martes, 29 de septiembre de 2009

Palillos chinos

Cpt. Pescanova había terminado su primer y exótico plato (pues goza de un peculiar gusto para combinar alimentos) y empezaba a mirar con cierta impaciencia a Travis, que parecía complacido saboreando con calma sus fideos tres delicias. Me lanzó una mirada de complicidad a mí también, pero yo andaba demasiado distraído intentando no quebrar una copa vacía, alzándola por su parte más delgada con mis palillos chinos.
Decepcionado por nuestra poca implicación ante el asalto al buffet, se levantó con el plato vacío entre las manos soltando un “Que os den, me voy a por la carne” con tales prisas que creíamos realmente que los demás comensales iban a vaciar las bandejas de comida y a dejarnos con las sobras.
Me levanté instintivamente con intenciones de seguirlo cuando observé como una de las camareras daba la bienvenida a una pareja que acababa de entrar en el restaurante. Un tipo normal seguido de una joven normal, tanto, que prácticamente no reparé en ellos para sumergirme, en cambio, en el genial abanico de platos variados del buffet.

Ensalada de patata, cuatro variedades de maki, algo de marisco supuestamente fresco, croquetas y demás fritanga. Aunque siempre me cuesta decidirme ante tales exquisiteces culinarias, acabé decantándome por medio plato de cerdo agridulce.
Me dirigí junto con Cpt. Pescanova hacia nuestra mesa charlando en tono jocoso sobre las habilidades ocultas de la alargada uña del dedo meñique del cocinero a cargo del wok del restaurante y nos sentamos sin darnos cuenta que gozábamos de nueva compañía: la pareja que había visto unos minutos atrás había sido instalada a nuestro lado, demasiado cerca para mi gusto.

Porque el amor se esconde en los bocados más insospechados

Nuestra mesa para cuatro estaba separada de otra más pequeña, para dos personas, por un listón de madera de color granate, que no se alzaba más de unos diez centímetros por encima de entre las dos mesas, con alguna filigrana a modo de decoración y unos remates horteras dorados, olvidando por completo si “intimidad” se escribe con “h” e incomodando a los comensales de ambas mesas.
Me senté sin mediar palabra al respecto aunque mirando a Travis con total desagrado por lo penoso de la situación. No lograba entender como, de entre las veinte mesas que debían seguir desocupadas en el local, los habían situado junto a nosotros. Y cuando digo junto, me refiero a junto. La distancia que me separaba de Travis era, por unos pocos centímetros, la misma que me apartaba de él.

No obstante, seguimos disfrutando de la comida mezclando el silencio con algún comentario que otro menos ofensivo, en general, y con un tono de voz más relajado.
Miré mi plato. Imaginé los trozos deformes de cerdo como fracciones de un gigantesco iceberg flotando en un mar de salsa agridulce chocando contra ballenas verdes, dignamente interpretadas por pequeños trozos de pimiento poco hecho. Dejé escapar una suave carcajada. Alguien también dejó escapar una leve carcajada.

Levanté la vista hacia mi lado izquierdo y allí estaba él, mirándome con sus ojos oscuros como el alga nori que enrolla el arroz del maki, y sonriendo como un estúpido. Yo también sonreí como un idiota mientras me percataba que en ese momento ambos estábamos solos: Cpt. Pescanova y Travis atacaban ahora la zona de los postres, debatiendo cual de los helados era mejor para combinar entre los tallarines tres delicias y la ternera con salsa de ostras; la chica que lo acompañaba a él había abandonado la mesa súbitamente para dirigirse a los servicios.

No era muy apuesto, la verdad, pero tenía un cierto aire intrigante que le concedía algo de atractivo. No me había quitado aún la vista de encima y eso me inquietaba sobremanera, aunque no fue nada comparado como cuando su mano se posó con descaro sobre la mía.
Mostré enfado por su desfachatez y por la vergüenza que podría provocarme que alguien nos sorprendiese en semejante situación, aunque por dentro sentía como si mis glóbulos rojos estuvieran deleitándose en primera fila con un espectáculo piro musical.
Entonces su dulce voz varonil susurró “Tienes una risa preciosa, ¿sabes?” a lo que yo arrojé “¡Cállate, idiota!” y volví a soltar otra carcajada, igual de suave y cálida que la anterior. Seguimos mirándonos fijamente, como si intentásemos memorizar cada detalle del otro y poder encerrar ese retrato mental en algún rincón de la cabeza. En un acto instintivo, totalmente impredecible, cogí con delicadeza mis cubiertos orientales y tomé un pequeño pedazo de cerdo bañado en salsa. Me lo acerqué a los labios y, después de soplar ligeramente sobre él, le di un beso lleno de ternura y se lo acerqué hasta su boca, que lo apresó dócilmente y lo masticó sin dejar de hacer suyos mis ojos.

¡Surprais!

Se giro rápidamente y mis cubiertos de madera se tropezaron con mis torpes dedos hasta caer al suelo. Volví para mirarle pero él contemplaba ahora a su acompañante, que regresaba nuevamente con un aspecto algo desmejorado y, ya frente a él, le revelaba que se encontraba algo mareada y parecía suplicarle por abandonar el local.
Él se levantó con presteza e ignorándome por completo, la rodeó con su brazo por la espalda y se dirigieron hacia la barra del restaurante con paso firme.
No me había recuperado aún de la rapidez con la que había sucedido todo cuando los contemplé tomando el pasillo que conducía al exterior del local. No lograba explicarme lo que había tenido lugar allí hacía tan solo unos minutos. Ahora, su brazo la cogía por la cintura y mis palillos chinos seguían en el suelo.
Entonces se giró un instante para comprobar que yo seguía con los ojos clavados en su nuca y, tras dedicarme una pequeña sonrisa, movió los labios diciendo algo, diciéndome algo, antes de abandonar el local.

Un trozo de pan chino golpeó mi cara compungida.
Cpt. Pescanova, que combinaba el bollo con un sorbete de limón, sonrió y lanzó otro pedazo de pan al torso de Travis, que se sentaba, nuevamente, a mi lado izquierdo. Habían vuelto a la mesa y ni siquiera me había enterado.
Travis alargó su cuello intentando comprobar, por encima mío, si la pareja seguía aún a nuestro lado y suspiró aliviado al ver el resultado. Me golpeó afectuosamente con el codo celebrando nuestra suerte al haberse marchado tan pronto.
Sí, que suerte” respondí en un tono que solo yo pude escuchar mientras recogía mis palillos chinos.

martes, 22 de septiembre de 2009

El nuevo mundo

No sería más tarde de las 05:20h. de la madrugada.

Había tenido una intensa y cansada jornada laboral de 15:00h. a 23:00h., la cual se había hecho más pesada de lo normal puesto que la noche anterior solo había dormido unas cuatro horas, más o menos.
Una vez acabado el turno, me había desplazado hasta casa para cenar y ducharme. Lo de cada día.

Llenado el estómago y relajado por el agua, no estaba verdaderamente animado a hacer algo más que no fuese dormir, no sin antes haber devorado unas quince páginas del apasionante “Harry Potter y el príncipe de Azkaban”, pero aún así me entretuve más de lo debido delante del teclado. Y pasaban las horas.
Para acompañar la noche como debía, añadí a las sombras nocturnas que merodeaban libres por el dormitorio, el tintineo del hielo flotante en un par de copas bien cargadas y el humo de algunos cigarros sazonados.
Me pesaba la cabeza y los párpados. Los dedos tecleaban y “clickaban” con una sorprendente inercia mientras mis manos parecían ser movidas cual extremidades de una marioneta. Hacía rato que había dejado de percibir la música que armonizaba la velada.
Siempre he pensado que no hay nada mejor que dormir cuando uno tiene sueño o se siente muy cansado, pero que es mejor aún cuando llevamos un poco más lejos nuestras fuerzas y nos agotamos algo más. Entonces caer rendido en la cama es algo prácticamente orgásmico, casi lascivo.
Y el momento, ya había llegado.

"...es algo prácticamente orgásmico, casi lascivo..."

Así que no sería más tarde de las 05:20h. de la madrugada cuando preparaba un par de capítulos de “The office”, mi serie de cabecera (necesito dormirme con la calidez de voces familiares de fondo), y apartaba la delgada colcha.
Me fascina el instante inaugural de deshacer mi cama que ha estado aguardándome durante todo el día, impasible e inalterable, sabiendo que, más tarde que temprano, mis huesos van a yacer sobre ella plácidamente. Mágico ritual, protocolario, me atrevería a decir.
Es algo así como destapar una helada botella de Coca-cola cuando el sol veraniego más pega.
O como abrir una bolsa de Lay’s Vinagreta mientras compruebas por televisión que tu equipo preferido acaba de saltar al terreno de juego.
O como desabrochar un sujetador negro de encaje después de haberte enredado los dedos en él de forma expresa.

Estaba retorciéndome entre sábanas, calidamente arropado y perdiendo irremediablemente de vista el horizonte de la conciencia. Cada vez me parecía más costoso seguir las voces de Steve Carell y Rainn Wilson y ya no digamos leer sus correspondientes subtítulos.
Me dormía. Y no pensaba poner impedimento alguno.

- ¿Qué duermes? – me sorprendía la voz de mi madre que asomaba un tercio de su cara por entre el marco de la puerta.
- Si – contesté abriendo un sólo parpado – ¿Sabes qué hora es?
- Las cuatro o así – respondió dando muestras de que no parecía preocuparle realmente en que franja horaria nos hallásemos.
- Las 05:30h. – contesté con cierto mal humor mientras se acercaba hasta quedarse a tres palmos de mi cara.
- Bueno, es igual. Oye, tú te acuerdas de la que hizo Rocky? – sí, no podía creer que hubiese entrado en mi habitación para preguntarme semejante nimiedad. ¿Acaso no podía esperar a mañana?
- ¿En serio me estás preguntando esto? ¿Has venido para… - pero no me dejó acabar.
- Si, ¡calla! ¿Tú te acuerdas o no de la que hacía de mujer de Rocky?
- Hombre pues si, me acuerdo de su cara, pero el nombre ahora mismo pues…
- Talía Shire.
- Eso, si. Creo que se llamaba Talia Shire. Si, la mítica "Adrian". ¿Y bien? ¿Sólo querías saber el nombre o… - pues aún no entendía bien que significaba todo aquello y menos aún porque no estaba durmiendo desde hacía unos minutos tal y como estaba proyectado.
- No, ¡calla! ¿A que no sabes de quién es familia? – preguntaba con los ojos iluminados y con cierta excitación.
- Pues de sus padres y de sus hijos. Yo que sé. Mama, quiero dormir.
- ¡De los Coppola! – revelaba como si acabase de descubrir una nueva especie animal y la mostrase a la prensa mundial. – De los Coppola, de Francis Ford Coppola, que es su hermana, y también de Nicholas Cage, que es su sobrino. Talia Rose Coppola, se llama. ¿Y sabes qué más? – porque al parecer, aún había más.
- …sorpréndeme… – dije con todo el desencanto del que disponía.
- Pues que hay unos Coppola que son una familia de mafiosos sicilianos, ladrones, matones y delincuentes en general. A ver si van a ser familia, ¿eh? – remataba mi madre derrochando curiosidad.
- Ah, pues vaya con los Coppola…
- Si, si. Que fuerte, ¿eh? – decía para si misma, aún absorta con sus recientes descubrimientos y dando pequeñas vueltas sobre su propio eje – Que fuerte, si… Pues eso. ¡Ala, buenas noches, hasta mañana!

Coppola durante el rodaje de "Apocalypse Now"

Y dándose la vuelta y moviendo la cabeza de arriba y abajo, desapareció de la habitación de la misma misteriosa manera que había irrumpido en ella.

No debí enseñarle a utilizar Google”, pensé.
Y caí rendido en un profundo y anhelado sueño.

domingo, 6 de septiembre de 2009

24

Hace no menos de siete días, llegué a la indiferente edad de veinticuatro años, evento que celebré rodeado de aquellos a los que uno siempre quiere tener cerca, a pesar de alguna que otra importante ausencia.

Eran aproximadamente las 05:27h. de la madrugada.
Me encontraba solo, sorprendido aún de que tantas personas se hubiesen tomado la molestia de pasar conmigo aquella noche. “Algo debes hacer bien”, me dije frotándome los brazos mientras una fresca corriente me producía un pequeño escalofrío. Las mesas del patio de la casa aún reflejaban signos inequívocos de una celebración. Restos de globos de colores, copas prácticamente vacías y algo de pastel en un plato de plástico rojo.
Andaba abstraído, recordando las caras de cada uno de los asistentes y recogiendo tres copas que horas atrás habían contenido dos refrescantes mojitos y un largo trago de cava, cuando, inconscientemente, me vi sorprendido por la estúpida cuestión sobre el uso de la edad.

¿Para qué coño sirve la edad?”, pensé transformando al unísono mi cara en una que parecía como si hubiese visto como alguien le cagaba en la cabeza a otro (es un símil para intentar expresar esa cara que ponemos a veces, o al menos así lo hago yo, cuando algo no nos cuadra, de acuerdo?).
Llevé los vasos al fregadero y me senté a liarme un cigar con toda mi atención volcada al tema de la edad.
La edad debe ser algo así como una etiqueta, un sello distintivo censurador, que limitará nuestras posibilidades y opciones a lo largo de nuestra vida, ¿no?" (Porque los que hablamos solos nos auto cuestionamos para así poder respondernos).

Jóvenes y ancianos unidos por una misma causa,
dejando de lado la barrera de la edad.

E inmediatamente me vino a la cabeza aquella ocasión en la que una chica se echó para atrás sobre algo sobrio como ir al cine juntos al descubrir que yo tenía tres años menos de los que ella imaginaba.
Si me encontraba interesante inicialmente, ¿qué cambiaba el hecho de que tuviese veinte años en lugar de veintitrés? ¿Acaso con tres años más ganaría en interés aunque ese margen temporal lo hubiese pasado jugando al Guitar Hero? ¿Por qué no me decía claramente que la película que había elegido para ir a ver le parecía una mierda?
También recordé una noche en la que, faltando un mes para cumplir los dieciocho años, me denegaron una compra de whisky, concretamente mi fiel amigo Jack Daniel’s. Recuerdo incluso la cara de menosprecio que puso el cajero del establecimiento, cara que, un mes más tarde, se hubiese tornado en una expresión de falso buen rollo con sonrisa de “vuelva, por favor” incluida.
¿Realmente iba a madurar lo suficiente como persona en un mes como para poder tomar alcohol sin esconderme? ¿Será que las chorradas que hubiese hecho esa noche producto del alcohol no las hago hoy, seis años después?
De igual modo, y por no ponerme a mi mismo como continuo ejemplo, pensaba en mi padre y en su estatus de parado. ¿Cuántas eran las veces en que la única pega para encontrar trabajo había sido su edad?
¿No se supone que la experiencia es un grado muy importante? ¿Es lógico desechar a una persona porque tiene supuestamente demasiada edad para un puesto aunque sobre de experiencia para, en cambio, contratar alguien joven carente de muchos conocimientos sobre la materia?

No lograba entenderme ni ponerme de acuerdo.
Así que imaginé un caso más rocambolesco.
Imaginé un joven y comprometido Obama. Si, si, soy consciente que esta entrada se acaba de ir a la mierda haciendo uso del vocablo “comprometido” y nombrando a Don Barack, pero supongo que nadie esperaba que acabase tomándome en serio lo que había empezado, ¿no?
Pues, como decía, imaginé a un young Barack subido a una caja de fruta vacía, rodeado y jaleado por una muchedumbre afro americana que aplaude cada una de sus palabras progresistas en busca de la igualdad racial. Pancartas, consignas e incluso canciones en pro de la raza negra tiñen a lo largo y ancho las calles de Detroit, por ejemplo. Durante un momento en que Barack toma aire y fuerzas para volver a arremeter contra la represión blanca, un nigger, que había bajado a tirar la basura y se apunta al mogollón, tiene la maravillosa idea de preguntarle al chaval por su edad. “Dieciséis años, señor”, contesta orgulloso Barack, “recién los cumplí, hace un par de semanas tan solo”. El hombre curioso se gira decepcionado y exclama “No le hagáis caso: está en la edad del pavo”. Y en cuestión de segundos, el gentío se evapora en busca de Kentucky’s donde devorar alitas de pollo mientras el joven Obama se sienta sobre la caja de fruta vacía y da un sonoro puntapié a uno de los carteles que luce el lema “¡Queremos un presidente negro!

...

Como comprobaba, a medida que me venían a la cabeza más casos relacionados con la edad (a excepción de éste último), buena parte de ellos chocaban directamente con la mayoría de edad, regulada mediante Real Decreto-ley 33/1978, de 16 de noviembre. Cavilé sobre si generalizar la mayoría de edad no era un error, sobre si no sería más eficaz certificar el paso a la edad adulta de forma individualizada. ¿Cómo? No se, supongo que mediante exámenes psicológicos o mierdas por el estilo.
Porque los hay que, aún teniendo los dieciocho, no deberían coger un coche en su vida para seguridad del viandante. O también los hay (aunque en menor cantidad por desgracia) que, para su prematura edad, podrían dedicarse a reeducar a sus padres sobre temas como el alcoholismo o la violencia de género.

¡Buff, que complejo!”, exhalé.
El tema se me iba de las manos, era demasiado extenso como para que pudiera abarcarlo con tan poco papel a mano.
Me lié otro cigar con el último papel disponible. Mientras lo degustaba con calma, di un par de vueltas más al asunto de la edad sin sacar nada en claro excepto algo en lo que estaba de acuerdo.
Tener un año de más me servía de bien poco, seguía pensando las mismas tonterías que de crío.