miércoles, 20 de enero de 2010

Noches de blanco satén (Vol.II)

Capítulo 3. “Carlos, el orcovich”.

A pesar de la dificultad que encierra ejecutar un "Houdini" ante casi toda la empresa y salir indemne de semejante proeza, “Korino Sainz” y un servidor nos encontramos en la calle. Con un par de excusas, una de ellas realmente mala, acabamos de dar esquinazo a la sobremesa de la cena de empresa de este año.
El alcohol consumido minutos atrás en el pub nos protege del frío de la noche que en estos momentos es, y huyendo de cualquier tipo de tecnicismo, del carajo.
Tras unos minutos de regocijo por nuestra suerte y después de varios comentarios poco caballerosos sobre “la nueva”, nos ponemos en marcha para encontrarnos con “El Exjefe”, con quien “Korino” ya había contactado previamente.

Cuatro calles y dos semáforos más tarde, “Korino Sainz” y yo nos adentramos en el pub convenido con “El Exjefe”. Es pequeño y desenfadado, la música es tirando a mala y me parece que la clientela ronda los 35.
Cruzamos el local entre empujones y quemadas de cigarrillo y, mientras saludamos a “El Exjefe” y compañía, me percato de la presencia de uno de los compañeros que ha asistido a la cena de nuestra empresa pero que parece ser que, tras la manduca, ha esquivado también al personal. Informado “Korino” del hallazgo, nos emancipamos al pub contiguo para poder disfrutar tranquilamente de la velada de música, alcohol y, ante todo, buena compañía.

Carlos jugando con su sobrino Carlitos.

Doy un par de brincos al son de la música y algún que otro trago del vaso de tubo que parece pegado a mi mano. Entre los reveses etílicos que recibe mi cabeza, intento razonar porqué no se habrá dado antes tal realidad. Quizá sea por que tanto “El Exjefe” como “Korino” son cabezas de familia con las obligaciones y responsabilidades que ello conlleva. Quizá sea también por la incompatibilidad que supone mi horario laboral. Quizá sea porque…
Y mientras voy dando vueltas a estas ideas en lugar de disfrutar de la noche, me quedo absorto al descubrir la presencia de un ser totalmente diferente a lo que había visto hasta la fecha. Se trata de “Carlos”, uno de los dos colegas de “El Exjefe”, que acabo de conocer minutos atrás y que, hasta ahora, no he sido capaz de percibir el potencial que hay en él.
Estoy ante un auténtico personaje.

El fenómeno en cuestión parece un tipo normal, un pavo de unos “30yalgo”, guarnecido con un ropaje de lo más informal y bastante, bastante ciego. Observo para mi deleite que luce con total altivez una barba, castaño claro como su pelo, estilo chivo y no puedo imaginármelo en otro rincón que no sea ante un tablero de algún juego de rol.
Incapaz de permanecer más de un minuto en el mismo metro cuadrado, regala a nuestra borrosa vista unos bailoteos de lo más arrítmicos pero rebosantes de gracia. Eso cuando no le da por pasearse por el local saludando, abrazando y fotografiándose con todo el que se le cruza, ignorando si el desconocido dispone de pene o vagina, o por enseñar sus calzoncillos, al más puro estilo Izaguirre, en señal de protesta o de aprobación, según los primeros acordes de la canción que empieza a escucharse.
Da un trago a lo que sea que contiene su vaso y nos abraza uno a uno exclamando a los cuatro vientos “lo de puta madre” que es su actual compañero, “El Exjefe”. Para poner el broche a semejante escena tierna y sentimental, “Carlos, el orcovich”, acompaña el abrazo con un par de besos en cada mejilla.
Aunque estúpido, me considero también algo filántropo (y quizá falto de cariño?) y a mi entender considero que tal situación puede mejorarse en cuanto a espectacularidad y dramatismo, por lo que reto a “Carlos” a que, en mi lugar, me bese en la boca, desafío que no duda en rebasar superando mis propias expectativas y regalándome un sonoro beso en los labios que me deja fugazmente temblando. “Creo que me estoy enamorando”, pienso.

A kiss... ¿¡¿BETWEEN TWO MAN?!?

Empiezan a evacuarnos del local, por lo que intuyo que deben ser más de las 03:30h.
Tras decidir seguir bebiendo en otro pub, deshacemos nuestros pasos en busca del automóvil, deteniéndonos a medio camino para que “Carlos” alivie su vejiga en mitad de una calle. Literalmente. Se baja los pantalones hasta los tobillos y, tras repetir el proceso con los calzoncillos ya ilustres para nosotros, apoya ambas manos en su cintura mientras su pene, suspendido en el aire, dispara, con relativa furia, orín contra la acera. Tan solo los aplausos de algunos transeúntes y el claxon de varios coches quiebra el sonido del meado salpicando contra el asfalto.

La noche parece no tener fin.


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Capítulo 1. Zen of empress.

- Joder, que buenos están los makis, ¡tío! Supongo que habrás pedido también soja, ¿no?

22 y pico de la noche de un 18 de diciembre.
Mientras me llevo a la boca un pedazo de salmón crudo bañado en soja, intento reprimir mi dicha por haberme librado exquisitamente de la cena navideña de empresa. En un forzado acto de compañerismo desinteresado, me ofrecí a trabajar en lugar de aquel que quisiera asistir al evento por lo que ahora me veo compartiendo un delicioso sushi con otros tres compañeros que, por motivos varios, también han logrado salvar dicha papeleta.
Cumplimos con el mínimo exigible como para que los servicios que ofrece la empresa no fallen y celebramos al mismo tiempo nuestra propia cena de trabajo, un banquete tan selectivo como marginal.

¿Qué por qué no quiero participar en la cena de este año?
Bueno, dejando de lado mi enoclofobia, digamos que no guardo precisamente un buen recuerdo de la cena del año anterior en la que varios compañeros intentaron persuadirme, con poca sutileza, sobre la prescindibilidad del, conocido por estos lares como, “El Exjefe”. Es realmente incómodo aguantar la mirada de una persona a la que dos compañeros, con evidentes signos de ebriedad, intentan ponerte en las manos una pala para cavar con ellos la fosa que debe sepultarlo.

A menudo me pregunto:
¿Cómo debe ser una cena de empresa de Autobots?

En esta ocasión no parece que vaya a darse la misma situación, pero mejor no comprobarlo.
Me parece bastante hipócrita por mi parte compartir mesa con compañeros o superiores a los que evito durante la jornada laboral. Eso sin contar la imagen de irresponsable y tontísimo que a buen seguro tienen de mí, con motivos totalmente fundados, el mandamás de la empresa y su séquito de devotos.
Si a este contexto de mierda añadimos mi grave problema de incontinencia verbal, que suele comportarme bastantes situaciones incómodas, casi siempre por intentar reparar lo anteriormente dicho hasta convertirse en un bucle, todo indica que he optado por la mejor opción.

Acabamos con los últimos bocados de atún crudo.
Recogemos las bandejas de aluminio con restos de arroz e higienizamos la mesa adecuadamente. Alguien se ofrece a buscar unos cafés, yo hago lo propio con el Bailey’s. Abro la taquilla y descubro que la camisa blanca con la que he llegado unas nueve horas antes al trabajo, aún sigue ahí. La amenidad de la cena ha logrado que olvide que, como compensación por mi ausencia en la cena, me prestaré a tomar unas copas con “Korino Sainz”, proposición tentadora donde las haya.
Así que no mucho más tarde de la una de la madrugada, “Korino Sainz” atraviesa, ataviado con una sugerente bufanda, el gran portón metálico, reclamándome como suyo por, tan solo, esta noche y pretendiéndome con miradas picarescas y desvergonzadas.
Me acomodo en el asiento del copiloto de su coche y le pregunto a donde tiene pensado llevarme. Arranca el motor y, sin dejar de prestar atención al retrovisor trasero, afirma con contundencia que nos dirigimos al bar/pub donde los comensales de la cena, finalizada ya desde hace algunos minutos, han convenido tomar una copa reunidos.
Busco la maneta de la puerta que me permita huir despavorido pero, para cuando doy con ella, el coche ronda los 70 km/h.

...

La noche empieza ahora.

martes, 19 de enero de 2010

Finally, on "Lost"

Falta poco más de dos semanas para que millones de ciudadanos empiecen a caer en la cuenta de que han sido víctimas de uno de los más grandes fraudes (voluntario y elegante, por supuesto) de la historia reciente: el segundo día del próximo febrero tendrá lugar (concretamente en Iu. Es. Ei.) la sexta y última temporada de "Perdidos", o, tal y como me gusta a mi por eso de respetar los títulos originales, "Lost".

"Lost", una de las series más populares (el que no la conozca es porque esta recluido por voluntad propia en un monasterio) y más relevantes de la historia de la televisón, emitida en 163 países.
Una teleserie que acumula 48 premios, donde destacan y un Golden Globe y 9 Emmy's (uno de ellos para, tenía que mencionarlo, su magnífico compositor habitual, el gran Michael Giacchino), de 160 nominaciones, y que cuenta con el dudoso honor y el curioso récord de ser la serie más descargada de Internet a fecha de hoy, según el Guiness World Record Book, segundo récord de la serie, puesto que ya fuera inscrita en este anuario tras ser reconocida como la producción de televisión que tuvo el mayor presupuesto de la historia para un primer episodio o "piloto", que contó con 12 millones de dólares para dicho episodio, sin contar el destinado al gasto publicitario sobre su estreno.

A pesar de que el descenso de calidad en el guión es alarmantemente evidente a partir de la cuarta temporada, la serie cuenta con una nota media de 83 sobre 100 en Metacrític (nota recogida según críticos de televisión) y un 9.1 sobre 10 en Imdb (promedio según votación popular) y una audiencia infalible, no solo en Estados Unidos donde llega a congregar ante la pantalla entre 15 y 20 millones de espectadores, sino también a nivel mundial, en parte gracias a las nombradas descargas a través de Internet.
Cabe mencionar que, a pesar de dicho bache artístico, el quinto capítulo de la cuarta temporada, "The constant" ("La constante"), fue seleccionado como mejor episodio de una serie de televisión del 2008, según la prestigiosa publicación "Time".

Estos si que están "Lost".

Es digno de mención el alto nivel de guión con el que arranca la serie, una primera temporada estupenda con momentos que quedan grabados en la retina del espectador (el oso polar; la serie numérica; John Locke; la escotilla...). La segunda temporada no tiene mucho que envidiar a su predecesora. Nuevos personajes, nuevas tramas y nuevos enigmas.
Tras una digna tercera entrega en la que aún asistimos a más misterios por resolver, nos azotan una cuarta y quinta en la que el espectador empieza a intuir que los guionistas parece haberseles acabado los recursos ya que el argumento se hace cada vez más enrevesado, demasiado quizás. La calidad cinematográfica de la serie sigue mostrando buena salud proporcionando todavía dosis de suspense, las mínimas para no perder al espectador, pero la trama central parece vagar por la propia isla sin un rumbo definido a pesar de las incorporaciones de actores (y personajes) tan interesantes como Jeff Fahey, Jeremy Davies, Kevin Durand o Doug Hutchinson. Para colmo, algunos de los personajes pilares de la serie pierden parte del carisma al que estábamos acostumbrados dando lugar a bastantes minutos entretenidos en narrarnos algunas otras subtramas que no despiertan tanto nuestra complicidad como con la historia central.
Pero lo peor de todo, lo que despide ese tufillo a timo o fraude que mencionaba al principio es el hecho de que la isla plantea cada vez más misterios, que se nos acumulan a los que ya guardabamos desde el capítulo primero, en lugar de desvelar algunos de ellos para concluir con esta sexta temporada una digna serie que no debería haber pasado de las tercera. Parece ser que el dinero, como siempre, acabó imponiéndose.

Doy por hecho que J.J. Abrams no es tonto, y que tampoco compra en Mediamark, y que, a pesar de haberse desvinculado levemente de la serie tras las dos primeras temporadas por estar inmerso en "Fringe" y "Star Trek", intuyo que se implicará en este último asalto, lo cual podría dar un empujón a ese final que parece no querer llegar nunca, un desenlace que, tras dejarnos más desorientados de lo que andabamos (y espero equivocarme), no dejará indiferente a nadie.
Es lo minimo que se puede esperar del genio del suspense, un tío que, hace algunos años, durante un paseo por Nueva York, adquirió una caja de cartón, algo más pequeña que una de zapatos, que lucía un enorme signo de interrogación de colores vistos sobre unas letras que decían "Mistery box".
"No la abriré nunca", pensó Abrams.

Supongo que habéis pillado que la isla es la caja, ¿no?


Sea como sea, disfrutemos del espectáculo.
Mientras tanto, mastúrbense con algunos de estos trailers y vídeos varios.






jueves, 7 de enero de 2010

Noches de blanco satén (Vol.I)

Capítulo 4. Defectos.

- ¡Me cago en tu puta madre! ¡Hijo de puta!
- ¡Anda, vete a la calle y relájate un poco!

Carlos” penetra hábilmente en el nuevo pub mientras dos jóvenes punks son expulsados por la fuerza por tres vigilantes con un físico el doble de imponente que ellos.
Aunque los encargados de la seguridad del establecimiento parecen intentar resolver la situación mediante la palabra, los dos punks, viéndose en la calle, inician, totalmente fuera de control, una pequeña reyerta contra los primeros.

Ante semejante percal, “El Exjefe” propone entrar cuanto antes al local a “Korino Sainz”, que me ha apartado hacia atrás levemente con el brazo izquierdo con un instintivo propósito protector, ya que las ostiejas se están repartiendo a escasos metros de nosotros. En cuanto a mí, agradezco el generoso gesto de “Korino” ya que llevo unos cuantos minutos procesando todo cuanto me rodea con más lentitud de lo habitual. Mi cabeza esta en otro lugar, concretamente, intentando poner orden a todo lo ocurrido desde hace algunas horas con el objetivo de redactar, en unos días, una digna representación capaz de captar brevemente la esencia de esta gran noche. Mientras creo advertir que alguien se atiza en plena calle, temo no estar capacitado para tal empresa. Observo también que llevo demasiados minutos sin oír el tintineo de unos cubos de hielo bañados en güisqui.

Estaba buscando imágenes de la cultura punk
y me encontrado con esto

No duramos mucho en el local. Tras un nuevo y último trago, “Korino” y “El Exjefe” consideran que es hora de echar el cierre y descansar unas horas. Protesto un poco, pues no logro imaginar cuando volverá a repetirse una noche como esta, pero accedo a regañadientes.
¡Justo ahora que empezábamos a hablar de temas relacionados con el trabajo!
Salimos de nuevo a la intemperie. Ni rastro de los problemáticos punks. En lugar de estos, encontramos a “Carlos”, de nuevo orinando entre dos coches estacionados frente al establecimiento. Le ofrecemos acompañarlo a casa pero rechaza nuestra oferta y, tras despedirse con palabras enmarañadas, desaparece a lo largo de la calle.
Buenas noches”, me digo mirando lo que queda de su silueta.

Volvemos al coche a paso ligero. A cada minuto, el frío se torna más intenso. Solo escuchamos nuestros pasos en las poco transitadas avenidas a estas horas de la madrugada. Tanto es así que, vuelvo a retomar la conversación olvidada en el pub acerca de la posible imagen que puedan tener sobre mí en mi trabajo. Debería haberme callado.
Subo al coche en silencio y me acaricio las escarchadas manos. Mientras despido un leve vaho sobre las puntas de mis dedos, “El Exjefe”, en un tono serio del que pocas veces he sido testigo, se sincera acerca de mí. Dice que soy demasiado bueno y cuando digo demasiado bueno no se refiere a que sea un crack en algo, precisamente. Habla de ese tipo de bueno que acaba semejándose a tonto.
Me hago un poco el despistado y argumento que no es que sea bueno sino que, simplemente, intento evitar conflictos.
El Exjefe”, que me tiene totalmente calado, me pregunta si ya he requerido, al compañero al que he sustituido al finalizar mi turno, cuando va a devolverme las dos horas que he trabajado en su lugar. Touché. Lo cierto es que ni había pensado en ello. Simplemente me había ofrecido a sustituirle por el tiempo necesario pero sin voluntad de cobrarme el favor. En todo caso, habría esperado a que él mismo se hubiera ofrecido para devolverme ese par de horas. ¿Acaso no es eso lo correcto?

El coche se detiene.
El Exjefe”, que ya ha llegado a su destino, abandona el vehículo y sujeta la puerta del copiloto mientras se despide. Dirige una última mirada hacia mí. “No seas tonto”, dice, y añade “Buenas noches”.
Entra en su portal y ahora paso a ocupar el asiento de acompañante del conductor. “Yo no soy tonto”, murmullo enfurruñado, a lo que “Korino” pregunta si he dicho algo. Le contesto que nada, que son cosas mías.
De camino a casa guío a “Korino” a través del trayecto más seguro para llegar a mi domicilio. Ya no estamos tan tocados como a media noche pero tampoco tenemos ganas de encontrarnos de morros con un control de alcoholemia.
Comienzo a reconocer cada curva que dejamos atrás y, debido al cansancio acumulado, empiezo a visualizar mi cama y el momento en que la deshaga lentamente para meterme en ella. Seguramente me retorceré y contraeré hasta quedar rendido. Quizá me ponga un par de capítulos de “Bola de drac” para que me escolten hasta quedarme completamente dormido. ¿Y si me ducho antes? Una ducha caliente sería ideal, porque con el frío del copón que hace y lo cansado que estoy pues…

- ¿Por dónde tiro? – pregunta “Korino”, al que he olvidado sin querer.
- Ah, pues mira, un poco más adelante y ahí mismo me puedes dejar. De aquí a casa tengo unos cinco minutos de paseo que me van bien para despejarme y tal.

Detiene el coche donde le indico, se enciende un cigarro después de ofrecerme uno a mí y, para mi sorpresa, empieza a hablar calmadamente acerca de lo que había preguntado anteriormente. En primer lugar me aconseja no ser tan condescendiente. Me dice que no debería callarme con según que compañeros, que no puedo acabar cediendo ante todos tan solo por no crear un conflicto porque lo único que consigo es acabar pringando yo.
Sé que, como “El Exjefe”, tiene razón. Ambos la tienen.
Le digo que no es fácil forzarse a ser algo que uno no suele ser. Le pregunto además que de qué puede servir ser algo más cabrón en mi puesto de trabajo si difícilmente puede uno ascender, laboralmente hablando.
Contesta que vuelvo a equivocarme, que no asciendo porque no quiero. Creo que no lo entiendo, pero argumenta enseguida. Comenta que mi carácter desenfadado y burlón no me beneficia, que los “de arriba” tienen una imagen de mí como de alguien infantil, lo cual comporta que quizá no hayan contado conmigo para algo más productivo que la tarea que actualmente desempeño.
Me excuso diciendo que nunca he pensado que trabajar y pasarlo bien estuviera reñido, aunque sé que vuelve a estar en lo cierto. Pero aparentar seriedad aún me parece más complicado, a mí, que aún comportándome formalmente no puedo evitar que mi cabeza este haciendo un continuo chiste con todo lo que me rodea.
Supongo que será por culpa de mi forma de tomarme la vida como una broma, en la que el que no se ríe es porque no ha cogido el chiste. No sé.

Dwight K. Schrute cumple con el perfil que Korino y Elexjefe me comentan

Empieza a amanecer. Le digo que es hora de que vaya a descansar, que se lo ha ganado a pulso. Se disculpa de su franqueza pero le digo que no es necesario que lo haga, doy por hecho que me lo dice por mi propio bien.
Le pido un último cigarro para el camino y salgo de su berlina. Le doy las gracias y los buenos días, ya que resulta más apropiado que las buenas noches, y saludo con mi mano hasta que tuerce una esquina y no queda rastro del coche.
¡Joder, que noche!”, pienso.
Alzo la vista hacia el camino que se abre ante mí y me abrocho el segundo botón de mi negro abrigo recordando las palabras que un día me dijo Toni.
Me enciendo el pitillo y oriento mis pasos hacia casa reflexionando acerca del sushi, del beso de "Carlos" y de mis defectos.

La noche sin fin ha acabado.


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Capítulo 2. Fuga de noche.

A pesar de que “Korino” confiesa llevar alguna copa de más, producto de la recién finalizada cena de empresa, parece encontrarse en un estado mental grácil, casi no corrompido.
Irrumpimos en el pub en el que, tras previo consenso, los trabajadores y compañeros de mi empresa habían decidido reunirse para, algo más ebrios, fingir una falsa amistad fuera de ese algo, a la fuerza en común, llamado trabajo.
Somos los primeros en llegar y, como también somos algo avispados, comprobamos que nuestra empresa no es la única en citarse en este local, lo que conlleva que la edad del aforo de las instalaciones oscile entre los 18 y 60 años.
Antes de que podamos calentar nuestros gaznates con unos buenos caldos, empiezan a irrumpir, cada vez en mayor número, rostros de sobras conocidos por el día a día de la convivencia laboral.
Es raro. Es raro encontrarse rodeado de encargados o jefes sosteniendo un güisqui doble en una mano y encendiendo un cigarrillo con la otra, bordeando con la mirada la decoración celta-ibérica del local tenuemente iluminado mientras los últimos éxitos de Shakira, David Bisbal o Beyoncé bombardean tu sistema nervioso y son proyectados en pequeñas pantallas que cuelgan del techo.

Saludo protocolariamente a cada uno de los asistentes a la cena y les pregunto siguiendo el guión preestablecido sobre la misma, todo ello aderezado con algún leve chascarrillo sobre mi/sus (según el juego que dé el otro) indumentarias, jugando a la perfección con mi papel de gordito gracioso.
Obviando cualquier tipo de posible respeto hacia el hijo de mi jefe, lo cual también lo convierte a su modo en mi jefe, le comento a la joven eminencia, en cuanto tengo oportunidad de saludarlo como es debido, que lo encuentro tan elegante y atractivo esta noche que me ha desatado una erección.
Ante su asombro, me palpo sutilmente la zona conocida como “paquete” y le confirmo acerca de la erección aunque es posible que no se detecte a simple vista debido a mi micro-pene. Doy un sorbo a mi güisqui doble y, tras un elegante quiebro, lo dejo atrás para saludar a uno de los pocos compañeros con los que no necesito ser falso e hipócrita.

Hablando de erecciones...

La noche sigue un ritmo lógico y racional, cuanto más beben mejor parecen pasarlo.
Yo también bebo, por supuesto, y más aún cuando toma asiento a mi lado izquierdo la mujer del director de la empresa. Me saluda rápidamente y, aunque no quiere conversación conmigo, pregunta, supongo que para aparentar cierto interés en cuanto a mi persona y mis gustos, qué bebo. Le acerco una copa, que se asemeja a un porta-velas de diseño, en la que reposan dos dedos de un néctar amarillento. Le digo que beba primero y pregunte después, que me parece que es Nestea o algo por el estilo, que me he encontrado el vaso por ahí y, al haberme gustado lo que había dentro, me lo he llevado conmigo.
Ante su asombro (bis), huele el contenido y me devuelve el vaso. Me dice que no cree que el contenido sea Nestea. Y no me dirige palabra alguna el resto de la noche.

Son casi las tres de la madrugada.
Se acerca la hora convenida, la hora en la que “Korino” sacará de su chistera una magnífica excusa para que ambos abandonemos el pub y así podamos reunirnos con “El Exjefe” (¡sopresa!) que se encuentra, no muy lejos de aquí, celebrando también la cena de la empresa en la que actualmente cotiza.
Korino Sainz” me lanza un par miradas que irradian nerviosismo y me invita, mediante gestos cómplices, a que me acabe la copa de una santa vez. De pronto y mientras se anuda en el cuello su vistosa bufanda, empieza a excusarse ante los porqués de los demás acerca de su marcha. Explica algo sobre tener que madrugar del día siguiente por su hijo o algo por estilo. Genial. Hijo pequeño, excusa perfecta.
Llega mi momento y, mientras “Korino” se enfunda su chaqueta oscura, me pongo en pie rápidamente, tratando de ponerme mi abrigo negro, y acercándome a tientas, pues el alcohol nubla levemente mi visión, a “Korino”, que empieza despedirse de la parroquia. Recibo también algún pequeño abucheo en señal de desaprobación por marcharme tan pronto pero me excuso diciendo que como “Korino” me ha traído hasta el local, no dispongo de automóvil y él se ha ofrecido a llevarme a casa y tal.
Suena bien, quizá no demasiado convincente, pero me enorgullezco de haber improvisado un pretexto tan digno yendo algo bebido. Mi jefe, del que no había echado mucha cuenta durante la noche, parece reaccionar ante mis palabras y, ¿desinteresadamente?, se ofrece a llevarme a casa.
Me quedo blanco y los cojones se me caen al suelo a plomo, como dos magníficas pelotas de granito.
Miro a un compañero de otra sección un tanto imbécil; miro a otro que no sabía que trabajaba en la misma empresa que yo; miro al suelo; finalmente miro a mi jefe y, quizá sin pensarlo mucho y sin saber aún porqué, le contesto:
- Uy, es que… mis padres me controlan mucho y… si me descarrío un poco… me atizan.

¿Ha... ha dicho llevarme a casa?

Genial. Y rematando con un “Ala, ¡que vaya bien! ¡Buenas noches!”, abandono el local sin volver la vista atrás y maldiciéndome por rechazar aquellas clases subvencionadas de improvisación. “Korino” sigue mis pasos y ambos volvemos a tomar contacto con el frío de diciembre.

La noche espera impaciente.