viernes, 8 de octubre de 2010

Laisse aboyer les chiens



Mientras su silueta rasgaba por el escenario agonizantes haces de luz violetas y anaranjados, ignoraba que, ya en casa, iba a sentirme como un vulgar ladrón al haberme llevado conmigo pedazos de él derramados en cada canción, en cada nota, en cada susurro. Había violado, consentidamente, su intimidad.

Con exquisito garbo y dramática puesta en escena, erraba coreografiadamente de un lado a otro de la tarima susurrándole al micrófono, convirtiéndonos en confidentes de su tragedia. En ocasiones danzaba para si mismo, con elegancia y gracia a partes iguales, sin importarle lo más mínimo la cantidad de miradas pendientes de cada gesto suyo.
Su melena, lacia y grasienta y oscura como el fino traje a medida que le confería un aire enfermizo, ocultaba unos ojos pequeños y penetrantes, perdidos en el cigarro que se consumía en su mano izquierda.
Ese semblante esculpido por un aprendiz negado, que culminaba en una nariz faraónica, y vendido a un constante lamento melancólico, suspiraba en cada melodía por aquello, que una vez hallase, desecharía para poder volver a anhelar.

Me mecí con la armonía de cada composición y descansé, como no recordaba desde hacía tiempo, cuando su voz entera y suave me envolvió.
Cogido delicadamente de su mano, me perdía cada vez más en un paseo bucólico, entre unas frondosas montañas y frescos ríos que repentinamente se esfumaban para dar lugar a callejones adoquinados con algún que otro charco, debido a los recientes servicios de limpieza comunitarios, y en los que rebotaban destellos coloreados de los neones de los cafés más cercanos. Me encontraba en un lugar que nunca había visitado pero que recordaba a la perfección.

Fue, sin duda, una velada para enamorarse o para ser abandonado; para paladear un seco whisky en la barra de una sombría taberna o descontarse continuamente al calcular las estrellas que nos arropan; para lamentarse de lo que no hicimos o no pudimos hacer o mirar con optimismo el calendario; para quedar contigo o quedar solo conmigo.
Fue una velada, en cualquier caso, para creer en sus palabras: “la vie est belle”.



Dedicado a mi madre, pues sin ella esta entrada nunca hubiese tenido lugar.