lunes, 30 de noviembre de 2009

El difunto

Después de todo, quizá no era tan mal compañero.
Supongo que es como todo en esta vida: nunca aprecias lo que tienes hasta que lo pierdes.

Después de todo, quizá no era tan mal compañero.
A pesar de que no diera ni golpe. Bien, se podría decir, siendo honesto, que trabajaba un "poquito". El problema es que ni ese "poquito" era capaz de hacerlo bien.
En lugar de echarme un cable, me daba aún más trabajo al tener que supervisar y corregir todas y cada una de sus cuantiosas cagadas. Tenía un don en ese aspecto. Cuanto más liado me encontraba yo, más caos provocaba mientras lucía una cara de no saber bien donde se encontraba en ese momento. En ningún momento, para ser exactos.
A excepción de ese "poquito", pasaba tanto tiempo sin hacer nada productivo que nunca entendí como no llegaba a aburrirse. Se pasaba horas mirando la pantalla del ordenador (o más bien, el salvapantallas) o las, hasta ahora, blancas paredes de nuestra zona de trabajo. Sin pestañear. Y si pestañeaba era para echar una larga cabezada (aunque él afirmaba no dormir más de un par de horas diarias).
Lo más divertido del caso sucedía cuando, al finalizar un turno en el que prácticamente no había dado golpe, comentaba lo cansado que se encontraba por la faena que habíamos tenido.

Aunque, después de todo, quizá no era tan mal compañero.
A pesar de que no tenía ni idea de lo que hacía. Aún aventajándome por tres años de antigüedad.
Su inseguridad y su falta de memoria eran tales, que era capaz de preguntarte sobre algo que acababas de explicarle cinco minutos antes. Pero evolucionaba ante las caras de sus desperados compañeros y tomaba nota de todo aquello que desconocía (y conocía) en breves apuntes. Apuntes que perdía al acabar el turno.
Nunca antes había conocido a alguien con la "habilidad" (seguramente muy útil en según que casos) de desaprender.

"Welcome"

Aunque, después de todo, quizá no era tan mal compañero.
A pesar de su alarmante y descarada falta de compañerismo. Increiblemente hábil para pasarte un marrón, era capaz de negarte un cambio de turno incluso sin haber mencionado el día a cambiar en cuestión. Cumplía además a la perfección uno de los mandamientos del trabajador mediocre español: último en llegar, primero en irse.
No importaba cuan jodidos se hallasen o no sus compañeros. Él siempre tenía una cita (boda, comunión, entierro, comida de invitados, conferencia...) esperándolo.
Sólo se ofrecía a echar una mano cuando una tarea estaba a un 5% de ser finalizada. Al menos se ofrecía, supongo.

Aunque, después de todo, quizá no era tan mal compañero.
A pesar de que sus contínuos intentos de distracción ajena. Aumentaba el volúmen de la radio cuando intentabas leer; te devolvía todas aquellas llamadas que no acertaba a resolver (un 70%); alzaba demasiado la voz cuando intentabas tratar con un cliente a través del teléfono y desenfundaba conversaciones (del más aburrido silencio) que no venían al caso ni llevaban un rumbo determinado mientras intentabas redactar un informe.
No recuerdo haber ignorado nunca tanto (en cuanto a cantidad y a calidad, es decir, en cuanto a duración y nivel de indiferencia) a una persona. Aún a día de hoy no logro comprender como alguien no es capaz de percatarse de semejante actitud de rachazo.

Aunque, después de todo, quizá no era tan mal compañero.
A pesar de padecer un claro y agudo caso patológico de "pseudología fantástica". Nueve de cada diez anécdotas con las que obsequiaba forzosamente al personal, eran pura invención que mutaban (casi siempre con tendencia creciente) en cada ocasión que las narraba. Y, para colmo, es necesario añadir su ausencia total de memoria. Uno podía encontrar diferencias entre una misma anécdota cuando él olvidaba que ya la conocías, es decir, unos cuatro días después.
Lo cierto es que veo alejarse uno de mis más recurridos temas de conversación: sus historietas.
Quedarán para la posteridad grandes éxitos de ayer y de hoy como "Maradona & me", "El crack de la gimnásia artística", "El crucero de lujo", "El pellizco de las tailandesas" o "Pepe, the great bohemian", pequeños relatos que nosotros, los profetas, nos encargaremos de transmitir a través de generaciones hasta el fin de los días.

...'cos your imagination will be always with you"

Es por todo esto por lo que nunca lograremos olvidarte.
En el sentido más estricto de la oración.

martes, 24 de noviembre de 2009

Miedo

Hace un par de domingos acompañé, en un acto desinteresado y que, por tanto, me honra, a mi madre, mi hermana y mi señora abuela a un mercadillo. Con todo lo que eso conlleva.
Partamos de la base de que siento cierto pánico a las aglomeraciones, las ventas ambulantes, los "regateadores", la gente que grita en la calle y, sobretodo, las personas de raza o étnia gitana. No es que mi intención sea la de dar pie a una entrada racista, pero no me negarán, amig@s lector@s (digo "amig@s" por que en este caso me interesa el apoyo del lector. Gracias.), que los mercadillos ambulantes estan monopolizados por simpáticos gitanos.

Mientras paseaba por allí, a modo de ejemplo gráfico y testimonial, pude comprobar que tres de cada cinco "stands" estaban ocupados por gitanos (vendiendo desde lencería "fina" hasta chaquetones de plumón) mientras que los otros dos eran ocupados por personas de origen sudamericano (a elegir por el lector@ de entre países desde Guatemala a Argentina o Chile, y que suelen ofrecer a precios relativamente baratos collares y pendientes artesanales, incienso hipnotizante que te adhiere a la parada hasta adquirir un par de paquetes, y tapices variados de colores armoniosos con las estampas de Bruce Lee, Michael Jackson o cabezas de lobos mirando a una luna llena) y personas de raza negra o negros (los cuales economizan gastos al disponer de una sencilla sábana como mostrador).
Mi primera pregunta es: ¿existe una mafia gitana que acaudilla dichos mercadillos?
¿Qué coste deberemos desembolsar al capo, o al patriarca en su defecto, si nuestra intención es montar una parada para vender, por ejemplo, figuras de porcelana de Lladró?
¿Rechazan a otras culturas como, por ejemplo, a la asiática?
¿Alguien a visto alguna vez a un natural de China ni aunque sea paseando por un mercadillo?
¿O quizá los mercadillos no son mas que un plan de la Administración para controlar el libre comercio-chanchullo que buena parte de la raza gitana suele practicar para perpetuar la tradición de su cultura?
¿En este caso, es consciente la Administración del alto nivel de contaminación acústica provocado por las desgarradoras voces de los vendedores gitanos, muchos de ellos cantaores frustrados?

Y yo que pensaba que todos los "tirados" (gitanos)
eran así de molones.

Durante mi paseo también confirmé lo que sospechaba media hora antes de dirigirme al mercadillo: no iba a encontrar nada que comprar para mí.
La razón de esto se debe, básicamente, a dos motivos tan sencillos como rápidos de detallar.
En primer lugar, por la aplastante cantidad de paradas dedicadas a la mujer, que sepultan a las pocas dedicadas al sexo opuesto. Curioso contraste el de un mercadillo feminista con una más que probable alta cifra de vendedores gitanos machistas.
Y, en segundo lugar, digamos que las pocas paradas dedicadas a la vestimenta masculina suelen ofrecer prendas de un estilo, algo así como, "rapero-killo". No encontraremos camiseta, polo, chaqueta, jersey o sudadera con alguna palabra grafiteada (en inglés, of course) a modo de "bonito" estampado.

Pero eso no es lo peor de todo para este ignorante ermitaño.
Lo que realmente me asusta es comprobar el género por aburrimiento (que emerge después de más de veinte minutos viendo lo mismo una y otra vez) y que una señora gitana, de unos 55 años para adelante y que luce un pañuelo rojo en la cabeza, insista en que me lleve dicha prenda aunque mi cuerpo no pueda encajar en ella ni rejuveneciéndome quince años.
Me da miedo que se acerque sin avisar; me da miedo que me grite aunque sea "¡Cariño!"; me da miedo la familiaridad con la que me tratan; me da miedo que insista hasta llegar a hacerme sentir mal; y me provoca un terror espantoso tener que decirle "No, gracias, solo estaba mirando."
Porque esos en esos segundos cuando, mientras procesa lentamente mi respuesta, empiezo a escuchar en mi cabeza los primeros acordes de una versión en directo de "Big Love" de los Fleetwood Mac* y mi frente empieza a empaparse en sudor y mis manos a temblar, al comprobar que sus ojos se han clavado en los míos, aunque solo sea por medio segundo.
El pánico ha invadido mi cuerpo y me entran ganas de comprarle toda el jodida muestrario mientras no me eche una maldición gitana, popularmente conocida como "mal de ojo".

Creando estilo: ante ustedes el irreverente emo-amish.

Una semana después de mi visita (anual) al mercadillo, empezaba a dejar de tener pesadillas con las mierdas estas de los "males de ojo" y a salir a la calle para algo más que trabajar.
Andaba por mi habitación, pensando en una entrada para el blog sobre algo que hablara de gitanos, mercadillos y "males de ojo", cuando oí la cerradura de la puerta de mi casa, señal inequívoca de que mis padres habían vuelto. Siendo domingo a mediodía solo podían venir de un sitio: del mercadillo.
Volvieron a reproducirse en mi cabeza los mismos primeros acordes de una versión en directo de "Big Love" de los Fleetwood Mac* y mi frente comenzó a empaparse en sudor y mis manos a temblar nuevamente.

- ¡¡¡Nene!!! - porque mi madre, cuando requiere tu atención o llega a casa utiliza, este bello grito de guerra cual mujer espartana.
- ¿Si? - pregunté acercandome por el pasillo con paso cauto.
- ¡Mira lo que te he traído! - decía alegremente mientras desplegaba un polo bastante majo rayado en negro y blanco.
"No está mal pensé", pensé.

Y sí, es cierto, no está mal. Incluso es algo chulo, se podría decir.
No obstante, solo me lo he probado una vez.
Primero por miedo a que esconda un "mal de ojo". ¿Alguien se ha asegurado de que no puedan trasnmitirse a través de una mezcla de lana y acrílico?
Y segundo, por un motivo que ya he nombrado antes: no podría encajar en él ni rejuveneciéndome quince años.


*Anda, para que luego digáis que no os lo pongo a huevo: http://www.youtube.com/watch?v=naAWX6OsHVI

miércoles, 11 de noviembre de 2009

A beautiful mind (Una mente maravillosa)

Once minutos después de haberme sentado dispuesto a cumplir con una nueva jornada laboral nocturna y tras un silencio prolongado de la misma duración, me espeta relamiéndose el perfilado y blanquecino bigote, levemente mojado por un cortado con sacarina, que desde Pujol que nunca había visto a un líder como Artur Mas.
Milita en Ciu desde hace un porrón de años y no esconde su ilusión ante una, según él, más que posible victoria en las próximas autonómicas. Se crece y añade que ganarán con mayoría absoluta.

La política nunca me ha despertado un especial interés. Aunque esta noche me siento algo travieso. Y le doy cuerda.
Le pregunto si quiere comprar mi voto vendiéndome barato; me conformo con unos doscientos gramos de "Critical mass". Después de explicarle que es un tipo de marihuana, le pregunto sobre la política de Artur Mas en cuanto a la legalización de la santa hierba. Comenta que no cree que el actual líder de CiU esté mucho a favor de tal ideología aunque él acaba confesándome que no le parece del todo mal. Añade que, con medida y sin abuso, uno puede tener algún que otro vicio.
Yo mismo” arranca para mi personal deleite, “muchos domingos por la tarde, mientras dan por la tele eso que van anunciando los resultados de fútbol, me pongo en un vaso de tubo un chorrito de ron” e indica con el pulgar y el índice una cantidad minúscula debido a sus problemas de salud con el azúcar, “pero no un ron cualquiera, eh? Un ron especial, posiblemente el mejor del mundo, de unos veinte o veinticinco años que compré en Costa Rica. Le pongo un par de cubitos de hielo y lo acabo de llenar con Coca-cola Zero-zero (o 0.0, no estoy seguro). Y entonces, con el cubatita hecho me pongo a leer varios periódicos de todo el mundo, como “El Clarín”, para comparar y sacar conclusiones”.
Ladeo la cabeza agarrándome con fuerza la bolsa escrotal para ahogar una profunda risa que intenta emerger de mi garganta.
O por ejemplo, los domingos, cuando hago la paella semanal me gusta disfrutar con mi señora un buen vino, un… un Enrique VIII. ¡Cuidado, en una copa alta y ancha para saborearlo como se merece!

Enrique VIII y su legendaria imitación de Elvis.

Hace una pequeña pausa, pasa un par de páginas del periódico del día y su mirada se pierde entre la sección de sucesos recordando el sabor de ese buen vino.
Considero que aún no me ha entretenido lo suficiente, así que le pincho un poco, solo un poco, y le digo que hay vicios que aunque se abuse, son incluso beneficiosos, como la practica del sexo, pero lo confunde con ninfomanía y vuelve por sus fueros.
Hombre, yo no soy intolerante con los homosexuales o los homosexuales… o los bizerre (?) …pero hay cosas que no… Hay gente enferma que está todo el día ahí, dándole como animales. Yo tenía un compañero hace años en una fábrica de carne que fichaba varias veces al día para irse al lavabo a cascársela. Lo menos lo hacia unas seis o siete veces.

Compruebo que, al igual que una tragaperras, se ha ido calentando. Llega el momento del “Jackpot”.
Conocedor de su debilidad, desvío un poco el tema y le pregunto sobre su cargo como Teniente de Alcalde de un pueblo de no más de trescientos habitantes y las obligaciones que esto conlleva. Se hincha como un balón de playa. Solo le falta botar.
Pues fíjate, estoy habilitado a elegir los días de fiesta mayor. Y también puedo escoger uno de esos días y ponerlo como festivo cuando me apetezca, como si quiero ponerlo el día veintisiete de agosto”.
Me encanta”, pienso embobado para mis adentros sin concederme demasiado tiempo pues no da tregua alguna y sigue cargando, sacando a relucir parte de la artillería pesada de que dispone.
Y otra de las ventajas que tengo (?) es la de poder nombrar al hijo predilecto del pueblo”.
Cuando me sorprendo al descubrir que no es él sino otro el que ostenta semejante título honorífico, añade que, evidentemente, se lo hubiesen otorgado a él de no haberlo concedido al otro. No especifica los motivos que determinan tal elección.

Hombre, es que tienes que tener en cuenta que yo soy un miembro histórico del partido. Mira, no te digo más, en las últimas municipales” prosigue mientras el miedo empieza a crecer en mi, “me pincharon el teléfono y nos pusieron a un hombre para seguirnos y vigilarnos por unas amenazas a mi compañero de partido”.
Se calla nuevamente y vuelve a prestar atención al diario que casi tenía olvidado. Sospecho que se ha percatado de que ha ido demasiado lejos. El silencio recupera lentamente su lugar.
Lo he perdido,” me lamento, “no he sabido jugar bien mis cartas”.

Pregunta: ¿Se considera el pene de Adolf Emo Hitler como miembro histórico?

Noventa y siete minutos después de haberme sentado dispuesto a cumplir con una nueva jornada laboral nocturna y tras haber mantenido una distendida charla con mi compañero, dirijo mi vista hacia la pantalla del ordenador. Apesadumbrado, tecleo con desgana un puñado de palabras y algún que otro número. La magia hace rato que se ha evaporado.
Entre la sepulcral quietud percibo las páginas del periódico del que, supongo, debe estar sacando conclusiones.
Para mi sorpresa, su voz vuelve a quebrar la calma.
“¡Ostia, que buena está la Beyonce esta! ¡Me la follaría aquí mismo!” y añade relamiéndose el perfilado y blanquecino bigote nuevamente “¡Esta en la cama tiene que ser la traca!

Y una pícara sonrisa vuelve a dibujarse en mis labios.

lunes, 2 de noviembre de 2009

There's something about Paloma

"La ruleta de la suerte", presentado actualmente por el ex-Míster España (...) y ex-baloncestista Jorge Fernández y que se emite diariamente en Antena3, es un concurso-show en el que tres concursantes intentan descifrar un mensaje criptográfico mediante ordenados turnos y siempre bajo el yugo de la ya mencionada ruleta, que determinará cuanta pasta recibiremos por letra descubierta. Tras varios mensajes descifrados, o, tal y como se conoce en el submundo televisivo, "paneles", aquel participante que haya acumulado mayor fortuna tendrá la posibilidad de enfrentarse a un último "panel" que esconderá una cantidad considerable de panoja o, algunos juran haber sido testigos, un coche (bastante mierder, por cierto).
Evidentemente, este último mensaje a acertar será realmente jodido, en ocasiones algo abstracto incluso.

El programa, que antaño presentarían genios incomprendidos del humor como Bigote Arrocet, Fernando Esteso (...) o Goyo González, juega con la complicidad del público (que anima tanto o más que la afición del Besiktas turco en una tarde de derby) y la participación ilimitada de los concursantes. Esto es, dicho de otra manera, que los tres concursantes podrán no solo limitarse a ganar algún dinerillo para reformar la cocina sino también dejar huella en el programa (o en la televisión contemporánea incluso) mostrando su -calificativo a escoger por el lector- nivel cultural e intelectual o haciéndose notar de forma deliberada.
No obstante, el presentador Jorge Fernández, director jovial de la función, podrá, con total impunidad, interactuar con estos, dejándolos en el más completo ridículo o deleitándoles con algún que otro chascarrillo picantón nivel "anciano-de-bar-carajillo-en-mano".

"Pues mire... Me parece que voy a deresolveir"

En lo concerniente al juego en si, cabe decir que no nos haremos precisamente ricos mediante los premios de entre los que se aspira si nuestra intención es esa, puesto que "La ruleta de la suerte" es un concurso amigo, en el que pasar un rato distendido y echarse unas risas (o así nos lo quieren vender). Baste decir que perderemos nuestros €uros acumulados en varias ocasiones (es acojonante la de veces que los concursantes caen en la casilla de "Quiebra" hasta tal punto que sospecho que algún tipo de mecanismo imantado provoca tal situación) o que los paneles finales se convierten en una autentica hazaña, más aún si una de las letras que nos proporcionan como ayuda extra es una "X". A modo de ejemplo, en una ocasión el ingenuo concursante se disponía a descifrar tres oficios. Entre ellos se hallaba "Mafioso". Obvia decir que no se llevó el premio final.

Toda esta explicación, a buen seguro conocida de sobras, me lleva a otro elemento (desconozco hasta que punto imprescindible) del espacio televisivo que nos ocupa. Me refiero a la bella "azafata" (o así se denominaban a las tías que pululaban por el escenario de "Un, dos, tres... responda otra vez" o "Noche de fiesta").
Años atrás, los "paneles" eran unas paredes de polimetilmetacrilato (y punto!) equitativamente fraccionadas en rectángulos, algunos iluminados (los que contienen letras a descifrar), algunos no. Cuando se dejaba al descubierto una letra, era preciso voltear el rectángulo pertinente para que dicha letra fuese visible. Y esa era la tarea de una de las dos azafatas. Porque sí, habían dos. Y entre ellas se turnaban exhibiendo sus estilizadas curvas ante el "panel". Tenían un cometido claro que cumplían con diligente solvencia.

¡Qué envidia! Tan guapos, tan jóvenes...

Actualmente, los "paneles" son algo parecido a una pantalla TFT o LCD (nunca acabo de aclararme con las nuevas tecnologías), también fraccionada en rectángulos que se iluminan o apagan en función de su ubicación respecto a la palabra a descifrar. Cuando una letra es descubierta, ya no es preciso voltear la casilla en cuestión puesto que la avanzada electrónica actual permite que la letra pueda mostrarse a distancia.

Dicho esto, para que cojones está en el plató cada día Paloma López?

Anexos:




(y sobretodo)

lunes, 19 de octubre de 2009

El Capitán no tiene quién le escriba

Querido Cpt. Pescanova:

¿Cómo estas?
¿Qué tal tu periplo por la gran ciudad? ¿Es cierto que un transporte gigantesco y metálico cruza la ciudad bajo el suelo? ¿Y es cierto también que hay vehículos conducidos por mujeres?
¿Te han ascendido ya a encargado de McRoyal Deluxe? ¿Has conocido a Jarno Saarinen? ¿Y a Laporta?

Últimamente he estado algo enfermor, creo que un catarro o un resfriado (no puedo mencionar la palabra "gripe", en el caso de que fuese lo que he tenido, ya que cunde el pánico allí por donde suena). Incluso llegué a tener algunas décimas.
Por este motivo falté un par de días al trabajo, no he escrito mucho en el blorg y, sobretodo, no he tenido mucho tiempo para confraternizar con los comentaristas habituales del mismo.
Ninguno de ellos ha venido a visitarme, supongo que por miedo a contagiarse. Creo que me han visualizado como un infectado al estilo Danny Boyle, pero andan algo equivocados ya que las cadenas que me sujetaban al cabezal de la cama no me ha permitido abrir en canal a mis padres y a mi abuela.

¿Pero qué dice el payo este? - preguntaba Jarno despues de
leer el siguiente párrafo.

Estos días en cama (en los que me he hartado a ver películas de lo más dispares, desde "50 primeras citas" a "La lista de Schindler" pasando por "Cinturón rojo"), por cierto, he descubierto en mi abuela una faceta de su personalidad que desconocía por completo. Me he dado cuenta de lo temeraria y lo sanguinaria que puede llegar a ser. En muchas ocasiones, mientras me encontraba durmiendo, fruto de la medicación y la fiebre, se acercaba con su andador hasta mi almohada y arrimaba su rostro hasta tenerlo a un escaso centímetro de mi cara. Entonces emitía un sonoro e indescriptible grito de guerra con el que me despertaba inmediatamente. Yo, evidentemente, intentaba morderla con todas mis fuerzas y arrancarle una de sus mejillas, pero los grilletes eran lo suficientemente consistentes como para permitirle descojonarse ante mi locura y delirio sin retroceder un paso. Parece ser que mi cara llena de pústulas y la sangre que brotaba de mis encías no le producían ningún tipo de miedo.
Por lo demás, todo normal.

Hace un par de semanas, mientras me dirigía a la biblioteca pública como cada viernes, me crucé con Gegant, el crack regordete del Pak. Me reconoció a la legua y se acercó a saludarme. O eso creía yo, ya que, a medida que se acercaba, pude atestar como unos regueros de lágrimas se deslizaban por cara. Bueno, era más bien una mezcla de sudor (el ingrediente secreto de los Dürüm) y alguna que otra lágrima. Que esa es otra, no creo haber visto nunca a los integrantes de la plantilla del kebab sin sudar.
Pues como te decía, Cpt., se me acercó lloroso-sudoroso preguntándome cuando pensábamos volver. Lo cierto es que desde que te marchaste tan solo he vuelto una vez ya que temo que el pollo no sepa a pollo, ni el cordero a cordero, ni el queso a queso y así hasta completar todos los ingredientes que componen un Dürüm. Insistió en el problema de nuestra alargada ausencia al comentarme que no puede pagar los plazos de una Playstation II que adquirió hace seis meses. Le prometí volver en breve aunque no se si seré capaz.

En ocasiones me siento tal que así ante tu ausensia.

Poco más.
La buena vida se ha acabado, me temo. En breve volveré a correr y a perder kilos y dejaré de emborracharme entre semana como solíamos hacer. Cogeré el temario de prisiones (...) y le daré una buena tunda y esconderé los Rainbow Six (que tu compañero no joda toda la misión cuando está a punto de finalizar ya no tiene tanta gracia).
Incluso Travis a devuelto su nuevo y flamante Fifa 10 (que raro queda eso de "10"), pues un partido sin tus entradas asesinas a destiempo sin amonestación correspondiente no es lo mismo, y lo ha cambiado por el libro "Harry Potter y el misterio del príncipe" (que debería ser "...y el príncipe mestizo", no?). Travis leyendo...

Espero que estés bien y que podamos verte en breve.

Un abrazo.

martes, 29 de septiembre de 2009

Palillos chinos

Cpt. Pescanova había terminado su primer y exótico plato (pues goza de un peculiar gusto para combinar alimentos) y empezaba a mirar con cierta impaciencia a Travis, que parecía complacido saboreando con calma sus fideos tres delicias. Me lanzó una mirada de complicidad a mí también, pero yo andaba demasiado distraído intentando no quebrar una copa vacía, alzándola por su parte más delgada con mis palillos chinos.
Decepcionado por nuestra poca implicación ante el asalto al buffet, se levantó con el plato vacío entre las manos soltando un “Que os den, me voy a por la carne” con tales prisas que creíamos realmente que los demás comensales iban a vaciar las bandejas de comida y a dejarnos con las sobras.
Me levanté instintivamente con intenciones de seguirlo cuando observé como una de las camareras daba la bienvenida a una pareja que acababa de entrar en el restaurante. Un tipo normal seguido de una joven normal, tanto, que prácticamente no reparé en ellos para sumergirme, en cambio, en el genial abanico de platos variados del buffet.

Ensalada de patata, cuatro variedades de maki, algo de marisco supuestamente fresco, croquetas y demás fritanga. Aunque siempre me cuesta decidirme ante tales exquisiteces culinarias, acabé decantándome por medio plato de cerdo agridulce.
Me dirigí junto con Cpt. Pescanova hacia nuestra mesa charlando en tono jocoso sobre las habilidades ocultas de la alargada uña del dedo meñique del cocinero a cargo del wok del restaurante y nos sentamos sin darnos cuenta que gozábamos de nueva compañía: la pareja que había visto unos minutos atrás había sido instalada a nuestro lado, demasiado cerca para mi gusto.

Porque el amor se esconde en los bocados más insospechados

Nuestra mesa para cuatro estaba separada de otra más pequeña, para dos personas, por un listón de madera de color granate, que no se alzaba más de unos diez centímetros por encima de entre las dos mesas, con alguna filigrana a modo de decoración y unos remates horteras dorados, olvidando por completo si “intimidad” se escribe con “h” e incomodando a los comensales de ambas mesas.
Me senté sin mediar palabra al respecto aunque mirando a Travis con total desagrado por lo penoso de la situación. No lograba entender como, de entre las veinte mesas que debían seguir desocupadas en el local, los habían situado junto a nosotros. Y cuando digo junto, me refiero a junto. La distancia que me separaba de Travis era, por unos pocos centímetros, la misma que me apartaba de él.

No obstante, seguimos disfrutando de la comida mezclando el silencio con algún comentario que otro menos ofensivo, en general, y con un tono de voz más relajado.
Miré mi plato. Imaginé los trozos deformes de cerdo como fracciones de un gigantesco iceberg flotando en un mar de salsa agridulce chocando contra ballenas verdes, dignamente interpretadas por pequeños trozos de pimiento poco hecho. Dejé escapar una suave carcajada. Alguien también dejó escapar una leve carcajada.

Levanté la vista hacia mi lado izquierdo y allí estaba él, mirándome con sus ojos oscuros como el alga nori que enrolla el arroz del maki, y sonriendo como un estúpido. Yo también sonreí como un idiota mientras me percataba que en ese momento ambos estábamos solos: Cpt. Pescanova y Travis atacaban ahora la zona de los postres, debatiendo cual de los helados era mejor para combinar entre los tallarines tres delicias y la ternera con salsa de ostras; la chica que lo acompañaba a él había abandonado la mesa súbitamente para dirigirse a los servicios.

No era muy apuesto, la verdad, pero tenía un cierto aire intrigante que le concedía algo de atractivo. No me había quitado aún la vista de encima y eso me inquietaba sobremanera, aunque no fue nada comparado como cuando su mano se posó con descaro sobre la mía.
Mostré enfado por su desfachatez y por la vergüenza que podría provocarme que alguien nos sorprendiese en semejante situación, aunque por dentro sentía como si mis glóbulos rojos estuvieran deleitándose en primera fila con un espectáculo piro musical.
Entonces su dulce voz varonil susurró “Tienes una risa preciosa, ¿sabes?” a lo que yo arrojé “¡Cállate, idiota!” y volví a soltar otra carcajada, igual de suave y cálida que la anterior. Seguimos mirándonos fijamente, como si intentásemos memorizar cada detalle del otro y poder encerrar ese retrato mental en algún rincón de la cabeza. En un acto instintivo, totalmente impredecible, cogí con delicadeza mis cubiertos orientales y tomé un pequeño pedazo de cerdo bañado en salsa. Me lo acerqué a los labios y, después de soplar ligeramente sobre él, le di un beso lleno de ternura y se lo acerqué hasta su boca, que lo apresó dócilmente y lo masticó sin dejar de hacer suyos mis ojos.

¡Surprais!

Se giro rápidamente y mis cubiertos de madera se tropezaron con mis torpes dedos hasta caer al suelo. Volví para mirarle pero él contemplaba ahora a su acompañante, que regresaba nuevamente con un aspecto algo desmejorado y, ya frente a él, le revelaba que se encontraba algo mareada y parecía suplicarle por abandonar el local.
Él se levantó con presteza e ignorándome por completo, la rodeó con su brazo por la espalda y se dirigieron hacia la barra del restaurante con paso firme.
No me había recuperado aún de la rapidez con la que había sucedido todo cuando los contemplé tomando el pasillo que conducía al exterior del local. No lograba explicarme lo que había tenido lugar allí hacía tan solo unos minutos. Ahora, su brazo la cogía por la cintura y mis palillos chinos seguían en el suelo.
Entonces se giró un instante para comprobar que yo seguía con los ojos clavados en su nuca y, tras dedicarme una pequeña sonrisa, movió los labios diciendo algo, diciéndome algo, antes de abandonar el local.

Un trozo de pan chino golpeó mi cara compungida.
Cpt. Pescanova, que combinaba el bollo con un sorbete de limón, sonrió y lanzó otro pedazo de pan al torso de Travis, que se sentaba, nuevamente, a mi lado izquierdo. Habían vuelto a la mesa y ni siquiera me había enterado.
Travis alargó su cuello intentando comprobar, por encima mío, si la pareja seguía aún a nuestro lado y suspiró aliviado al ver el resultado. Me golpeó afectuosamente con el codo celebrando nuestra suerte al haberse marchado tan pronto.
Sí, que suerte” respondí en un tono que solo yo pude escuchar mientras recogía mis palillos chinos.

martes, 22 de septiembre de 2009

El nuevo mundo

No sería más tarde de las 05:20h. de la madrugada.

Había tenido una intensa y cansada jornada laboral de 15:00h. a 23:00h., la cual se había hecho más pesada de lo normal puesto que la noche anterior solo había dormido unas cuatro horas, más o menos.
Una vez acabado el turno, me había desplazado hasta casa para cenar y ducharme. Lo de cada día.

Llenado el estómago y relajado por el agua, no estaba verdaderamente animado a hacer algo más que no fuese dormir, no sin antes haber devorado unas quince páginas del apasionante “Harry Potter y el príncipe de Azkaban”, pero aún así me entretuve más de lo debido delante del teclado. Y pasaban las horas.
Para acompañar la noche como debía, añadí a las sombras nocturnas que merodeaban libres por el dormitorio, el tintineo del hielo flotante en un par de copas bien cargadas y el humo de algunos cigarros sazonados.
Me pesaba la cabeza y los párpados. Los dedos tecleaban y “clickaban” con una sorprendente inercia mientras mis manos parecían ser movidas cual extremidades de una marioneta. Hacía rato que había dejado de percibir la música que armonizaba la velada.
Siempre he pensado que no hay nada mejor que dormir cuando uno tiene sueño o se siente muy cansado, pero que es mejor aún cuando llevamos un poco más lejos nuestras fuerzas y nos agotamos algo más. Entonces caer rendido en la cama es algo prácticamente orgásmico, casi lascivo.
Y el momento, ya había llegado.

"...es algo prácticamente orgásmico, casi lascivo..."

Así que no sería más tarde de las 05:20h. de la madrugada cuando preparaba un par de capítulos de “The office”, mi serie de cabecera (necesito dormirme con la calidez de voces familiares de fondo), y apartaba la delgada colcha.
Me fascina el instante inaugural de deshacer mi cama que ha estado aguardándome durante todo el día, impasible e inalterable, sabiendo que, más tarde que temprano, mis huesos van a yacer sobre ella plácidamente. Mágico ritual, protocolario, me atrevería a decir.
Es algo así como destapar una helada botella de Coca-cola cuando el sol veraniego más pega.
O como abrir una bolsa de Lay’s Vinagreta mientras compruebas por televisión que tu equipo preferido acaba de saltar al terreno de juego.
O como desabrochar un sujetador negro de encaje después de haberte enredado los dedos en él de forma expresa.

Estaba retorciéndome entre sábanas, calidamente arropado y perdiendo irremediablemente de vista el horizonte de la conciencia. Cada vez me parecía más costoso seguir las voces de Steve Carell y Rainn Wilson y ya no digamos leer sus correspondientes subtítulos.
Me dormía. Y no pensaba poner impedimento alguno.

- ¿Qué duermes? – me sorprendía la voz de mi madre que asomaba un tercio de su cara por entre el marco de la puerta.
- Si – contesté abriendo un sólo parpado – ¿Sabes qué hora es?
- Las cuatro o así – respondió dando muestras de que no parecía preocuparle realmente en que franja horaria nos hallásemos.
- Las 05:30h. – contesté con cierto mal humor mientras se acercaba hasta quedarse a tres palmos de mi cara.
- Bueno, es igual. Oye, tú te acuerdas de la que hizo Rocky? – sí, no podía creer que hubiese entrado en mi habitación para preguntarme semejante nimiedad. ¿Acaso no podía esperar a mañana?
- ¿En serio me estás preguntando esto? ¿Has venido para… - pero no me dejó acabar.
- Si, ¡calla! ¿Tú te acuerdas o no de la que hacía de mujer de Rocky?
- Hombre pues si, me acuerdo de su cara, pero el nombre ahora mismo pues…
- Talía Shire.
- Eso, si. Creo que se llamaba Talia Shire. Si, la mítica "Adrian". ¿Y bien? ¿Sólo querías saber el nombre o… - pues aún no entendía bien que significaba todo aquello y menos aún porque no estaba durmiendo desde hacía unos minutos tal y como estaba proyectado.
- No, ¡calla! ¿A que no sabes de quién es familia? – preguntaba con los ojos iluminados y con cierta excitación.
- Pues de sus padres y de sus hijos. Yo que sé. Mama, quiero dormir.
- ¡De los Coppola! – revelaba como si acabase de descubrir una nueva especie animal y la mostrase a la prensa mundial. – De los Coppola, de Francis Ford Coppola, que es su hermana, y también de Nicholas Cage, que es su sobrino. Talia Rose Coppola, se llama. ¿Y sabes qué más? – porque al parecer, aún había más.
- …sorpréndeme… – dije con todo el desencanto del que disponía.
- Pues que hay unos Coppola que son una familia de mafiosos sicilianos, ladrones, matones y delincuentes en general. A ver si van a ser familia, ¿eh? – remataba mi madre derrochando curiosidad.
- Ah, pues vaya con los Coppola…
- Si, si. Que fuerte, ¿eh? – decía para si misma, aún absorta con sus recientes descubrimientos y dando pequeñas vueltas sobre su propio eje – Que fuerte, si… Pues eso. ¡Ala, buenas noches, hasta mañana!

Coppola durante el rodaje de "Apocalypse Now"

Y dándose la vuelta y moviendo la cabeza de arriba y abajo, desapareció de la habitación de la misma misteriosa manera que había irrumpido en ella.

No debí enseñarle a utilizar Google”, pensé.
Y caí rendido en un profundo y anhelado sueño.

domingo, 6 de septiembre de 2009

24

Hace no menos de siete días, llegué a la indiferente edad de veinticuatro años, evento que celebré rodeado de aquellos a los que uno siempre quiere tener cerca, a pesar de alguna que otra importante ausencia.

Eran aproximadamente las 05:27h. de la madrugada.
Me encontraba solo, sorprendido aún de que tantas personas se hubiesen tomado la molestia de pasar conmigo aquella noche. “Algo debes hacer bien”, me dije frotándome los brazos mientras una fresca corriente me producía un pequeño escalofrío. Las mesas del patio de la casa aún reflejaban signos inequívocos de una celebración. Restos de globos de colores, copas prácticamente vacías y algo de pastel en un plato de plástico rojo.
Andaba abstraído, recordando las caras de cada uno de los asistentes y recogiendo tres copas que horas atrás habían contenido dos refrescantes mojitos y un largo trago de cava, cuando, inconscientemente, me vi sorprendido por la estúpida cuestión sobre el uso de la edad.

¿Para qué coño sirve la edad?”, pensé transformando al unísono mi cara en una que parecía como si hubiese visto como alguien le cagaba en la cabeza a otro (es un símil para intentar expresar esa cara que ponemos a veces, o al menos así lo hago yo, cuando algo no nos cuadra, de acuerdo?).
Llevé los vasos al fregadero y me senté a liarme un cigar con toda mi atención volcada al tema de la edad.
La edad debe ser algo así como una etiqueta, un sello distintivo censurador, que limitará nuestras posibilidades y opciones a lo largo de nuestra vida, ¿no?" (Porque los que hablamos solos nos auto cuestionamos para así poder respondernos).

Jóvenes y ancianos unidos por una misma causa,
dejando de lado la barrera de la edad.

E inmediatamente me vino a la cabeza aquella ocasión en la que una chica se echó para atrás sobre algo sobrio como ir al cine juntos al descubrir que yo tenía tres años menos de los que ella imaginaba.
Si me encontraba interesante inicialmente, ¿qué cambiaba el hecho de que tuviese veinte años en lugar de veintitrés? ¿Acaso con tres años más ganaría en interés aunque ese margen temporal lo hubiese pasado jugando al Guitar Hero? ¿Por qué no me decía claramente que la película que había elegido para ir a ver le parecía una mierda?
También recordé una noche en la que, faltando un mes para cumplir los dieciocho años, me denegaron una compra de whisky, concretamente mi fiel amigo Jack Daniel’s. Recuerdo incluso la cara de menosprecio que puso el cajero del establecimiento, cara que, un mes más tarde, se hubiese tornado en una expresión de falso buen rollo con sonrisa de “vuelva, por favor” incluida.
¿Realmente iba a madurar lo suficiente como persona en un mes como para poder tomar alcohol sin esconderme? ¿Será que las chorradas que hubiese hecho esa noche producto del alcohol no las hago hoy, seis años después?
De igual modo, y por no ponerme a mi mismo como continuo ejemplo, pensaba en mi padre y en su estatus de parado. ¿Cuántas eran las veces en que la única pega para encontrar trabajo había sido su edad?
¿No se supone que la experiencia es un grado muy importante? ¿Es lógico desechar a una persona porque tiene supuestamente demasiada edad para un puesto aunque sobre de experiencia para, en cambio, contratar alguien joven carente de muchos conocimientos sobre la materia?

No lograba entenderme ni ponerme de acuerdo.
Así que imaginé un caso más rocambolesco.
Imaginé un joven y comprometido Obama. Si, si, soy consciente que esta entrada se acaba de ir a la mierda haciendo uso del vocablo “comprometido” y nombrando a Don Barack, pero supongo que nadie esperaba que acabase tomándome en serio lo que había empezado, ¿no?
Pues, como decía, imaginé a un young Barack subido a una caja de fruta vacía, rodeado y jaleado por una muchedumbre afro americana que aplaude cada una de sus palabras progresistas en busca de la igualdad racial. Pancartas, consignas e incluso canciones en pro de la raza negra tiñen a lo largo y ancho las calles de Detroit, por ejemplo. Durante un momento en que Barack toma aire y fuerzas para volver a arremeter contra la represión blanca, un nigger, que había bajado a tirar la basura y se apunta al mogollón, tiene la maravillosa idea de preguntarle al chaval por su edad. “Dieciséis años, señor”, contesta orgulloso Barack, “recién los cumplí, hace un par de semanas tan solo”. El hombre curioso se gira decepcionado y exclama “No le hagáis caso: está en la edad del pavo”. Y en cuestión de segundos, el gentío se evapora en busca de Kentucky’s donde devorar alitas de pollo mientras el joven Obama se sienta sobre la caja de fruta vacía y da un sonoro puntapié a uno de los carteles que luce el lema “¡Queremos un presidente negro!

...

Como comprobaba, a medida que me venían a la cabeza más casos relacionados con la edad (a excepción de éste último), buena parte de ellos chocaban directamente con la mayoría de edad, regulada mediante Real Decreto-ley 33/1978, de 16 de noviembre. Cavilé sobre si generalizar la mayoría de edad no era un error, sobre si no sería más eficaz certificar el paso a la edad adulta de forma individualizada. ¿Cómo? No se, supongo que mediante exámenes psicológicos o mierdas por el estilo.
Porque los hay que, aún teniendo los dieciocho, no deberían coger un coche en su vida para seguridad del viandante. O también los hay (aunque en menor cantidad por desgracia) que, para su prematura edad, podrían dedicarse a reeducar a sus padres sobre temas como el alcoholismo o la violencia de género.

¡Buff, que complejo!”, exhalé.
El tema se me iba de las manos, era demasiado extenso como para que pudiera abarcarlo con tan poco papel a mano.
Me lié otro cigar con el último papel disponible. Mientras lo degustaba con calma, di un par de vueltas más al asunto de la edad sin sacar nada en claro excepto algo en lo que estaba de acuerdo.
Tener un año de más me servía de bien poco, seguía pensando las mismas tonterías que de crío.