martes, 13 de abril de 2010

Nosotros, los que nacimos sin talento

A veces esta de puta madre no tener ningun talento especifico, no dominar ni destacar en nada en concreto.

Más aún si con ello evitamos ser precisados como ayuda debido a nuestra habilidad.
Es decir, como no tengo ni idea de electricidad (ya sea básica y/o doméstica) no corro el peligro de que ningún vecino me pida que le eche un cable (chiste para los del gremio. De nada) para hacer una instalación eléctrica en el comedor o cambiar todos los conmutadores del pasillo.
Como la carpintería la domino tanto como el esperanto, mis tíos no acudirán a mi para que les ajuste la puerta del armario de su dormitorio ni me pedirán que le eche un vistazo al lijado del parqué.
Como soy un negado absoluto para la jardinería y la horticultura, mi padre prefiere echarse a la acequia que pedirme que abone las matas de ajos tiernos o que trasplante el ciruelo que han comprado esta mañana.
"Inútil", me dirán muchos. "Avispado", murmuro dolido por lo bajo.

No podría haber encontrado un ejemplo gráfico mejor.

Y no es que no me guste servir de ayuda, en serio, pues no existe nada más gratificante y satisfactorio que socorrer a alguien, en la medida posible, cuando realmente se le precisa a uno. Para nosotros, los "talentless", supone una autentica tortura encontrarnos, aunque sea por casualidad, en una de esas situaciones en las que algún desalmado pronuncia la maldita pregunta: "¿Alguien puede echarme una mano?" "Sí, claro que puedo", pienso para mis adentros, "pero luego no te quejes del resultado".
Resulta verdaderamente frustrante querer colaborar y no saber ni por donde empezar.
Es por esto que, para ahorrarme ese desagradable malestar, prefiero esconder la cabeza desde el inicio.
Aún recuerdo cuando un antiguo compañero de trabajo solicitó mi ayuda respecto a un "problemilla" informático. Evidentemente, intenté excusarme en innumerables ocasiones argumentando que era un cero a la izquierda en cuanto a software refiere (bueno, y también en temas de hardware) pero insistió tanto que no tuve más que acceder. "Te vas a enterar...", pensé en cuanto mis manos se posaron tímidamente ante su teclado.

Y es que, honestamente, nunca se me han dado especialmente bien los trabajos manuales, aquellos que impliquen remangarse la camisa y ensuciarse un poco las manos. Ya en el colegio, los trabajos correspondientes a las asignaturas de Ciencias Plásticas o Tecnológicas, suponían un dolor de cabeza para mí. Solía acudir a mis padres en busca de ayuda (aún con catorce años) a la que acaban accediendo, tras mi continua insistencia, resignándose ante un hijo de futuro incierto. No obstante, y entre palabras de esas que los padres destinan a los hijos para que se conviertan en personas de bien, parecían disfrutar mucho más ellos que yo con el trabajo en cuestión.
¿Dibujar? ¿Para qué carajo iba a necesitar dibujar a lo largo de mi vida?
¿Pintar? ¿Podría, en un futuro, costear una piso o un coche con una pintura aunque esta careciera de talento?
Recuerdo que encontré cierto uso práctico al circuito eléctrico básico que nos obligaron a preparar durante nuestro tercer o cuarto curso de Ciencias Tecnológicas pero, ¿de qué coño me iba a servir saber hacer una casa de marquetería? Si pudieran construirse viviendas con este material aún tendría cierta lógica pero, ¿alguien ha provado en montarse algo habitable con esas finísimas placas de contrachapado? ¿Es que no aprendieron nada nuestros profesores del cuento de "Los tres cerditos"?

Kenny Powers. Puro talento.

Así pues, con el paso del tiempo, pensaba que algún día empezaría a detectar pistas que me indicarán si mi interior escondía alguna habilidad latente y adormecida. Tras estos años vividos en los que aún sigo sorprendiéndome al conocerme un poquito más cada día, parece que, por el momento, esa habilidad no debe haber localizado todavía las señales que indican el camino para que pueda aflorar en mi.
En ocasiones me pregunto si decir mierdas como el brazo de un enano puede suponer una aptitud útil a pesar de que esto no esté muy bien valorado como talento.
Pero tampoco dudo que cambiar todos los conmutadores de un pasillo, ajustar la puerta de un armario o abonar los ajos tiernos se conviertan en tareas algo más llevaderas si se salpican con alguna que otra carcajada. Por poco que sea...