martes, 7 de abril de 2009

La llamada mierder

No mentiré. No seré tan hipócrita de decir que estaba llevando a cabo algo medianamente importante o interesante cuando me llamaron. Bueno, ni esa, ni el resto de las veces.

Y últimamente, desconozco si será debido a ese efecto negativo al que ya empiezo a tener cierta tirria porque es lo primero que le sale a todo el mundo por la boca, la “crisis”, están bastante pesados.
La primera vez que recibí una de las llamadas creo que estaba rascándome la huevada (tan soez como crudo y real) o jugando al Guitar, o creo que practicaba ambas aficiones at the same time. Serían cerca de las 19:00 de la tarde y, a esas horas y si la cosa va bien, apostaría mi pierna derecha a que me hallaba algo high.
Sin más, sonó el teléfono fijo. 

Lo cierto es que prácticamente no utilizamos esa línea excepto por la lánguida conexión de Adsl, por lo que hay tantas persona que conozcan el número de este teléfono fijo como dedos tengo en la mano. Es decir, que ese teléfono no acostumbra a sonar. Incluso cuando lo hacía alguna vez al poco de instalarlo, nos reuníamos todos los miembros de la familia alrededor de éste rebosantes de ilusión e ingenuidad si recibía una llamada como niños en la noche reyes.
Pausé la partida, no sin cierto resquemor al comprobar que el resto de habitantes ignoraba el escandaloso timbre telefónico, y descolgué expectante.


Aquí podéis verme yendo a atender la llamada
algo molesto por la interrumpción de mis quehaceres.

“Hola, buenas tardes. Soy Soraya y le llamamos desde Orange para ofreserle la nueva oferta que estamos promosionando. ¿Podría desirme su nombre, por favor, para dirigirme a usted?” recitaba de carrerilla una sensual voz con marcado acento latino.
Aun no había conseguido analizar lo que acababa de decirme cuando le revelé, como si de un secreto ajeno se tratase, mi nombre y añadí que, por favor, no me llamara de usted, pues haría que me echara a llorar. Se rió. Pero no pude ver su cara para comprobar su grado de sinceridad en aquella sonora carcajada.
Soraya, a la que empezaba a idealizar basándome en mi canon de belleza femenino, volvió a la carga preguntándome si disponía de conexión Adsl y, de ser así, si podía confesarle la compañía de la cual era abonado. 
Tan solo dije un “Sí, bueno…” a lo que ella contestó arremetiendo con nuevas conexiones de velocidades desorbitadas, cifras irrisorias en las facturas y ventajas y privilegios dignos de un jodido rey.
No sabía cómo pararle los pies y el estado en que me hallaba tampoco ayudaba mucho. Intenté, juro por “Dürüm”* que lo intenté, atajarla, zanjar su verborrea, pero bastante tenía con intentar seguir todas y cada una de las palabras que salían de su ametralladora bucal (…) y poner en orden mis propios vocablos, como para armar una digna y única oración con la que quitarme ese puto muerto de encima y poder volver presto a tontear con mi guitarra de plástico.

No. Está claro que no me interesaba la oferta y no porque no fuese lo suficiente jugosa y atractiva. El problema estaba en la desgana y apatía que supone el mero hecho de pensar en cambiar de compañía telefónica.
Pero no encontraba la manera de largarle un “no” rotundo sin sentirme mal. Y en ese preciso instante fui consciente de mi error, en lo gilipollas que es este estúpido y descreído necio de la vida.


Estaba claro que Soraya y yo teníamos 
un grave problema de comunicación.

¿Porque me iba a sentir mal diciéndole que no y punto?
¿Porque no era capaz de cortarle en seco con un “…perdone señorita pero no me interesa…” y volver a mis cosas (de mierda) sin más?
¿Yendo más lejos y para los más extremistas, porque no colgaba simple y llanamente el teléfono? Bueno, cabe decir que esto último hubiera comportado como consecuencia unas tres llamadas más de Soraya a mi domicilio que habrían sido igualmente repudiadas.
¿Qué me obstaculizaba a actuar así con ella? Con una persona a la que ninguno de los dos reconocería si ambos nos cruzásemos por la calle, situación, por cierto, arropada bajo una probabilidad ínfima de darse.
Mientras cavilaba todas y cada una de estas dudas, dejé por unos segundos el teléfono reposando sobre la mesa del escritorio mientras Soraya sacaba a relucir las muchas virtudes de la empresa que le paga y los incontables defectos de aquella a la que yo pago religiosamente, y me fui a mear.

Y después fui a por un vaso bien frio de refreshcante y sabrosa Coca-cola. Ah, creo que también pasé por mi habitación, acabé de tocar la canción que tenía pendiente, me curré un canuto, me lo fumé a cara Khan y miré la hora por curiosidad. Si, algo así hice. Creo que incluso algo más pero no estoy seguro.
Lo que sí que recordé, cierto tiempo después, fue que tenía algo, o más bien alguien, un poco abandonado, concretamente en el teléfono. Pasada media hora desde que había ido a descargar orín, volví a comprobar el estado de la llamada.
El interfono seguía exactamente como lo había abandonado. Me recordaba esos anuncios de mierda de “Él no lo haría”. Por si alguien está hoy un poco espeso, el interfono vendría a ser el can. 
Me acerqué tímidamente, como si pudiera verme y fuese a echarme una severa bronca por dejarla totalmente colgada hablando con un escritorio de nogal.
Acerqué la oreja al teléfono. Silencio. Deduje que se habría cansado de hablar o que habría muerto. Me daba igual. 
El cigarro que acababa de fumarme hizo que olvidara toda esa mierda cuando vi a uno de los gatos, que campa a sus anchas por mi domicilio, pasearse por delante de mí y, sin previo aviso, tumbarse en el suelo dando una pequeña cabriola lateral.
“¡Que gracioso, el jodío!” pensé. 

Colgué el teléfono y me fui a tocar “The wind cries Mary”.


Entrada dedicada a los ciegos que se
pillaba este señor.



*”Dürüm” el legendario dios Kebab. Léase la entrada titulada
"Sopa de Pepino III producciones en colaboración con elExgordodelvideoclub presentan: Ritos funerarios regionales Vol. II. La tradición hindú: "Muerte por kebab".

miércoles, 1 de abril de 2009

Poner la otra mejilla


"Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. 
Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, 
al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra. 
Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, 
déjale también el manto; 
y al que te obligue a andar una milla vete con él dos". (Mt. 5, 38)

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No tienen ni idea. Hablan sin conocimiento de causa, tan solo para meter más cizaña y más mal rollo.

Nadie estuvo allí, bonita, y por tanto, ninguno de ellos sabe que pasó realmente.
Desconocen si fuiste tú quien le provocaste poniéndote un vestido que a él no le apetecía verte llevar esa noche o amenazándole con dejarlo si no cambiaba, si no abandonaba las malas compañías que frecuenta y que lo llevan por el mal camino invitándole a droguitas en clubs de alterne a altas horas de la madrugada.
¿Has pensado que quizá debas ser tú la que se adapte a su modo de vida y dejarle que lo pase bien con sus amigotes más a menudo? Si en el fondo tan solo es un muchacho con ganas de correrse alguna juerga ya que cree que contigo las noches desenfrenadas van a cesar. Además, no querrás que él te vea como a su madre en lugar de como a su amada, ¿cierto?


Love. Passion. Enema.


Tampoco entienden lo mucho que lo quieres y que él te quiere a pesar sus deslices. Y lo detallista, atento y romántico que es contigo cuando te susurra al oído cositas como “Te quiero tanto que te mataría”, “O tus amigas o yo” o “Ten en cuenta esto: si no eres para mí, para nadie” mientras te colma de cadenas, collares y vestidos.
Lo que sucede es que él se desvive por ti, ¿verdad? Le gusta tenerte cerca suyo y saber donde estás y que haces en cada momento tan solo porque lleva bastante mal eso de pasar un solo segundo sin ti, ¿me equivoco?

Y la gente que habla y habla y habla… 
No se han parado a pensar que quizá fue tu preciosa carita de ébano la que golpeó contra su duro puño cerrado para llamar la atención y conseguir así que estuviera más pendiente de ti en lugar de por esa chica con la que lo viste coquetear la otra noche tras el concierto. Probablemente deberías arreglarte un poco más para él y no dejarte tanto, si no, ¿cómo no va a fijarse en otras?

No obstante, creo que has optado por la mejor opción tras ver lo arrepentido que estaba, ¿me escuchas? Creo que retirar la demanda y perdonarle era lo menos que podrías hacer sabiendo cuanto le habrá dolido el haberte regalado esos moratones, chica. Me juego cualquier cosa que él lo ha pasado mucho peor que tu. ¡Si eres la niña de sus ojos!
Y además te ha prometido que nunca volverá a ponerte la mano encima ni a alzarte la voz aunque estalle de furia. Ignora a aquellos que te digan “Si lo ha hecho una vez, puede volverlo a hacer” y aférrate a la posibilidad de que cambie por ti, pues viendo como te mira, no dudes en que lo hará.
¿Quién sabe? ¡Incluso si mantienes los ojos cerrados durante unos años podrías aumentar vuestra familia y afianzar más aún vuestra felicidad!


Si solo con mirarle a los ojitos ya me entran ganas de
darle una de hostiejas...


Sé fuerte. Quiero hacerte saber que puedes contar conmigo y con mi apoyo para lo que necesites.

(Dedicado a mi amiga Rihanna, la mejor cantante del mundo