martes, 24 de agosto de 2010

Refrito veraniego: the shitter musical top 5

La cosa está bastante clara: es verano y hace calor y, en consecuencia, a vosotros no os apetece leer y a mi mucho menos escribir.
Así pues, ¿qué mejor que pasar un rato ameno disfrutando de unos minutos musicales para relajarnos y, además, cultivar y enriquecer nuestras beautiful minds?

A los pocos que os hayáis aventurado a seguir esta entrada tras la introducción inicial, hoy me complace presentaros algunos de mis videoclips o vídeos musicales preferidos, todos ellos de fácil acceso gracias a uno de los tres mejores inventos de la historia junto a la rueda y a la vagina en lata, Youtube.
Estaba por escribir algunas palabras más a modo de introducción pero creo será mejor abandonar los preámbulos y dejar que la lírica y la poesía de los siguientes vídeos hablen por sí mismos.

5. El quinto lugar de este top 5 mierder a más no poder, está ocupado por mérito propio por el grupo Vocoder y su temazo “¿What happens now?”. Sí, el vídeo no tiene sentido alguno y encima va cada vez a peor. Se admiten apuestas sobre la condición sexual de la vocalista del grupo-cajera de supermercado a jornada partida.

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Vocoder "¿What happens now?"


4. Como apasionado que soy de la música india, olvidar a “Tunak tunak” de Daler Mehndi hubiese supuesto una ofensa a lo mucho que le debo al inmortal arte de la música. Túnicas de colores, bailes inconcebibles y sonrisas de agradecimiento. Aviso: resulta prácticamente imposible visionarlo de principio a fin.

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Daler Mehndi "Tunak tunak"


3. Alexander Marcus. Nacido el 24/12/79 en Berlín.
Según Wikipedia, su estilo musical “electrolore”, es una mezcla entre música folk y electrónica moderna.
Cualquier otra presentación de este artista hubiese resultado superflua.

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Alexander Marcus "Ciao ciao, bella"


2. Aunque solo uno puede proclamarse emperador de este top 5 musical, Mini Daddy (o “Adriansito” los domingos y fiestas de guardar), así como sus anteriores compañeros de profesión, también sería capaz, no sólo de copar esta lista, sino de lograr cualquier cosa que se propusiese, desde perder peso hasta aprender a leer.

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Mini Daddy (Adriansito) "El niño más bonito"


1. “Le put entre les puts”, que diría Cpt. Pescanova. Electroflamenco o algo. Sofisticación, “savoir faire”, estilo o empaque son sólo algunas calificaciones atribuibles a esta magistral pieza.
El profesor Laín empieza la clase; será mejor que tomes apuntes.

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Laín "¿Sabes lo qué pasa?"



PD: ¡Venga, y ahora, a comentar a lo loco!

sábado, 14 de agosto de 2010

Fórmulas de cortesía (Vol.II)

Hora: 10:52h.
Tiempo: cubierto
Temperatura: 24º
Humedad: 52%

- Entonces, “lo siento”, “perdona” o “por favor” también forman parte de tu “top ten” de palabras o expresiones menos utilizadas, ¿no? – el día está siendo tranquilo y, como hace algo más de media hora que he empezado a aburrirme, decido lanzar otra vez el anzuelo.
- No necesariamente, alguna vez las habré utilizado… - contesta con desinterés mientras quita cuidadosamente el envoltorio de una barrita de cereales con chocolate.
- ¿”Alguna vez las habré utilizado”? ¿Qué quiere decir exactamente eso?
- Pues lo que quiere decir. No sé. A ver, ¿para que voy a pedirte que me pases ese archivo “por favor” cuando te lo puedo pedir sin más si nos conocemos de antemano? Es más, ¿para que voy a pedirte ese archivo “por favor” cuando yo mismo puedo cogerlo? ¡Eso sí que sería estúpido!
- ¿Quizá por educación? ¿A lo mejor para demostrar que en su día aprendiste lo que se conoce como fórmulas de cortesía? – interrogo con la esperanza de haberle dado en toda la boca.
- No hace falta pedir “por favor” o disculparse con un “perdona” para ser educado. Se puede ser educado de muchas otras maneras. – da un bocado a la barrita, la mastica unos segundos y prosigue - Además, estas expresiones han perdido su valor real al haberles dado un uso excesivo e inapropiado. Es como si le dices cada día a tu mujer “te quiero”: llega un momento en que ese “te quiero” es algo a lo que está uno acostumbrado y su significado acaba convirtiéndose en algo vacío.
- ¡Joder, que bonito, que romántico eres! Así que tú no le dices “te quiero” a tu mujer, con la frecuencia que sea, para que lo valore más cada vez que se lo dices – me mira sonriente, satisfecho, como si tras su gran esfuerzo didáctico hubiera logrado hacerme entender el porqué de la órbita elíptica durante del movimiento de traslación del planeta - En parte tiene su lógica pero, ¿no sería mejor que se lo dijeras, al igual que estas expresiones, cada vez que realmente lo sintieras, independientemente de las veces que eso comporte decirlo? Es decir, ¿qué hay de malo en decir algo que sientes realmente por muchas veces que lo digas? ¿En serio crees que una palabra puede perder su valor por citarla de tanto en cuanto a pesar de que exprese exactamente lo que ronda por tu cabeza? – me costaba creer que realmente pudiera pensar así.

-¡Dime que me quieres! -¡Ya sabes que te quiero!
- ¡Pues quiero volvértelo a oír! - ...humanos...

Me repasa nuevamente de arriba abajo, o al menos hasta donde la mesa del escritorio le permite divisar, y, con la cara algo enrojecida lanza un bufido hacia ninguna parte. Parece harto de mí. Desvía su mirada hacia el dulce, del que engulle el último pedazo mientras atrapa el periódico del día, y empieza a ojear sin mucho interés las páginas centrales sin responder a mi pregunta.


Hora: 12:48h.
Tiempo: cubierto
Temperatura: 26º
Humedad: 49%

- ¡Mira qué bien! – se le oye exclamar con cierta alegría mientras vuelve a entrar una vez más en la oficina, esta vez con el segundo café del día en la mano – ¡He puesto los 35 céntimos en la máquina y me ha devuelto 40 céntimos!
- Ya – contesto sin levantar la vista de la pantalla, pues me he propuesto acabar la partida de Solitario puntuando algo decente en este tercer intento.
- Si, si, el café me ha salido gratis; debería echar hoy una primitiva a ver si… Espera, ¿cómo que “ya”?
- Pues eso. Que ya. Que no me extraña teniendo en cuenta que te he dejado preparados 40 céntimos en la máquina aprovechando cuando he ido a mear, exactamente, unos diez minutos antes de que salieras tú – y así ha sido.
- ¿Qué? ¡Qué! ¡Anda, hombre! ¡Eso no te lo crees ni tú! Eso es que no le habrá devuelto el cambio a alguien o que se lo habrá olvidado algún idiota o…
- Puedes no creerme pero, te pese o no, he aprovechado mi última salida de la oficina para tener un gesto amable contigo e introducir dos monedas de 0'20€ en la máquina de café sabiendo que querías uno - contesto con pasividad.
- No te creo. Para nada. Eres un oportunista y has pensado en aprovechar esto para marcarte un punto y… - parece algo desquiciado. Los 40 céntimos siguen en su mano izquierda, firmemente agarrados mientras hace aspavientos en señal de desaprobación con el puño cerrado.
- Déjalo. No me creas – añado aún con la vista fija en las cartas que parecen decididas a no dejarme ganar una sola partida. – Disfruta de tu café.

- Ya está, nos hemos reconciliado. Es culpa de
un pequeño bache que estamos pasando.
- Si, ahora todo está bien. Lo he estado pensando
y... de acuerdo, tengamos un niño, Steven.

Los pocos minutos restantes del turno avanzan rápido, quizá porque en este último tramo volvemos a estar algo atareados. Cuatro llamadas, un par de faxes enviados y otros tantos recibidos y, finalmente, llega la hora de recoger por hoy.
Aún no ha abierto la boca desde el último café y no parece que vaya a volver a abrirla ni siquiera para despedirse con un sencillo “adiós” o un evidente “hasta mañana”.
Apaga su ordenador, se pone en pie y, tras dejar la butaca arramblada al escritorio, se acerca hasta la puerta de la oficina. Agarra el pomo con firmeza y tira de él hasta abrir la puerta hasta la mitad dispuesto a salir de la oficina.

- …espera! – exclamo aún acabando algunas cosas a pesar de la hora que es.

Se gira sorprendido. Luce una mueca que revela las ganas por romper el silencio incómodo que se había creado entorno a los dos aunque no parece que vaya a ceder a menos que sea ante una disculpa por mi parte.

- ¿Si? – pregunta con un ensayado ademán esperando mi excusas.
- Ah, nada, sólo recordarte que me debes 5 céntimos del cambio.

viernes, 6 de agosto de 2010

La mala educación

Me desperté sobresaltado.
Aún faltando algo más de medio mes para que el calor veraniego nos abrasara definitivamente, el ambiente en el dormitorio era sofocante. Parpadeé unas siete veces y me sequé, primero el sudor de la frente con el dorso de la mano, y luego los pequeños hilillos de baba de la mejilla con la muñeca.
Permanecí unos minutos en la cama, despierto, consciente, tratando de percibir suficientes sonidos como para ubicar el resto de habitantes de la casa y su quehacer en ese preciso instante. Pero, para mi sorpresa, solo pude identificar algún perezoso ladrido de los perros, que rondaban por el jardín en busca de una sombra sobre la que dejarse caer.

Pasaban ciento ochenta y cuatro segundos de las 18h. cuando me decidí a afrontar la ardua tarea de ponerme en pie y echar un vistazo por las estancias de la casa para confirmar que me encontraba solo, no sin antes subir la persiana un par de palmos esperando que una leve corriente recorriese, traviesa, cada rincón.
Paseaba descalzo, completamente desnudo, totalmente inmerso tanto en la perfecta armonía que el silencio y el canto de los grillos componían, como en la gracilidad del ir y venir de mis pies.

Estaba solo. Y en una casa en la que siempre solía haber alguien, ya fuese viendo la televisión con un café en la mano, bregando en el pequeño huerto o tejiendo punto bajo la atenta y protectora mirada de dos pastores alemanes, no podía haber un despertar mejor tras una siesta.
Dancé a mis anchas hasta la cocina y tragué con ímpetu un vaso de agua bien fría, que inmediatamente fue llenado de nuevo, y deshice mis pasos hasta volver a mi habitación.
Puse “Lisztomania” sin titubear, a suficiente volumen como para que, de vivir en un piso, alguno de los vecinos colindantes a mi vivienda ya me hubiese echo saber de su descontento ante tal contaminación acústica. Lo cierto es que el vivir en una planta baja desde los seis años me había malacostumbrado en algunos aspectos, como en este caso.
Me senté ante el escritorio y susurrando al compás “So sentimental, not sentimental no. Romantic not disgusting yet.” comencé a desmenuzar un cigarro.
Inspiré un segundo y saboreé ese agradable instante mientras deslizaba la punta de la lengua por el papel de lenta combustión.

Sé que no pinta una mierda la foto pero... ¿y lo que mola?

“¡¡¡¡¡¡Nnnnnnnnnnnnnnneeekkkkkkkkkkkkkkkkkkk!!!!!!!”.
Di un leve saltito de la silla al escuchar el desagradable y potente timbre de la puerta exterior de la finca. Depuse el Copenhague que tenía entre manos sobre el escritorio y silencié rápidamente la canción, que ahora entonaba el estribillo por segunda vez.
Me puse en pie lentamente, como presumiendo que cualquier movimiento que desembocase en un ruido, por leve que este fuera, fuese a delatar la presencia de alguien en la casa, la mía, para ser más exactos. Los perros, ya fuera por el sonoro timbrazo como por la presencia del que lo había activado, volvían a ladrar, esta vez con mayor insistencia y con suficiente potencia como para desear que enmudeciesen por un rato.
Me acerqué con sumo sigilo al umbral del dormitorio y, desde ahí, fui avanzando, encorvado como si hubiera sufrido un reciente tirón en la espalda, hasta tomar contacto con una ventana del comedor que daba frontalmente a la puerta exterior del jardín.

“¡¡¡¡¡¡Nnnnnnnnnnnnnnneeekkkkkkkkkkkkkkkkkkk!!!!!!!”.
“¡¡¡¡¡¡Nnnnnnnnnnnnnnneeekkkkkkkkkkkkkkkkkkk!!!!!!!”.
Los timbrazos no habían dejado de sonar mientras tanto. Seguía sentado con las rodillas tocando mi pecho, de espaldas a la ventana abierta por la que se colaba alguna mosca en busca de quien sabía qué.
Estaba seguro que no serían mis padres o mi hermana, pues ellos entraban en la casa con familiaridad propia del que se siente "dueño de". Barajé la posibilidad de que fuera algún amigo, un colega incluso, pero despejé cualquier duda al razonar que a esas horas, lo más probable era que se encontrasen trabajando.
Empezaban a agotarse mis hipótesis cuando decidí echar un vistazo a través de la ventana, atestada de unos maceteros en los que resplandecían unos preciosos lirios blancos. Además, la persiana recogida hasta la mitad, favorecería mi intento por curiosear sin ser visto.

“¡¡¡¡¡¡Nnnnnnnnnnnnnnneeekkkkkkkkkkkkkkkkkkk!!!!!!!”.
“¡¡¡¡¡¡Nnnnnnnnnnnnnnneeekkkkkkkkkkkkkkkkkkk!!!!!!!”.
“¡¡¡¡¡¡Nnnnnnnnnnnnnnneeekkkkkkkkkkkkkkkkkkk!!!!!!!”.
Volvía a ponerme en pie, quedando cubierto al margen derecho de la ventana. Mientras emprendía un cuidadoso y táctico movimiento horizontal de cabeza para asomar solamente el ojo izquierdo, pude apreciar, además de los persistentes ladridos que ya empezaban a sacarme de quicio, unos sonidos similares a unos golpes sobre la puerta metálica que privaba el acceso a nuestro jardín, además de unas vocecillas débiles, como de anciana.
Finalmente, mi ojo izquierdo tomó contacto con la superficie, como si de un periscopio se tratase, y, tras esquivar las albinas hojas de las bellas plantas, descubrí quien, quienes en este caso, habían perturbado mi momento de calma post-siesta.

¡Dejad de tocad el timbre, mecagüenRósssss!

Como dos hambrientos muertos en vida separados de un delicioso banquete (pues no sé, pongamos como menú a unos tiernecitos niños de siete y ocho años) por aquella mierdosa y corroída puerta metálica, dos de mis tías-abuelas por parte de madre, intentaban penetrar en el interior de la finca, estirando de forma acompasada los brazos por entre los travesaños que apuntalaban la puerta verticalmente, esperando fundirse con el metal obstructor y volviendo a recomponerse al otro lado del cercado.
Supongo que no habían contemplado el hecho de que, tras unos quince minutos jodiendo con el timbre, mi madre les hubiese contestado por el interfono con un forzada expresión de sorpresa o mi padre hubiese asomado la cabeza por la puerta de la casa invitándolas a pasar a regañadientes.
Pude apreciar como cuchicheaban entre si e incluso como intentaban deshacerse del pasador que afianza algo más la puerta metálica por dentro. Sentí vergüenza que mutó en un débil enojo pero que pasó a convertirse finalmente en bastante rabia.

Tras otros tres intentos fallidos por tomar el fuerte, mi fuerte, cedieron apesadumbradas y subieron al vehiculo familiar (de alguna de sus hijas) que las esperaba paciente junto a ellas. Una vez dentro del automóvil, este arrancó y se alejó levantando una polvareda que encrespó aún más el instinto guardián de los perros provocando una nueva retahíla de exasperantes ladridos que fueron apagándose a medida que la perfecta armonía, que el silencio y el canto de los grillos componían, volvía a recuperar su lugar.

“¡Para la edad que tienen las jodías y que maleducadas son!” – me decía para mis adentros unos minutos después, dándole aún algunas vueltas al tema, mientras expulsaba, en dirección a la ventana, una profunda bocanada de balsámico humo que cruzaba el dormitorio.



Dedicado a todos aquellos que deciden ir de visita... sin avisar previamente al visitado.