazante “No es permet fumar”, marca un 1. Ligeramente inquieto, presionó repetidamente la tecla con el número 3, escrito también en braille, hasta que escucho un suave aleteo y un ruido sobre el espejo, parecido al de las uñas de la mujer repicando sobre la mesilla del comedor contemplando al marido que llega a altas horas de la noche.
Algo más que ligeramente inquieto, pero aun conservando la entereza, vuelvo a girarme encarándome de nuevo hacia ese espejo que parece una versión cabrona del espejo mágico del cuento de la Bella Durmiente. Me sorprende no descubrir nada por lo que deba preocuparme y, para mi regocijo, el ascensor se pone en marcha de nuevo sin previo aviso. Pero esta vez el viaje aún es más corto, pues vuelve a agitarse y a detenerse de nuevo.

Y empiezo a cagarme en la puta.
   - ¡Me cago en la puta!

No es que padezca una fobia manifiesta hacia los ascensores ni a los espacios pequeños en general, pero tampoco me hace especial ilusión quedarme atrapado en uno de ellos y menos aún con algo merodeando a mi alrededor.
Pulso nuevamente la tecla con el número 3, escrito también en braille, pero, como suele decir mi madre, sirve de tanto como meneársela a un muerto. Reparo en la tecla de llamada de emergencias, con un contorno acentuado en amarillo limón y con el dibujo de un teléfono en lugar del número de planta, y lanzo mi índice derecho hacia el nuevo objetivo mientras mi cabeza es presa de una inoportuna paradoja: ¿cómo es posible que, con la vergonzosa cantidad de veces en que habré pulsado estos botones de emergencia solo por hacer algo, por ver que pasa, y ahora, estando supuestamente en una condición moralmente inmejorable para pulsarlo de nuevo, tenga la extraña sensación de que voy a causar una innecesaria molestia a los vecinos?
Pero los sentimientos de culpa y de necesidad no consiguen llegar a un acuerdo cuando abandono toda atención sobre pulsador de emergencia y me vuelvo hacia el espejo, o más concretamente hacia el fluorescente que descansa encima y los destellos luminosos que emite amenazando con apagarse del todo. Hasta que, tras unos segundos en los que permanezco contemplando al fluorescente atontado como una polilla, se apaga. Se apaga y la oscuridad le endosa un 2-6 a la luz.

...por no mencionar la peligrosidad que entraña tener de invitado al amigo Cruise...

Totalmente inquieto, un generoso eufemismo de con los cojones sobrepasando la nuez, aporreo indiscriminadamente la hilera de botones. El 4, el pulsador de emergencia, el 4 otra vez, el 1, el 2, el pulsador mantener las puertas abiertas y el 4 una vez más. Durante mi desesperado, y frustrado, intento de que mis problemas desaparezcan, vuelvo a percibir un ligero aleteo, esta vez a dos palmos de mi frente. Me detengo por completo, rígido, y como un robot poco engrasado doy un paso atrás. Y otro más, hasta que mi espalda toca contra el espejo. Contengo la respiración. Silencio. Silencio y oscuridad.