jueves, 11 de febrero de 2010

Un orco en mi cocina

Excepto Jay, que hacía un par de meses que había logrado poner punto final a una relación turbulenta, las parejas de Jack, John y James se habían tomado una "noche de chicas".
Cine, una de amor en la que el chico perfecto padece una enfermedad terminal; cena, en un local en el que pudieran beber vino espumoso; y discoteca de moda, en la que pudieran sentirse deseadas simultáneamente por cuantos hombres mejor.

Por su parte, Jay, Jack, John y James también iban a disfrutar de su correspondiente "noche de chicos".
Dos botellas de whisky, ocho puros, una baraja de póquer y media paga extra de Navidad para
apostar. Según ellos, había pasado demasiado tiempo desde la última cita sin mujeres y debían aprovechar a disfrutar las pocas oportunidades que se les presentasen antes de tener más responsabilidades o, tal y cómo ellos comentaban continuamente, "antes de tener críos".

A medianoche, el comedor del apartamento de Jack y Julie empezaba a lucir como una pocilga.
En la mesilla frente al televisior, se apilaban un número indeterminado de cajas vacías de pizza barata que contenían sobras suficientes como para alimentar al siempre ambriento mastín de James.
Las latas vacías de cerveza se repartían por toda la estancia, desde la estantería abarrotada de souvenirs de los continuos viajes de los padres de ella, hasta por encima del terrario en el que daba vueltas alborotada la iguana de él.
Aunque había además varios ceniceros repartidos premeditadamente por la habitación, eso no había impedido que puediera distinguirse alguna que otra colilla a los pies de la mesa alrededor de la cual se encontraban acomodados, inmersos en las manos que, una vez tras otra, no conseguian ligar.
Sus siluetas, dibujadas por, tan sólo, la tenue luz proveniente de la lámpara colgante de diseño
Mossi con cristales de Strass Swarovsky valorada en más de 1500€, cortaban el denso humo que los caros cigarros emanaban. Las risotadas de los cuatro, producidas por el comentario de Jack acerca de que el castigo para su chica sobre esa noche iba a consistir en limpiar y adecentar todo el desorden que ellos estaban provocando, se mezclaban con los marcados compases de "Number one spot" de Ludacris*, que en ese momento musicalizaba la velada.

Demasiadas manos perdidas, algún que otro sentimiento de envidia hacia el que acumulaba más ganancias y una botella vacía en un rincón de la mesa.
Llevaban algunas horas inmersos en la atmósfera que habían creado cuando John, tras rechazar la participación en la siguiente mano, pues su escaso numero de efectivo no le permitia arriesgar en demasía, se ofreció a ir en busca de la otra botella de bourbon que aguardaba en la cocina. La aprobación del resto le hizo ponerse en pie de inmediato.

¿¿Porqué siempre me dais malas cartas??

Recorrió el pasillo del domicilio, siempre con una mano rozando las paredes que lo acompañaban, en un instintivo gesto por permanecer en pie en caso de que el acohol consumido lo fuera a traicionar.
Mientras su cabeza maldecía su suerte por una noche tan mala con las cartas, al acercarse al servicio reconoció su necesidad de orinar.
Con la puerta medio entornada y su miembro evacuando, le costaba seguir la música o la conversación de los que seguían en el comedor.
Aunque si logró captar un leve sonido, un agudo tintineo, que provenía de la estancia siguiente al servicio, la cocina.

Ignorando el ruido y atribuyéndolo al suave punto de embriaguez, tiró de la cisterna y salió del servicio sin aclararse las manos.
Tres pasos más adelante, y bajo el umbral de la puerta de la cocina, accionó el interruptor de la luz y, ante la inesperada visión que se abría ante él, no tuvo más remedio que quedarse petrificado.
Una figura humanoide aunque de aspecto áspero y salvaje, andrajosamente vestida y sucia como los ceniceros colmados del comedor, se tenía en pie, contemplándolo con unos ojos bañados en un color rojizo y también inmóvil, justo al lado del fregadero. Ninguno de los dos emitió un solo gemido de sobresalto o sorpresa.
Cuando pasado el shock inicial la percepción de John fue capaz de afinar algo más, logro distinguir a un orco digno de la Tierra Media, sosteniendo una fría botella de Coca-cola de dos litros con ambas manos.
El extraño ser había sido sorprendido intentando colmar un vaso que ya contenía un par de cubos de hielo y tres dedos de, según dedujo al advertir la botella que habia ido a buscar cerca del vaso, whisky.
John, aún perplejo ante tal inverosímil situación y sin saber exactamente como reaccionar, dio un sólo paso hacia atrás pretendiendo no alterar al orco que, sin dejar de mirarlo fijamente, había empezado a volcar lentamente el contenido de la botella en el vaso.
Dudaba entre avisar a sus compañeros con un rápido alarido o alejarse lentamente, creyendo que los monstruos como el que tenía delante basaban su percepción mediante ondas sonoras, pero al comprobar en la cara del orco que éste también parecía sobresaltado al haber sido descubierto y tras percibir como el engendro desprendía más bien miedo en lugar de ferocidad, optó por mantener su posición unos segundos más, esperando algo que desconocía.

¡¡¡Orcooooooor!!!

Por su parte, el orco, que ya tenía listo el combinado que lo había traído hasta esa cocina ajena, tomó el vaso rápidamente tras dejar la botella en el vistoso marmol de la encimera, y emprendió lo que parecía un reto personal consistente en engullir la copa en el menor tiempo posible. Algunas gotas del contenido se le deslizaban por la deforme barbilla llena de pústulas debido al exceso de sus movimientos.

John, ante tal patética reacción del engendro, aclaró su garganta y expuso con total calma:
- Bebe tranquilo. El whisky es para saborearlo.

El orco se detuvo sorprendido y le mostró sus afilados y corroídos dientes en señal de gratitud, volvió a alzar el vaso y degustó su contenido en un segundo y largo trago aunque esta vez de forma más pausada, hasta saborear la última gota. Una vez saciada su sed, posó la copa con cuidado sobre el marmol y volvió a mostrar su carcomida y tétrica sonrisa a John mientras su dedo indice señalaba el interruptor cercano a la puerta.

-Quieres... quieres que apague la luz? - preguntó John con la delicadeza con la que se le habla a un crío.
El orco sacudió un par de veces la cabeza hacia adelante con gesto afirmativo sin apartar los ojos de los de John, mientras éste, de manera sosegada cedía ante la petición del aborto.
Y apagó la luz.
John lanzó una mirada que atravesó el pasillo y moría en el comedor. Sus amigos parecían no percatarse de su tardanza, pensaba. Volvió a encarar su cabeza hacia la oscura cocina y pulsó nuevamente el conmutador contemplando como la cocina volvía a iluminarse, de nuevo, por completo.
Aunque no habia ni rastro del orco, había dejado signos evidentes de su presencia: la ventana que comunicaba con el patio de luces aparecía abierta de par en par mientras las cortinas estampadas mariposeaban con la fría brisa de la noche. Puso un pie en la cocina, se hizo con la botella prácticamente llena de licor y se plantó ante la ventana abierta.
Afuera, en la cerrada noche, solo se distinguían algunas luces aún encendidas en los pisos contiguos y poco más.
Volvió en si y se dispuso a cerrar la ventana aunque, tras un momento de duda, decidió finalmente dejarla como estaba.
Dejó nuevamente la cocina en penumbra y salió de ella, poniendo rumbo hacia el comedor dispuesto a recuperar el dinero perdido en la partida mientras los primeros acordes de "More money, more cash, more hoes" de Jay-Z* empezaban a penetrar su sistema nervioso.

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*"Number one spot" de Ludacris. (http://www.youtube.com/watch?v=yi9_ygOYwLM)
*"More money, more cash, more hoes" de Jay-Z. (http://www.youtube.com/watch?v=kValaG55kUk&feature=related)