jueves, 27 de agosto de 2009

El otro

Apagué el cigarro lanzándolo contra una pequeña farola que empezaba a poblarse de polillas. Adiviné los faros de su vehículo en la lejanía y no quería que me viese fumando después de tanto tiempo sin saber de nosotros. También escupí algo de saliva y me froté las manos contra el pantalón.

La hora azul permitía que aún no nos encontrásemos bajo la oscuridad de una noche en la que no iba a brillar la luna. No había muchos transeúntes deambulando en esos instantes por las calles colindantes a esta. Zona residencial, calma garantizada.
La acera aún no se había secado del todo de una ligera e inútil lluvia que aún así agradecía en mi interior. Y los faros ya me alumbraban por completo.

Aparcó con gracia y en cuestión de un par de movimientos rápidos, ya se encontraba fuera del coche asegurándose de estuviese cerrado. Antes de pudiese girarse para reconocerme, mis brazos rodeaban buena parte de su cuerpo. Ella reconoció el abrazo e hizo lo posible para que permaneciésemos de esa manera durante unos 47 segundos.

El silencio y la calma que nos acompañaban frágilmente se quebraron ante el fantasma de tres palabras que preferiría no haber oído nunca.
- Estoy con alguien – dijo.

El calor del abrazo, que unos segundos atrás abrasaba la yema de mis dedos, se diluía hasta confundirse con el clima de la tarde.
Me separé de ella lentamente, como si fuese a desvanecerse para siempre y quisiera captar mejor ese momento. Se giró y fijó la vista en el suelo. No quería mirarme a los ojos, o no quería que yo viese los suyos.
No conseguía creer lo que acababa de decir. Me repetía las palabras malditas una y otra vez como si no lograse entender el significado de la oración que componían conjuntamente. Se me hizo un nudo en el estomago y sentí un leve sofoco seguido de un mareo. Creo que incluso me entraron ganas de vomitar.

Con esta premisa inicial todo había cambiado.
Todo aquello que mi mente había construido ilusionado la noche anterior, se derrumbaba con una facilidad asombrosa.
Seguía inmerso en lo increíble que me resultaba que, en tan poco tiempo separados, ya hubiese conocido a alguien cuando reparé en que sus ojos seguían clavados en el húmedo asfalto. No sabía qué decir y mucho menos aún qué hacer. Tan sólo fui capaz de coger suavemente su mejilla y alzarla con delicadeza hasta que sus ojos coincidieron con los míos.
- Tus ojos… siguen igual de bonitos – dije mientras intentaba descifrar porque había querido que nos reuniésemos.

No me cuadraba.
No la creía tan malvada como para querer verme tan sólo para decirme que estaba con otra persona.
Temblaba, motivo por el cual le pregunté si tenía frío, si se encontraba bien. Dijo que estaba muy nerviosa y, para mi asombro, empezó a decir todo lo que estaba guardando para la ocasión.
- Lo siento. Sé que esto es una mierda pero tenía que decírtelo antes de seguir. Pero este no es el único motivo por el que quería verte.

Y sin saberlo, estaba a unos segundos de escuchar algo que no podía esperar.

- Lo cierto es… que aún sigo acordándome de ti, pensando en ti. Aún… te quiero - dijo intentando calmarse.

Lo dicho: no me lo esperaba. Sentí por un momento que quizá no todo estaba perdido. Además, mi sencilla mente de hombre simple se cuestionaba dónde estaba el problema.
Pero supongo que ahí radica la belleza de la mente humana, en nuestro empeño por complicarnos la vida con lo complicad que ya es de por sí.

Hubo un silencio aunque tampoco era necesario decir mucho más.
Asqueado, con regusto a humo, la miré nuevamente. Permanecía inmóvil ante mí después de haberse desahogado, como esperando una respuesta aunque ya la conociese.
Su vestido gris empezaba a desdibujarse con el cielo azul, cada vez más oscuro. Estaba realmente preciosa pero no se lo dije.

La acera aún no se había secado del todo de una ligera e inútil lluvia
que aún así agradecía en mi interior


- Así que, supongo que…
Pero antes de poder terminar, se abalanzó sobre mí en un nuevo y más sentido abrazo. Mis brazos la sostenían firme aunque delicadamente. Volví a sentir ese calor difícilmente comparable a cualquier otra sensación de bienestar y noté como ninguno quería separarse del otro. Estaba completamente desenfocado, pensando en cuanto deseaba poder abrazarla así cada día cuando una pequeña gota salada humedeció mi cuello.
Sin separarme del todo, alcé la vista y le emborroné con el pulgar derecho una nueva lágrima que se deslizaba por la mejilla.
¡Fíjate, hasta llorando estás bonita! – dije con un tono más distendido para que se relajase.

Sonrió con los ojos aún mojados negando dulcemente con la cabeza. Se puso de puntillas, me susurró “…qué bueno eres…” y me besó en la frente.

Segundos después, mi mano izquierda se despedía imprecisa mientras se alejaba con su vehículo con la misma velocidad que había venido.
Aún tenía la mano suspendida cuando caí en la cuenta que el coche llevaba un rato fuera de mi alcance visual aunque yo seguía mirando por el callejón por el que había torcido.
Baje la mano como si fuera de plomo y di la vuelta. Busqué un cigarrillo y lo prendí con calma mientras la noche se me echaba encima. Pisé un charco, me dio igual.
De camino a casa, pensaba sobre lo sucedido pero de una forma totalmente despejada, sin atascos, como si fuese un espectador y no aquel al que le estaba ocurriendo.
Entonces, desde esta aventajada perspectiva, lo vi claro, me di cuenta.

Me había convertido en el otro.