lunes, 10 de mayo de 2010

Hasta que caímos en el olvido

Ya nadie le prestaba atención. En los últimos meses se había visto desplazado por la familia de una forma considerable.

Reposaba sobre el mármol del mueble de la cocina, a escasos palmos del viejo televisor, contemplando, a través de la cristalera y sin prestar mucha atención, las hojas aún mojadas de uno de los cerezos que crecía en el jardín.
El cielo se había transformado, bruscamente, en una gigantesca masa deforme de nubes azules y grises que iba dejando caer alguna que otra gota sin demasiado énfasis. A él no le extrañaba en absoluto ese repentino cambio en el tiempo; habían soportado casi dos semanas de un calor insufrible, ese tipo de bochorno pegajoso capaz de convertir las noches en un auténtico calvario. Murmuraba para sí mismo que no había que ser precisamente un genio para imaginarse que, tras una ola de calor como aquella, no tardarían en recibir, con los brazos abiertos, una refrescante tormenta veraniega.
A pesar de verse resguardado contra su voluntad en la silenciosa cocina, iluminada únicamente por la poca luz que los nubarrones permitían pasar, podía respirar, agradecido, la humedad y sentir el fresco viento acariciando su carcasa.

Pero ya nadie le prestaba atención. En los últimos meses se había visto desplazado por la familia de una forma considerable.

"¡¡¡Buff, que tostón!!!"

Prefería no pensar en ello.
Y mucho menos en que cada vez quedaban menos como él, en cómo habían quedado prácticamente obsoletos y, por ende, habían caído en el olvido. A pesar de ser consciente de su inminente desaparición, se resistía a sentirse miembro de una raza amenazada en peligro de extinción. Era por ese motivo que contemplaba el aglomerado desfile de empapadas nubes mientras repasaba nostálgico días mejores, cuando la idea de la televisión digital terrestre aún no había sido concebida.
Añoraba cuando era el único de la casa, y disponía del salón para él solo (ahora en cambio veía pasar los días en la cocina, en la que prácticamente no se hacía vida), y cuánto se peleaban por hacerse con él, pues ello suponía la posibilidad de elegir. Por aquel entonces, lo alimentaban con pilas de la mejor calidad y lo vestían con un protector de plástico negro, que le recubría el cuerpo por completo y que lo salvaba de posibles fracturas sufridas en las muchas caídas en las que se veía inmerso, un par de años después del nacimiento del hijo mayor.
En ocasiones se escondía entre los deshilachados cojines del sofá y aguardaba en silencio mientras los demás lo buscaban con impaciencia por todo el salón hasta que alguien daba con él. Entonces se oía un alegre y aniñado “¡Sorpresa!” y todos rompían a carcajadas mientras cambiaba de manos una y otra vez.
La melancolía se apoderaba de él cuando recordaba también la fascinación que sentía cuando la mujer se quedaba medio adormecida amparándolo entre sus dedos, agarrándolo firmemente pero con delicadeza. Mientras tanto, él disminuía progresivamente el volumen del televisor, hasta dejarlo prácticamente sin voz, y se relajaba sintiendo la aletargada respiración de la mujer.
Entonces si se sentía útil, querido, imprescindible.

En cambio, actualmente ya nadie le prestaba atención. En los últimos meses se había visto desplazado por la familia de una forma considerable.

Y eso que había salido victorioso de más de un encuentro, hasta la llegada al hogar del “nuevo”, claro.
Antaño, había resistido las embestidas de los mandos del sabelotodo VHS, tan pesado con su “…pues cuando quieren entretenimiento de verdad recurren a mi…”, y del no menos impertinente DVD, tan sofisticado con sus botones de “Título” y “Ángulo”, que ambos mandos sabían lo inútiles que resultaban puesto que no habían sido pulsados más de cuatro veces, la mitad de ellas por error.
No obstante, con el mando del canal de televisión de pago si había mantenido cierta amistad, pues éste era consciente de la importancia del mando de televisión analógica: sin él, el otro no tenía nada que hacer. Aún lamentaba la marcha del mando del canal de televisión de pago, fruto de la decisión del hombre tras advertir el gasto innecesario que suponía al no disponer de suficiente tiempo como para compensar su cuota mensual.

Era el “el nuevo”, el mando de la TDT, el que le despojaba de la tranquilidad necesaria para conciliar el sueño, el causante de su mirada perdida hacia el jardín, aún reluciente por la débil lluvia. Reconocía para sí mismo que no era un mal tipo, o un mal mando en su defecto. A decir verdad, resultaba un mando muy agradable y, para su sorpresa, lo había tratado desde el primer día con la admiración que profesa un discípulo hacia su mentor.
No obstante, cada vez que contemplaba al joven e inexperto mando de la TDT, veía, irremediablemente, el negro porvenir de todo un linaje, el de los mandos de televisión analógica. Los modernos televisores de ahora llevaban la TDT de serie, por lo que los nuevos mandos que salían ahora ya no eran como los de antes, como los de toda la vida.
¿Para qué querrán tantos botones? ¡Van a pasarse más tiempo aprendiendo a manejar el mando que disfrutando de la suculenta programación! ¡Qué manía tienen con complicar las cosas! ¿Es que acaso no piensan en la gente mayor?

"¿Panadógico? ¿Hanalógeco? ¿Amalógico?"

Seguía inmerso en sus pensamientos cuando una nueva estela cristalina volvía a humedecer los cerezos.
Sabía que ya nadie le prestaba atención, pues en los últimos meses se había visto desplazado por la familia de una forma considerable y…
- ¿Estás bien? – preguntó alguien a su lado.
- ¿Eh? Ah, si. Todo bien – contestó fingiendo indiferencia al mando de la TDT, que le sonreía levemente.
- Mmm… - sospesó cabeceando el mando de la TDT y añadió: - Pues no lo parece. Da la sensación de que te preocupa algo. ¿Me equivoco?
- …
- ¿No me lo vas a contar? – insistió el mando de la TDT.
- …bueno… es… tampoco es que sea nada del otro mundo, la verdad… simplemente… - farfullaba el mando de la televisión analógica.
- Sabía que te pasaba algo – decía el mando del a TDT, felicitándose a si mismo por su perspicacia.
- Es sobre nosotros.
- ¿Sobre tú y yo? – inquirió desconcertado el mando de la TDT.
- No, no. Sobre los que son como yo, bueno, los que eran como yo.
- Creo que no acabo de entender…
- Sí hombre, sobre los mandos de televisión analógica - dijo el mando de la televisión analógica con un leve tono de exasperación.
- Ah, bien. Y…exactamente, ¿cuál es el problema? – preguntó tímidamente el mando de la TDT.
- Pues, bueno, ya sabes… Con la historia esta de, no te ofendas ¿eh?, la TDT y tal…
- Si, ¿qué pasa? - siguió interrogando aún más desconcertado el mando de la TDT.
- Pues, joder, que nosotros, los mandos de televisión analógica, estamos condenados a desaparecer – contestó con cierto tono de resignación el mando de la televisión analógica.
- Oh, vaya. Es eso – respondió con cierta decepción el mando de la TDT.
- Si, bueno, es eso – contestó algo ofendido el mando de la televisión analógica. - Quizá para ti no sea tan importante, pero puedo asegurarte que para mí…
- Aguarda un momento y déjame preguntarte algo antes de que le sigas dando más y más vueltas al tema.
- Está bien, dime – asintió con un cierto deje de impaciencia en la voz el mando de la televisión analógica.
- Teniendo en cuenta que eres un mando de televisión (ignoremos la circunstancia analógica/digital), es decir un objeto inanimado y por tanto carente de conciencia y capacidad de razonar, ¿en serio te preocupan esas mierdas? – preguntó de forma concluyente el mando de la TDT.
- Pues, vaya, visto así… - contestó pensativo el mando de la televisión analógica dirigiendo nuevamente la vista hacia el exterior, donde empezaban a escampar los nubarrones con un aspecto más amenazador y algunos rayos de luz lograban filtrarse entre éstos y devolvían al jardín la luz propia de una tarde de verano.