miércoles, 15 de diciembre de 2010

Motefobia. Superación.

El ser humano es, por norma, totalmente inconsciente del peligro constante que lo rodea, oculto en el rincón más insospechado.
Resultan alarmantes las altas probabilidades de ser acuchillado por un maleante, violado por un degenerado o estampado contra unos escaparates de una tienda de ropa gentileza de un conductor tomado.
Recibir en el parietal un macetazo de un cuarto piso, resbalar con un charco y dejar marcada nuestra sien contra el arcén o recibir inesperadamente sobre nuestros hombros el peso de un andamio.
Tropezar con un adoquín de la acera y quedar tendidos en el paso de peatones a merced de los coches que circulan ignorantes, o ser contagiados por rabia tras la improbable mordedura del perro que suele callejear por el barrio.
Parece claro que, en ocasiones, vivir supone jugarse la vida constantemente.

Aquella noche yo también era totalmente inconsciente del peligro al que iba a ser expuesto, la amenaza de la que resultaba imposible estar preparado, el terror que iba a sumirme en la más horrenda de las pesadillas imaginables.


Motefobia


De pronto, el ascensor vuelve a iluminarse y a quedarse a oscuras nuevamente. Y repite ese patrón luminoso permitiéndome inspeccionar, entre destellos, las cuatro esquinas sin separar mi cuerpo del espejo. Volteo mi cuello deseando reírme de mi atrofiada imaginación y el estado de pavor absurdo al que me ha conducido. Y todo parece bien hasta que vuelvo a fijar la vista al frente.

Con una dimensión de unos 200 centímetros de longitud y unas inmensas alas grisáceas aleteando, una gigantesca polilla de ojos anaranjados permanece levitando ante mí, con una actitud más amenazadora que amistosa. Su boca, o hocico o lo que diablos quiera que sea, tan abierta que puedo distinguir entre destellos de luz dos hileras de irregulares y afilados dientes, segrega una sustancia gelatinosa de un color jodidamente oscuro que recorre su tórax hasta formar un pequeño charco en el suelo.
Ante semejante percal, sigo inmóvil, obviamente. Quizá sea por el terror que se ha apoderado totalmente de mí a estas alturas al estar atrapado con una especie de polilla gigante cabreada en un ascensor que no parece dispuesto a moverse lo más mínimo. O quizá sigo inmóvil ya que, al no haberme visto antes en una situación como esta, no tengo la más jodida idea de cómo reaccionar. No importa. Sea como fuere, el error de Dios que tengo ante mí, babeando tanto que el charquito está casi rozando la puntera de mis deportivas, no espera mucho más y, tras retroceder un poco, arranca en tromba directo hacía mí, embestida que consigo sortear lanzándome ágilmente hacia mi derecha, su izquierda.
Su golpe contra el espejo propicia una grieta del cristal por la zona central superior. Algo desorientado, retrocede otra vez hasta tenerme a tiro, algo no muy difícil, pues aún no he sido capaz de ponerme en pie. Vuelve a arremeter contra mí, esta vez directo a mi pecho, pero antes de que logre arrancarme un pezón y un pedazo de la camiseta, tengo suficientes reflejos como para detener su asalto con el bolso que llevo aún colgado al cuello. Hinca los dientes en el bolso, pero lo suelta inmediatamente al percatarse que no ha acertado en su objetivo. Se precipita sobre mí hasta tres veces más, asaltos a los que resisto espartano escudándome de la misma forma.

El error de Dios

De pronto, el hijo no deseado de la madre Naturaleza, hastiado de no conseguir resultados con su limitada estrategia, emite un agudo gruñido, suficientemente intenso como para que los vecinos se asomen al rellano o al menos echen un vistazo por la mirilla, aspira enérgicamente y escupe una abundante cantidad de esa mierda oscura que parece supurarle de la lengua. El salivazo me coge desprevenido y parte de él impacta en mi cara, en mis ojos y en mi boca, cegándome momentáneamente y dejándome a merced del monstruo alado.
La masa gelatinosa abrasa mis ojos y asfixia mi garganta, aunque reconozco un preocupante regusto a salsa barbacoa. Antes de que pueda limpiar mis párpados con la manga de la chaqueta, pierdo el equilibrio tropezándome con el bolso y mi cabeza se estrella con el espejo.
            - ¡Hijadeputa! – grito encabronado, faltándole al respeto a la enorme polilla.

Arrodillado ante el inesperado dolor del golpe, me palpo la zona del golpe con una mano intentando detectar alguna herida o algún reguero de sangre derramándose por mi sien. El monstruo aprovecha mi desventaja y desciende nuevamente en picado desenvainando su afilada dentadura. Hace blanco en el talón de mis deportivas, aferra fuertemente el zapato y, con una fuerza desmesurada, estira para sí levantándome violentamente los pies y propiciándome un nuevo golpe en la cara contra el suelo encharcado del ascensor.

Increíble. Una polilla gigante y babeante me tiene fuertemente preso por el talón y me está sacudiendo de un lado a otro, estampándome con desmesurada potencia contra las paredes de un ascensor. Si logro salir de esta de una pieza, no me va a creer ni Dios.
Sigo recibiendo lo mío a base de bien, aunque aprovecho entre las sacudida a quitarme parte de la sustancia pringosa de la cara y vuelvo a abrir los ojos. Todo está oscuro, el fluorescente ha vuelto a dejar de funcionar.
Sin tener las más remota idea de como salir de la situación, estiro las manos hacia el suelo y chapoteo entre la sustancia pringosa buscando una vez más el bolso, el único recurso de que dispongo. A tientas, con las manos cada vez más irritadas, logro hacerme con él, olvidado en una de las esquinas y empapado por completo.
La sangre empieza a acumulárseme en la cabeza mientras rebusco en el bolso algo que pueda servirme pero el permanecer colgado cabeza abajo, recibiendo golpes en cráneo, espalda y pecho, y con las manos seriamente jodidas debido a saber qué componente de la salsa de la que voy totalmente embadurnado, no ayuda mucho en mi labor de hacerme con algo útil con que defenderme.
Tras manosear un paquete de Chesterfield, un par de mecheros, un pequeño manojo de llaves, un bloc de notas, un bolígrafo de color azul, un librillo de papel, un libro aún por leer y la funda de mis gafas de cerca, decido tomar el bolígrafo depositando en él cualquier esperanza de salir de allí de una puta pieza. Y sin más, ejercito mis abdominales impulsándome y me aferro con el brazo izquierdo a la extremidad de la polilla que tiene preso mi zapato, que ha sido perforado por las garras del monstruo y ha llegado a agujerear las primeras capas de piel de mi pie derecho. Desenvaino el bolígrafo extrayendo el capuchón con la boca y apuñalo a la polilla cerca de la garra tantas veces como me resulta posible, duchándome por completo de una sustancia algo menos densa, oscura y nociva que la conocida hasta ahora, hasta que suelta mi pie tras un nuevo gruñido y par de bruscas convulsiones, y caigo aparatosamente de espaldas contra el suelo.
El fluorescente vuelve a alumbrarnos a los dos con resplandores que no duran más de un segundo. Y decido que ya ha llegado el momento de acabar lo empezado. Sin dejar que el dolor físico me distraiga lo más mínimo, localizo nuevamente el bolígrafo, que se ha escurrido entre mis dedos durante la reciente caída y se ha sumergido en ese mar de babas que ya alcanza mis tobillos. El monstruo cabrón sigue volando erráticamente por encima de mí, sin dejar de emitir esa especie de bramido, pero no tarda en dejar de lado su dolor superficial y centrar su atención en mí. Y emprende furiosamente una acometida con la mandíbula tan abierta que parece desencajada.

El hijo no deseado de la madre Naturaleza

Se acerca rápido. ¿Qué puedo hacer?
Está casi a punto de alcanzarme. ¿Cómo puedo derrotar a esta monstruosidad armado con un simple bolígrafo?
Ya está aquí, es inminente. ¿I si…

Se abalanza sobre mí a por todas y en lugar de un movimiento evasivo, opto por llevar a cabo lo primero que se me ocurre teniendo en cuenta las circunstancias: antes de que sus incisivos puedan acertar sobre mí, adelanto el pie derecho que acompaño con el hombro, el codo y el puño derechos, en el que tengo aferrado fuertemente el bolígrafo, y lo introduzco, para su sorpresa, en sus fauces, rasgándome toda la piel del brazo con profundos cortes. Ahora, con un brazo totalmente extendido dentro de su esófago y con el otro aferrando firmemente al monstruo y anulando cualquier posible huida, solo tengo que empezar a apuñalar todo lo posible, intentando acertar en los pulmones o el corazón. Eres mío, hijodeputa.
Unas cuantas estocadas después, la polilla parece casi abatida, acariciando su último aliento. Dejo de hacer presión con el brazo izquierdo y cae al suelo extenuada, liberando así mi otro brazo, que sangra preocupantemente. Observo el bolígrafo empapado que me ha salvado la vida con curiosidad y sorpresa y lo guardo en mi bolsillo mientras, ahogándose con sus propias babas, la polilla respira y expira débilmente, dando evidentes muestras de que este ha sido su vuelo final.

El ascensor, improvisado cementerio de polillas gigantes, emite una nueva y gran sacudida y se pone en funcionamiento nuevamente, al igual que el sistema de iluminación, que deja de destellar para alumbrar, al fin, todo el receptáculo.
A pesar de la indicación prohibitiva para fumadores, es tiempo de celebración, así que tomo el bolso buscando un cigarrillo. Intento prenderlo, pero ni el cigarro parece que pueda arder ni los encendedores parecen muy dispuestos a dar lumbre.
El letrero de luces rojas, encima de las teclas numeradas y cerca de una plaquita metálica en la que alguien ha borrado torpemente el “No” de un amenazante “No es permet fumar”, marca ahora un 2.
Todo ha acabado. Esperando que las puertas metálicas se abran y me permitan huir de ese pequeño rincón de los horrores, examino mi brazo derecho, que parece sangrar algo menos para mi alivio, y compruebo que mis pertenencias imprescindibles permanecen en el bolso, del que aún caen algunas gotas de…
Silencio. Oigo un ruido tras de mí. Inmóvil, miro de reojo el letrero luminoso ansiando llegar a mi destino. Otro ruido, esta vez más intenso y más definido: un aleteo.

El monstruo cabrón

Desenfundando el bolígrafo con suavidad, giro mi cuerpo ágilmente dando la espalda a la única salida de aquel infierno y, ¡sorpresa, amigo lector!, la inmensa polilla flota a duras penas a un metro de mi.
Parece algo enfadada ya que, tras un bramido 50% furia 50% dolor, me arrea un zarpazo que manda el bolígrafo, mi Excalibur, a tomar por culo. Saboreando su superioridad física, avanza lentamente hacia mí, que intento alejarme de ella todo lo posible  hasta que mi espalda topa con las puertas metálicas.
Se acerca irremediablemente, tanto como mi final. Es curioso como suceden las cosas: no hace ni tres jodidos minutos era este puto bicho el que agonizaba en el suelo mientras yo celebraba mi suerte. Y podría haberlo rematado tranquilamente, sin padecer lo más mínimo. Si mi madre estuviera aquí se hubiese regocijado con un “¿Ves como las cosas hay que hacerlas al momento y no dejarlas para luego? Siempre te lo digo: ahora no me haces caso pero cuando seas mayor dirás ¡Qué razón tenía mi madre!”.
Se detiene con los ojos a la altura de los míos y noto la ahogada respiración que escapa de su boca en mi cuello. El muy hijoputa está disfrutando el momento. Es cuestión de segundos que…

…que se habrán las puertas del ascensor y caiga al suelo del tercer piso de espaldas. El bicho me mira desconcertado, las puertas se cierran y desaparece de mi vista. Vale, esto sí ha sido inesperado.
Tumbado boca arriba sobre las frías baldosas reconozco un sonido perteneciente a un ser humano.

   - ¿Qué haces? – pregunta con severo escepticismo el anfitrión del 3º 2º.

Aún sin ponerme en pie, giro el cuello hacia la izquierda.

   -  …emmmm, pues resulta que… – lo cierto es que no tengo la menor idea de qué contestar, pero eso supone un problema para el anfitrión ya que, antes de que pueda empezar a tejer una historia coherente, me interrumpe inflexible.
   - He puesto la cafetera en marcha hace una hora.


Levanto mi ensangrentado y sucio cuerpo mientras mi rostro se sonroja.


   - Ostia, perdona, es que resulta que... - intento excusarme mientras accedo a la vivienda siguiendo los pasos del anfitrión.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Motefobia, el peligro constante.

El ser humano es, por norma, totalmente inconsciente del peligro constante que lo rodea, oculto en el rincón más insospechado.
Resultan alarmantes las altas probabilidades de ser acuchillado por un maleante, violado por un degenerado o estampado contra unos escaparates de una tienda de ropa gentileza de un conductor tomado.
Recibir en el parietal un macetazo de un cuarto piso, resbalar con un charco y dejar marcada nuestra sien contra el arcén o recibir inesperadamente sobre nuestros hombros el peso de un andamio.
Tropezar con un adoquín de la acera y quedar tendidos en el paso de peatones a merced de los coches que circulan ignorantes, o ser contagiados por rabia tras la improbable mordedura del perro que suele callejear por el barrio.
Parece claro que, en ocasiones, vivir supone jugarse la vida constantemente.

Aquella noche yo también era totalmente inconsciente del peligro al que iba a ser expuesto, la amenaza de la que resultaba imposible estar preparado, el terror que iba a sumirme en la más horrenda de las pesadillas imaginables.


Motefobia


   "- … quan falten cinc minuts per les 20h. de la tarda. I ara és hora de donar pas a la cap del nostre departament d’alineacions, Sònia Gelmà. Bona tarda, Sònia.
   - Bona tarda, Raül.
   - Em fa una mica de por preguntar-te però, tenint en compte com ha anat la setmana, Xavi veurà el partit de demà dissabte desde la grada, ¿no?
   - Doncs molt em temo que si ja que sembla que els dolors que patia..."

   - Me cago en la puta – digo sin alterarme 
Que no juegue Xavi mañana me jode tanto como percatarme de que se ha acabado el papel tras acabar de llegar a casa. Quizá no tanto.

...o que un coreano que ni conocemos nos abra el cráneo sin motivo alguno...

Respeto el ceda el paso y giro hacia la izquierda buscando aparcamiento entre coches amontonados en batería, pero nada de nada. Es la cuarta vez que paso por aquí.
Vuelvo a doblar hacia la izquierda y disminuyo el volumen de la radio, hasta dejar un débil hilillo de voz, al encontrar un espacio donde estacionar. Me recuerdo a mi padre, girando la ruedecilla del volumen del reproductor de música del coche cada vez que dejaba atrás una salida de la autovía que no debía o cuando sentía que la jungla del salvaje tráfico de Barcelona amenazaba con violar su espacio.
Bajo del coche, mal aparcado a un palmo del bordillo respecto a la rueda delantera derecha y a tres tomando la trasera derecha como margen, cojo mi bolso del asiento trasero y apuro el canuto y la lata de cerveza caliente. Tras ahogar la colilla en las últimas gotas del jugo de malta, intento encestar la lata en la papelera situada justo en la acera frente a la que he estacionado. 
El clonk-clonk de la lata contra el suelo me confirma que, si alguna vez formase parte de un equipo de baloncesto, optarían por ceder el balón a cualquiera antes que a mí en la última posesión del partido.

Recorro un par de calles, suficientemente húmedas como para deducir que durante la mañana cayeron cuatro gotas. Están repletas de bloques de pisos, locutorios y algún que otro colegio. En el barrio se respira un ambiente de recogimiento tras haber pasado el día en la oficina, en el colegio o en el bar más cercano, lo que crea una sensación de falsa vida en la zona. En algunos portales se agrupan jóvenes de ambos sexos y diferentes edades y colores. Sentados en el bordillo que eleva el edificio de la acera, se amontonan como idiotas, comiendo pipas, tosiendo humo de tabaco rubio y dejando escapar insoportables risitas adolescentes mientras se pelan de frío.
Ignoro que hubo una vez en que yo también hacía algo parecido y deseo que se estrellen con el lado hijodeputa de crecer. Así se darán cuenta de lo estúpido que es uno cuando es joven.

3º 2ª. Llamo al timbre del portero automático, que emite un sonido parecido a ¡neeeeek!
   - ¿Si? – pregunta una voz masculina desde el 3º 2ª.
   - ¿Te lo vas a perder? – contesto poco convencido de mis palabras.
Distingo una ligera carcajada por el interfono y el consentimiento del interlocutor para que acceda al interior, así que empujo la puerta del vestíbulo intentando recordar si ya había hecho uso de esa consigna anteriormente. Hace ya algún tiempo opté por contestar cualquier estupidez al llamar al interfono de una vivienda ya que, hasta la fecha, un simple yo bastaba para que se te permitiese al acceso al piso. La primera persona del singular me parecía demasiado pobre como para agradecer el hecho de que alguien te abriese las puertas de su refugio. Hasta que un día me decidí por darle color al asunto.

El vestíbulo está escasamente iluminado. En la pared de la izquierda, un estante con los buzones de los vecinos y algo de propaganda de supermercados y compañías telefónicas. Al fondo, la puerta interior hacia las escaleras y el ascensor, ante el cual me detengo para pulsar el botón de llamada. Las puertas dobles tardan en abrirse el tiempo justo como para que revise que no he salido de casa en calzoncillos ante el gran espejo frente al ascensor. Todo en su sitio, creo, y entro dentro pulsando esta vez una tecla con el número 3, escrito también en braille. Debería afeitarme o eso es lo que dice mi reflejo en el espejo interior del ascensor. La iluminación en este caso es suficiente aunque, combinada con el espejo, es capaz de reflejar las imperfecciones. Repaso granos, poros, pelos de la nariz y parte de la dentadura mientras las puertas vuelven a cerrarse tras de mi y el ascensor se pone en marcha.

...o ser el jamón dulce/pavo de un sándwich...

Examino cuidadosamente mis ojeras, que podrían pertenecer sin problemas a alguien aquejado de terrores nocturnos, cuando advierto una presencia en el ascensor, algo. Ignoro exactamente de que se trata, pero sé, noto, que hay algo vivo encerrado conmigo en aquella ascendente caja metálica.

En un primer momento, permanezco inmóvil esperando que las puertas vuelvan a abrirse y salir de allí sin problemas, pero termino por darme la vuelta cuando el ascensor da una sacudida y se detiene en seco. Un letrero de luces rojas, encima de las teclas numeradas y cerca de una plaquita metálica en la que alguien ha borrado torpemente el “No” de un amenazante “No es permet fumar”, marca un 1. Ligeramente inquieto, presionó repetidamente la tecla con el número 3, escrito también en braille, hasta que escucho un suave aleteo y un ruido sobre el espejo, parecido al de las uñas de la mujer repicando sobre la mesilla del comedor contemplando al marido que llega a altas horas de la noche.
Algo más que ligeramente inquieto, pero aun conservando la entereza, vuelvo a girarme encarándome de nuevo hacia ese espejo que parece una versión cabrona del espejo mágico del cuento de la Bella Durmiente. Me sorprende no descubrir nada por lo que deba preocuparme y, para mi regocijo, el ascensor se pone en marcha de nuevo sin previo aviso. Pero esta vez el viaje aún es más corto, pues vuelve a agitarse y a detenerse de nuevo.

Y empiezo a cagarme en la puta.
   - ¡Me cago en la puta!

No es que padezca una fobia manifiesta hacia los ascensores ni a los espacios pequeños en general, pero tampoco me hace especial ilusión quedarme atrapado en uno de ellos y menos aún con algo merodeando a mi alrededor.
Pulso nuevamente la tecla con el número 3, escrito también en braille, pero, como suele decir mi madre, sirve de tanto como meneársela a un muerto. Reparo en la tecla de llamada de emergencias, con un contorno acentuado en amarillo limón y con el dibujo de un teléfono en lugar del número de planta, y lanzo mi índice derecho hacia el nuevo objetivo mientras mi cabeza es presa de una inoportuna paradoja: ¿cómo es posible que, con la vergonzosa cantidad de veces en que habré pulsado estos botones de emergencia solo por hacer algo, por ver que pasa, y ahora, estando supuestamente en una condición moralmente inmejorable para pulsarlo de nuevo, tenga la extraña sensación de que voy a causar una innecesaria molestia a los vecinos?
Pero los sentimientos de culpa y de necesidad no consiguen llegar a un acuerdo cuando abandono toda atención sobre pulsador de emergencia y me vuelvo hacia el espejo, o más concretamente hacia el fluorescente que descansa encima y los destellos luminosos que emite amenazando con apagarse del todo. Hasta que, tras unos segundos en los que permanezco contemplando al fluorescente atontado como una polilla, se apaga. Se apaga y la oscuridad le endosa un 2-6 a la luz.

...por no mencionar la peligrosidad que entraña tener de invitado al amigo Cruise...

Totalmente inquieto, un generoso eufemismo de con los cojones sobrepasando la nuez, aporreo indiscriminadamente la hilera de botones. El 4, el pulsador de emergencia, el 4 otra vez, el 1, el 2, el pulsador mantener las puertas abiertas y el 4 una vez más. Durante mi desesperado, y frustrado, intento de que mis problemas desaparezcan, vuelvo a percibir un ligero aleteo, esta vez a dos palmos de mi frente. Me detengo por completo, rígido, y como un robot poco engrasado doy un paso atrás. Y otro más, hasta que mi espalda toca contra el espejo. Contengo la respiración. Silencio. Silencio y oscuridad.

viernes, 8 de octubre de 2010

Laisse aboyer les chiens



Mientras su silueta rasgaba por el escenario agonizantes haces de luz violetas y anaranjados, ignoraba que, ya en casa, iba a sentirme como un vulgar ladrón al haberme llevado conmigo pedazos de él derramados en cada canción, en cada nota, en cada susurro. Había violado, consentidamente, su intimidad.

Con exquisito garbo y dramática puesta en escena, erraba coreografiadamente de un lado a otro de la tarima susurrándole al micrófono, convirtiéndonos en confidentes de su tragedia. En ocasiones danzaba para si mismo, con elegancia y gracia a partes iguales, sin importarle lo más mínimo la cantidad de miradas pendientes de cada gesto suyo.
Su melena, lacia y grasienta y oscura como el fino traje a medida que le confería un aire enfermizo, ocultaba unos ojos pequeños y penetrantes, perdidos en el cigarro que se consumía en su mano izquierda.
Ese semblante esculpido por un aprendiz negado, que culminaba en una nariz faraónica, y vendido a un constante lamento melancólico, suspiraba en cada melodía por aquello, que una vez hallase, desecharía para poder volver a anhelar.

Me mecí con la armonía de cada composición y descansé, como no recordaba desde hacía tiempo, cuando su voz entera y suave me envolvió.
Cogido delicadamente de su mano, me perdía cada vez más en un paseo bucólico, entre unas frondosas montañas y frescos ríos que repentinamente se esfumaban para dar lugar a callejones adoquinados con algún que otro charco, debido a los recientes servicios de limpieza comunitarios, y en los que rebotaban destellos coloreados de los neones de los cafés más cercanos. Me encontraba en un lugar que nunca había visitado pero que recordaba a la perfección.

Fue, sin duda, una velada para enamorarse o para ser abandonado; para paladear un seco whisky en la barra de una sombría taberna o descontarse continuamente al calcular las estrellas que nos arropan; para lamentarse de lo que no hicimos o no pudimos hacer o mirar con optimismo el calendario; para quedar contigo o quedar solo conmigo.
Fue una velada, en cualquier caso, para creer en sus palabras: “la vie est belle”.



Dedicado a mi madre, pues sin ella esta entrada nunca hubiese tenido lugar.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

El instructor


-          Bienvenidos a Propeinbol. Antes de nada tengo de disiros que fins que no me demostréis que sois unos hombres, ya sigui antes, durant o después de la sesión d‘avui, no siréis mejor que unos mierdas, uns merdes. Y cuando os llame me rifiriré a vosotros como “mierdas” y tendréis de contestarme “siñor, sí señort”. ¿Està clar?

Mr. Ackes y yo intercambiamos una mirada de incredulidad mientras acabamos de ataviarnos los “equipos” para la práctica de una partida de Paintball: él se ajusta el chaleco protector, yo intento enfundarme el mono verde oscuro del que me sobran dos tallas. Mientras tanto, el instructor sigue vociferando.

-     …porque tenéis de tener claro que esto es algo más que un entretinimiento, ¿d’acort?
Vosotros sois compañeros de trabajo, ¿no? Dons qui guanyi podrá donar polculo en el trabajo al otro equipo durante semanas, ¿qué digo?, meses, humillando a los perdedores, recordándoles tots los tiros que van fallar i que els van fer fracassar en aquesta tarda de sudor y tistosderona. ¡Ay, si es que esto es lo millor que hi ha per arribar luego a casa, fer una cervesa ben freda i ponerse a follar con la adrelanina aún a flor de piel!
Segons tinc entés, cap de vosaltres a practicat abans, ¿no? Clar que no, ya se os ve en la cara que sois unos putos pardillos. Pues tranquilos mierdas, no os preocupeu perque esteu amb el millor grup de Peinbol de España, amb los campions nacionals desde fa deu anys, lo menos.
Os puedo de asegurar que ningún otro club del país es tan profesional como nosotros. ¿Sabíais que nuestro equipo opera durante el resto del año en Inglaterra? Claro que no, que collons teniu de saber. Ah, pero jo soc d’aquí, ¿eh?, de Lleida, del carrer Major, aunque fa corantanou anys que… no, espera…

Nadie pestañea, por si acaso.

-     …no, aquest any ha fet ja sincuanta anys. Dons ja fa sincuanta anys que visc a Inglaterra, donde me gano la vida con esto. No os creáis, ¿eh?, que voy tradusiendo mentalmente del inglés antes de hablaros.

 "...que esto es algo más que un entretinimiento..."



Ah claro, ahora empiezo a entender…”, pienso por dentro.

-     Bueno, ¿ja esteu tots canviats? Tú se nota que no te has puesto un mono en tu puta vida. ¿Sabes por que te lo digo? Pues porque primero tendrías de meter las piernas y luego los brazos y no al revés, mierda.
A ver, ¡rumano, dame un arma! No os preocupéis pel rumano aquest que es bastante legal. Oye, rumano, ¿has visto cuantos móviles lleva esta gente? Estos los podrías vender en tu país, que de seguro de que te dan unos cuartos, ¿eh?
Bueno, pues aquesta es una de las armas que llevaréis. ¡Ostia, es que es agafarla i me entran unas ganas de pegar una buena follada! Tranquilos, que cuando cojáis una sentiréis lo mismo. Bueno, eso si no sois maricones o os gusta mamar pollas o algo así. Ei, que en de ser aixins, aviseume per no posarme davant vostre, ¿vale?
Esto que veis aquí es el condón, una funda per si se’m disparés ara el rifle, en lugar de darle en la cara a este de aquí, a este que tiene cara de tonto, pues la bola quedaría al condón i aixis ens ahorrariem d’anar al hospital.
Aixo d’aquí es el seguro. Si lo empujáis hacia fuera atensión que ara esta la cosa que arde y podemos empesar a soltar bolasos. Sempre que estem fora de la zona de tiro, el condón y el seguro puestos, ¿està clar?

Nadie contesta. Nadie se atreve.

-    ¡¡Ostia puta, macago en dios!! ¡¿Qué hablo solo?!
-    ¡De acuerdo! – nos apresuramos a contestar los siete más o menos al unísono.
-    
-    …señor, de acuerdo señor.
-    Vale, bien. El arma ya lleva una càrrega de cien bolas de pintura. Aquestes boles estàn fetes de gelatina, y la pintura, tranquilos que es comestible aunque tiene un gusto de mierda. N’hi ha un que sempre que ve amb nosaltres s’acaba bebiendo un bote d’estos. Veste tu a saber de que color cagará la mierda el tío.
Pues si os cae a la boca una mica de la pintura esta, que ya os digo yo que us empasareu una mica mentre esteu sota una pluja de disparos, preocupeuvos abans de que no os den dos bolazos más mientras reaccionáis que no de indigistiones.
Una norma important és que no se té de disparar a menys de tres metres de distansia, pero esto es una cosa que todo el mundo cuando esta en el campo de batalla en mitad del combate, se lo pasa por el forro de los cojones. Y ojo porque estas pistolas disparan cuatro bolas por segundo a 250 pies, ¿eh?
Mirat, que os voy a fer una dimostrasión. ¡ESTOP, XUT (STOP, SHOOT)!


Delicious


Quita el seguro al rifle de aire comprimido tras lanzar los gritos de advertencia, que intuyo servirán de muy poco pues su ayudante rumano permanece desde hace rato fuera del alcance de la calor que, con la ropa para la partida, aún se hace más intensa, y arroja unas siete bolas que impactan, coloreando de rojo y amarillo, contra media silueta humana recortada en acero situada unos cinco metros de él.

-    Ara ya os tomáis esto algo más en serio, ¿eh? Nosaltres tenim moltes despedides de solter i sempre n’hi ha un que porta algún cubata damunt. En cuanto ve lo folladas que salen las bolas se le pasan las ganas de riure.
Otra norma que teneis de respetar es la de los disparos: en quant us doni un bolaso, us mireu la roba. Si esteu tacats, aixequeu la mà y sortiu de la zona de la misión. Si no hay manchas por ningún lado, seguís intentado joder al otro equipo. Ara, otra historia es que os toquéis el culo y estéis manchados, eso es problema vuestro. Ah, y no us preocupeu pels bolasos. Ja us ho dic ara: duelen. Y dejan marca. Así que lo mejor es apuntar al pecho o la espalda que para eso portáis el chaleco. Bueno, que si os dan en los cojones luego la novia siempre os puede haser un masaje, que també està bastant bé.
Ah, y hablando de la munisión, cada carga de sien bolas son siete euros aunque si tots compreu tres cargas, la cuarta os la dejo a sinco euros, que se os ve buena gente. Jo no us mentiré: quant més rato paseu aquí i més gasteu, mejor para mí porque así hago más cuartos. Al menos soy honrado. Y ahora no lo sabéis todavía, pero durante la tarde voy a haser todo lo posible para que compreis munisión aprofitando cualsevol ocasión que tenga, llegándome a haser etstremadamente insistente midiante etscusas como “hombre, aquí te caben sien bolas más”, “si estás en medio de una misión y se te acaban la munisión porque no has recargado antes, tu capitán te va a dar polculo a base de bien” o “jo mai surto a una misión si no es amb el máxim de munisió”. Lo mejor de todo es que con algunos de vosotros esto funsionará y picaréis como tontos.
Per último, i antes de comensar amb la primera misión…

Por fin”, celebro sin que Patton se percate de que empiezo a estar tan cansado de escuchar sus indicaciones como el resto de compañeros, que aún así aguantan el interminable monólogo con bastante entereza.

-     …us proposo una cosa que nos gusta mucho de haser amb la gent que ve en grup como vosaltres: el equipo que pierda en los dos prótsimos juegos tendrá de volver fins aquí corriendo darrere de la camioneta en la que os vamos a llevar hasta la zona de las misiones, con el arma alsada per damunt del cap, rebent insultos y burles de tota mena y tragando toda la mierda y las totsinas y todo lo que etspulsa el tubo de escape de la camioneta, que podría matar a alguien. ¿Estamos todos de acuerdo?
-     …si…señor.
-    Pues ja podeu d’agafar les armes. ¡Rumano, ves arrencando la camioneta que les vamos a dar a estos mierdas un paseo para se que se enrecuerden!
Y recordat que aquí no hemos vinido a fer amigos, ¿eh?, ni estamos para buscar novia. Ara tenéis de olvidar que sois compañeros y habéis de aprovechar para joder a los jefes por lo cabrones que son con vosotros o a los empleados por ser unos inútiles que ensima cobran cada puto mes. ¡Disparat, jugat susio y sobretodo acabat con el iquipo rival! ¡Haset que esto valga la pena y alcansat la gloria!

martes, 24 de agosto de 2010

Refrito veraniego: the shitter musical top 5

La cosa está bastante clara: es verano y hace calor y, en consecuencia, a vosotros no os apetece leer y a mi mucho menos escribir.
Así pues, ¿qué mejor que pasar un rato ameno disfrutando de unos minutos musicales para relajarnos y, además, cultivar y enriquecer nuestras beautiful minds?

A los pocos que os hayáis aventurado a seguir esta entrada tras la introducción inicial, hoy me complace presentaros algunos de mis videoclips o vídeos musicales preferidos, todos ellos de fácil acceso gracias a uno de los tres mejores inventos de la historia junto a la rueda y a la vagina en lata, Youtube.
Estaba por escribir algunas palabras más a modo de introducción pero creo será mejor abandonar los preámbulos y dejar que la lírica y la poesía de los siguientes vídeos hablen por sí mismos.

5. El quinto lugar de este top 5 mierder a más no poder, está ocupado por mérito propio por el grupo Vocoder y su temazo “¿What happens now?”. Sí, el vídeo no tiene sentido alguno y encima va cada vez a peor. Se admiten apuestas sobre la condición sexual de la vocalista del grupo-cajera de supermercado a jornada partida.

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Vocoder "¿What happens now?"


4. Como apasionado que soy de la música india, olvidar a “Tunak tunak” de Daler Mehndi hubiese supuesto una ofensa a lo mucho que le debo al inmortal arte de la música. Túnicas de colores, bailes inconcebibles y sonrisas de agradecimiento. Aviso: resulta prácticamente imposible visionarlo de principio a fin.

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Daler Mehndi "Tunak tunak"


3. Alexander Marcus. Nacido el 24/12/79 en Berlín.
Según Wikipedia, su estilo musical “electrolore”, es una mezcla entre música folk y electrónica moderna.
Cualquier otra presentación de este artista hubiese resultado superflua.

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Alexander Marcus "Ciao ciao, bella"


2. Aunque solo uno puede proclamarse emperador de este top 5 musical, Mini Daddy (o “Adriansito” los domingos y fiestas de guardar), así como sus anteriores compañeros de profesión, también sería capaz, no sólo de copar esta lista, sino de lograr cualquier cosa que se propusiese, desde perder peso hasta aprender a leer.

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Mini Daddy (Adriansito) "El niño más bonito"


1. “Le put entre les puts”, que diría Cpt. Pescanova. Electroflamenco o algo. Sofisticación, “savoir faire”, estilo o empaque son sólo algunas calificaciones atribuibles a esta magistral pieza.
El profesor Laín empieza la clase; será mejor que tomes apuntes.

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Laín "¿Sabes lo qué pasa?"



PD: ¡Venga, y ahora, a comentar a lo loco!

sábado, 14 de agosto de 2010

Fórmulas de cortesía (Vol.II)

Hora: 10:52h.
Tiempo: cubierto
Temperatura: 24º
Humedad: 52%

- Entonces, “lo siento”, “perdona” o “por favor” también forman parte de tu “top ten” de palabras o expresiones menos utilizadas, ¿no? – el día está siendo tranquilo y, como hace algo más de media hora que he empezado a aburrirme, decido lanzar otra vez el anzuelo.
- No necesariamente, alguna vez las habré utilizado… - contesta con desinterés mientras quita cuidadosamente el envoltorio de una barrita de cereales con chocolate.
- ¿”Alguna vez las habré utilizado”? ¿Qué quiere decir exactamente eso?
- Pues lo que quiere decir. No sé. A ver, ¿para que voy a pedirte que me pases ese archivo “por favor” cuando te lo puedo pedir sin más si nos conocemos de antemano? Es más, ¿para que voy a pedirte ese archivo “por favor” cuando yo mismo puedo cogerlo? ¡Eso sí que sería estúpido!
- ¿Quizá por educación? ¿A lo mejor para demostrar que en su día aprendiste lo que se conoce como fórmulas de cortesía? – interrogo con la esperanza de haberle dado en toda la boca.
- No hace falta pedir “por favor” o disculparse con un “perdona” para ser educado. Se puede ser educado de muchas otras maneras. – da un bocado a la barrita, la mastica unos segundos y prosigue - Además, estas expresiones han perdido su valor real al haberles dado un uso excesivo e inapropiado. Es como si le dices cada día a tu mujer “te quiero”: llega un momento en que ese “te quiero” es algo a lo que está uno acostumbrado y su significado acaba convirtiéndose en algo vacío.
- ¡Joder, que bonito, que romántico eres! Así que tú no le dices “te quiero” a tu mujer, con la frecuencia que sea, para que lo valore más cada vez que se lo dices – me mira sonriente, satisfecho, como si tras su gran esfuerzo didáctico hubiera logrado hacerme entender el porqué de la órbita elíptica durante del movimiento de traslación del planeta - En parte tiene su lógica pero, ¿no sería mejor que se lo dijeras, al igual que estas expresiones, cada vez que realmente lo sintieras, independientemente de las veces que eso comporte decirlo? Es decir, ¿qué hay de malo en decir algo que sientes realmente por muchas veces que lo digas? ¿En serio crees que una palabra puede perder su valor por citarla de tanto en cuanto a pesar de que exprese exactamente lo que ronda por tu cabeza? – me costaba creer que realmente pudiera pensar así.

-¡Dime que me quieres! -¡Ya sabes que te quiero!
- ¡Pues quiero volvértelo a oír! - ...humanos...

Me repasa nuevamente de arriba abajo, o al menos hasta donde la mesa del escritorio le permite divisar, y, con la cara algo enrojecida lanza un bufido hacia ninguna parte. Parece harto de mí. Desvía su mirada hacia el dulce, del que engulle el último pedazo mientras atrapa el periódico del día, y empieza a ojear sin mucho interés las páginas centrales sin responder a mi pregunta.


Hora: 12:48h.
Tiempo: cubierto
Temperatura: 26º
Humedad: 49%

- ¡Mira qué bien! – se le oye exclamar con cierta alegría mientras vuelve a entrar una vez más en la oficina, esta vez con el segundo café del día en la mano – ¡He puesto los 35 céntimos en la máquina y me ha devuelto 40 céntimos!
- Ya – contesto sin levantar la vista de la pantalla, pues me he propuesto acabar la partida de Solitario puntuando algo decente en este tercer intento.
- Si, si, el café me ha salido gratis; debería echar hoy una primitiva a ver si… Espera, ¿cómo que “ya”?
- Pues eso. Que ya. Que no me extraña teniendo en cuenta que te he dejado preparados 40 céntimos en la máquina aprovechando cuando he ido a mear, exactamente, unos diez minutos antes de que salieras tú – y así ha sido.
- ¿Qué? ¡Qué! ¡Anda, hombre! ¡Eso no te lo crees ni tú! Eso es que no le habrá devuelto el cambio a alguien o que se lo habrá olvidado algún idiota o…
- Puedes no creerme pero, te pese o no, he aprovechado mi última salida de la oficina para tener un gesto amable contigo e introducir dos monedas de 0'20€ en la máquina de café sabiendo que querías uno - contesto con pasividad.
- No te creo. Para nada. Eres un oportunista y has pensado en aprovechar esto para marcarte un punto y… - parece algo desquiciado. Los 40 céntimos siguen en su mano izquierda, firmemente agarrados mientras hace aspavientos en señal de desaprobación con el puño cerrado.
- Déjalo. No me creas – añado aún con la vista fija en las cartas que parecen decididas a no dejarme ganar una sola partida. – Disfruta de tu café.

- Ya está, nos hemos reconciliado. Es culpa de
un pequeño bache que estamos pasando.
- Si, ahora todo está bien. Lo he estado pensando
y... de acuerdo, tengamos un niño, Steven.

Los pocos minutos restantes del turno avanzan rápido, quizá porque en este último tramo volvemos a estar algo atareados. Cuatro llamadas, un par de faxes enviados y otros tantos recibidos y, finalmente, llega la hora de recoger por hoy.
Aún no ha abierto la boca desde el último café y no parece que vaya a volver a abrirla ni siquiera para despedirse con un sencillo “adiós” o un evidente “hasta mañana”.
Apaga su ordenador, se pone en pie y, tras dejar la butaca arramblada al escritorio, se acerca hasta la puerta de la oficina. Agarra el pomo con firmeza y tira de él hasta abrir la puerta hasta la mitad dispuesto a salir de la oficina.

- …espera! – exclamo aún acabando algunas cosas a pesar de la hora que es.

Se gira sorprendido. Luce una mueca que revela las ganas por romper el silencio incómodo que se había creado entorno a los dos aunque no parece que vaya a ceder a menos que sea ante una disculpa por mi parte.

- ¿Si? – pregunta con un ensayado ademán esperando mi excusas.
- Ah, nada, sólo recordarte que me debes 5 céntimos del cambio.