miércoles, 21 de julio de 2010

Fórmulas de cortesía (Vol.I)

Hora: 08:11h.
Tiempo: variable
Temperatura: 22,6º
Humedad: 62%


- ¡Jesús! Bueno, o salud, en caso de que seas ateo, claro – añado en tono amistoso.

Se recupera de los tres estornudos que le han sacudido de forma consecutiva y, mientras se lleva un pañuelo de papel a la cara, replica por lo bajo.

- Yo no creo en esas cosas, bueno, en lo de añadir una coletilla tras un estornudo. Además, ¿sabes que al decirme “Jesús” me tratas como a un enfermo?
- Eh… ¿cómo? – ha vuelto a desconcertarme.
- En tiempos de los romanos… - Se calla de repente y, tras dar un largo trago de agua, se mesa los cabellos desde la despejada frente hasta la tupida melenita que le cuelga tras el cogote. – Ahora parezco un viejo contando batallitas o historietas: “En tiempos de los romanos”. Pero bueno, por ahí anda el origen de esta estupidez.
- Explica – le reclamo debido a que en ese preciso instante me hallo algo relajado de trabajo.
- Pues que eso, que allá por el 500 y pico, tuvo lugar en Roma una peste con la que la gente moría estornudando, de manera que se utilizaba esta expresión, así como "Que dios te bendiga", deseando salud al enfermo. Lo leí. No sé donde pero me suena que lo leí.
- Mmm, interesante… – finjo mientras recuerdo haberlo leído también en alguna parte. – Bueno en todo caso, tampoco me cuesta nada desearte salud tras un estornudo.
- Pero eso son tonterías, son cosas que se dicen y no sirven para nada – añade contundente – Eso es como lo que comentaba con una amiga hace un par de semanas.
- A ver… – estiro y cruzo las piernas mientras aposento cómodamente mi trasero en la butaca. Luego entrelazo ambas manos y las deposito con dulzura sobre mi panza.
- Pues resulta que quedamos para hacer un café y…
- ¿Tú quedando con una tía que no sea tu mujer? – pregunto totalmente sorprendido al descubrir que hay más chicas que su propia mujer dispuestas y capaces de aguantarlo.
- Si, es una amiga de hace muchos años.
- Ahá.
- Pues estábamos haciendo el café y charlando y tal y… Bueno, la cuestión es que invitó ella y yo no le di las gracias.
- No le diste las gracias – me da que no acabo de entenderlo.
- No, no le di las gracias – repite esta vez con un tonillo de orgullo que no había apreciado en la anterior ocasión.
- ¿Y… cómo es eso?
- Pues no le di las gracias porque no tenía sentido hacerlo – contesta con la petulancia del que descubre el ciclo del día y la noche a un niño de cuatro años.
- ¿Me lo explicas para que una mente tan poco intuitiva como la mía pueda comprender de qué hablas?

"¡Nadie le toca los huevos a Jesús!"

Me premia con una mirada de desaprobación y lanza un soplido hacia ningún sitio. Parece armarse de valor, como si el niño al que intenta explicar los dos movimientos rotatorios del planeta fuera idiota o padeciera de algún caso de autismo pronunciado.
- A ver, - empieza de nuevo – no le di las gracias porque no era necesario, porque dándole las gracias no arreglaba nada. En lugar de dar las gracias lo que hay que hacer es devolver el favor.
- ¿O sea que compensas materialmente el gesto que alguien tenga contigo por considerar estéril el simple agradecimiento oral? ¿No será más bien una cuestión de orgullo?
- No, no tiene nada que ver con el orgullo. Vale, a ver, pongamos que yo te digo “gracias” y, ¿qué? ¿Te sirve eso de algo? ¿Qué haces con una palabra que no vale ni un €uro con el que pagarte un café? Más vale que agradezca tu invitación devolviéndotela en la próxima oportunidad en lugar de decir tonterías.
- …también hay personas que gustan de tener detalles de forma desinteresada, tan sólo por el placer de complacer, aunque sea invitando a un mísero café, - y pronuncio estas palabras con toda el sarcasmo de que dispongo a esas horas - a la persona sentada enfrente – sentencio convencido de mis palabras.
- …si, bueno, ya, pero claro, es que… - murmura algo que no alcanzo a comprender mientras agarra el teléfono y, mirando unos papeles de los que desconozco el origen, empieza a marcar un número que apostaría ha elegido al azar.




Hora: 09:25h.
Tiempo: variable
Temperatura: 23,2º
Humedad: 60%

- Voy a buscar un café, ¿quieres uno? – se encuentra apoyado en el marco de la puerta, bajo el umbral de la estancia que separa nuestra oficina junto a la sala de descanso. Su frente brilla con la luz fluorescente como si fuera una luciérnaga gigante.
- Pues no estoy seguro porque si te lo acepto luego no servirá de nada que te dé las gracias y me veré en la obligación de devolverte el favor. Y odio los favores o detalles que se hacen por compromiso porque no son sinceros. Así que si me invitas a un café me pondrás en una autentica encrucijada moral, tío – contesto con sorna mientras su cara toma un color rosado y sus ojos empequeñecen cada vez más – Vale, es coña, quiero ese café. Aunque si tú tienes que almorzar aún, tráetelo y almuerza con calma mientras me hago cargo de las llamadas y luego almuerzo yo tranquilamente con ese café que…
- Pero yo te hablo de traértelo ahora que salgo afuera. Luego no tiene sentido que te lo pague – y vuelve a las andadas con sus principios extremistas. – Si tú vas a salir luego a hacerte el cigarro con el café ya puedes cogértelo tú mismo, ¿no?
- …ya – respondo con pausada prevención. - Pero, bueno, si la gracia estaba en invitarme al café, también puedes invitarme en cuanto salga yo, ¿no?
- ¡Si, te doy el dinero y entonces te lo vas a buscar! ¡Vaya tontería! Yo te lo he dicho ahora para aprovechar que…
- Si, ya, pero también puedes dejar el dinero dentro de la máquina y así luego yo sólo tengo que elegir el café, ¿no? De esa forma me invitas igualmente y…
- ¡Si, fíate de los buitres que rondan por la máquina de café! ¡Estos son de aquellos que cuando cogen el cambio de la máquina y ven que hay de más se lo guardan rápido al bolsillo! ¡Como para dejarte el dinero preparado…!
- Vale, vale, es igual – cedo. No tengo ganas de seguir debatiendo con una persona de pensamiento tan negativo. – Luego, cuando salga a hacer el cigarro, me cojo yo mismo el café De todas formas, gracias por tu personal ofrecimiento, ¡rarito! – añado forzando un par de carcajadas como guinda, pues en el fondo ese nihilismo de postín, del que hace gala cada ocasión en que abre la boca, ha logrado rozar levemente uno de mis peludos cojones.
- Bueno, pues ahora vengo, desagradecido – sentencia dándose la vuelta y dejando la puerta ajustada a un par de dedos.
- …será cabronazo, el tío… - susurro meneando la cabeza de un lado a otro emanando inequívocos signos de exasperación.

Vale, no tiene una mierda de ver con la entrada pero...
¿y lo que mola?

lunes, 5 de julio de 2010

En busca de...

El poco inspirado escritor amateur contempla el blanco roto del archivo Documento1de Microsoft Word de forma interrumpida durante catorce minutos, trece de los cuales, también dedica a maldecir la crisis creativa que lo azota desde hace meses.
Sabe que cualquier ocurrencia que pueda invadirlo, cualquier relato que se le seduzca narrar, no le va proporcionar más de ochocientas palabras. Insuficiente.

Medita sobre la inspiración y su por qué. ¿Dónde nace? ¿Cuál es su origen?
Supone que se encuentra en la propia existencia y en las experiencias que han hecho de él la persona que es hoy.
¿Significa eso que no ha vivido lo suficiente? ¿Significa eso que sus actuales días son tan anodinos que nada de ellos le pueden inspirar lo más mínimo? ¿Que los libros, la música y el cine que consume habitualmente son tan vacíos como para no aportarle una simple idea, un sencillo concepto?

- ¿Inspiración dices? Pues creo que es por allá

El poco inspirado, y ahora también algo desalentado, escritor amateur ladea su cabeza y dirige la mirada hacia el calmo jardín a través de la ventana. Una agradable brisa de media tarde mece con cariño casi maternal las hojas del naranjo.
¿Hay algo sobre lo que no se haya escrito? La ambigüedad de la cuestión le hace desistir de ese pensamiento, no sin antes preguntarse de nuevo: ¿encontraré algún día eso sobre lo que nunca se ha escrito?
Con las manos muertas sobre el teclado, explora el escritorio como si esperase encontrar eso escondido entre el paquete de tabaco y el disco duro externo. Distingue al lado de la vacía tacita de café un librillo de papel.
Nunca ha creído del todo que la marihuana sea fuente de inspiración tal y como reza el mito. Pero, ¿qué demonios? Le apetece colocarse un poco.

El poco inspirado, y ahora también algo animado, escritor amateur desmenuza un cogollo y disfruta de la mezcla del olor que desprende y de su pegajosidad.
Lo hace con calma, en silencio, midiendo inconsciente cada respiración que exhala. Luego le toca el turno al cigarro: arranca un pequeño pedazo para la boquilla y deshace el resto. Lo lía con gracilidad y lo prende sin pensarlo mucho.

Da un par de caladas seguidas y expulsa el humo paseando la lengua por el labio inferior. Repara en el silencio que lo rodea y se pregunta porque no ambientar y acompañar al cigarro apócrifo con algo de música.
Se decide por algo de R&B y, tras ojear brevemente su extensa colección de mp3 escoge, no muy convencido, “Flashing light” de Kayne West.
Los primeros 40 segundos son brutales, piensa, y al momento olvida la canción para intentar recordar cual era aquella colaboración del mismo autor con otro cantante que tanto le gustaba. ¡Ah, si! “They say” de Common con Kayne West y John Legend. ¡Qué temazo!
Así que cambia la canción al instante, sin dejar finalizar la primera. Pero tras poco más de un minuto decide, como un pequeño homenaje nostálgico entre él y el cantante Common, cambiar nuevamente de canción a favor de aquella con la que descubrió al cantante, “Play your cards right” en una estupenda colaboración con Bilal.

La canción fue compuesta para la banda sonora original de la película "Smokin' Aces" de Joe Carnahan (director también de "Narc” o del inminente, y probablemente innecesario, remake de "El equipo A"), con Ryan Reynolds, Ray Liotta (que repite con el director tras “Narc”, en la que se marca un papelazo), el PUTO Jeremy Piven, Ben Affleck, Andy García, Peter Berg, Chris Pine, Kevin Durand, Tommy Flanagan, Jason Bateman, el propio Common y con los cameos de Néstor Carbonell y Matthew Fox, en una escena que ahora interpreta como surrealista.

Si, si, el PUTO Piven

La película, sin ser notable, le divirtió por el reparto y, sobretodo, por los créditos finales en los que aparecía la canción, de los que se enamoró irremediablemente.

Tras otras dos caladas, se pone en pie de forma automática y rebusca el dvd original que conserva de la película. Arde en deseos de volver a disfrutar de aquellos créditos que tanto le entusiasmaron.
Ya revisa la segunda funda de películas (…“Zatoichi”, “Braindead. Tu madre se ha comido a mi perro”, “El jovencito Frankenstein”…) cuando detiene en seco su búsqueda y dirige una mirada lasciva hacia “Terroríficamente muertos”.
Levanta la cabeza encarando el televisor y sus ojos se desenfocan al verse a si mismo disfrutando por enésima vez del filme de Raimi y Campbell. ¿Quedarán palomitas en el pequeño armario de la cocina, bajo el horno?
Se desvanece de la habitación, dejando en la estancia una ligera bruma perfumada como única manifestación de su presencia, para reaparecer tres minutos más tarde con un recipiente de plástico (habitualmente destinado para poner en remojo la verdura recién cogida del huerto) rebosante de rosetas saladas y un generoso vaso de refresco con hielo. Solo falta poner la guinda.
Baja la persiana hasta quedar prácticamente a oscuras, se recuesta en el sofá, da una última calada y presiona el “Play” del mando a distancia del dvd antes de apagar el cigarro y atacar con avidez a las palomitas.


Un par de horas después, el poco inspirado escritor amateur contempla nuevamente el blanco roto del archivo Documento1de Microsoft Word de forma interrumpida durante catorce minutos, trece de los cuales, también dedica a maldecir la crisis creativa que lo azota desde hace meses.



Bonus track:

Gracias.