domingo, 14 de diciembre de 2008

Me brindaría lumbre, joven?

Dicen que con la educación se va a cualquier parte. 
Está claro que, a la cama acompañado de una hembra Vegasicilia del 84 Especial Reserva, no. Y lo cierto es que con una hembra Don Simón Carrión tampoco. Esto es asín.

Nací en el Medievo, creo. Según voces con más experiencia que la mía propia y después de varios estudios y encuestas realizadas a una sola persona “after Volldamm time”, las mujeres de hoy en día (y entiéndase esto como toda fémina encontrándose entre los 18 y 30) buscan lo que se conoce como “lobos”, wolves en ingles. Por supuesto, y antes de seguir y ganarme el odio y la irascible crítica de todo el colectivo femenino lector de Sopa de Pepino III compuesto por ninguna mujer, cabe añadir a lo anterior y a lo próximamente dicho que esta entrada hace referencia a una gran mayoría aunque siempre hay excepciones.

Pues bien, después de guardarme las espaldas y de salvar las pocas posibilidades que me queden de despertar junto a una persona del sexo opuesto de forma gratuita, disfrutemos de este interesante tema para todos aquellos que hemos sido directamente maltratados por este tipo de mujeres. 

A menudo me pregunto cómo entablar conversación con una chica sin salir trasquilado. Los ya manidos “tienes fuego?”, “tienes hora?”, “estudias o trabajas?” y un largo etcétera, han quedado en desuso. Parece ser que hoy en día si no es con un “hola, follamos ya o tengo que decir tonterías hasta que nos cansemos?”o “tengo un par de pollos del Tío Cosme, a que esperas para lamerme la huevada?”, uno no se come una puta mierda. 
Que conste que lo de la farlopa no me lo invento puesto que según estudios que aparecen en Antena 3 anualmente para recordarnos lo mal que esta la juventud, el consumo de cocaína por parte del colectivo femenino ha ascendido hasta dejar atrás al colectivo masculino. Esto, también es asin.


Sopa de Pepino III: colaborando con la sociedad
aportando estudios sociológicos desde 1975.


Viendo semejante percal, este media mierda que escribe tiene dos problemas. 
El primero y más sencillo es el tema monetario. No puedo costearme drogas a mí mismo y se las voy a pagar a la primera con monazo incluido que me encuentre. Y una mierda. Haciendo cuentas, saldría más económico ir a cualquier polígono en busca de señoras de esas que parece que les gusta pasar frío a la intemperie y saciar mi apetito sexual aprendiendo a la vez rumano, ruso, nigeriano o portugués. Seamos inteligentes y exprimamos cada céntimo. “Perdona, mientras echamos el polvo, puedes recitarme en tu idioma natal las preposiciones?”. Es una idea.

Mi otro problema (respecto a este tema, claro) se encuentra en mi actitud. No sé ser un chulo, un guay, un vacilón, un lobo (tal y como decíamos antes). No me sale. Me entreno ante el espejo del aseo de mi casa lanzándome a mí mismo miradas insinuadoras y desafiantes y violándome psicológicamente con frases sacadas de películas de Max Cortés y de Arturo Fernández. “Te he estado viendo toda la noche y ambos sabemos que saldremos de este garito para acabar en mi cama.” O “Mira chata, no me negaras que lo mío es buena planta y no lo de el jardín de afuera, eh?” Como un servidor es un necio de la vida y recién ignorante 2008, recojo ambas expresiones dignas de premio Planeta y las uno creyendo que dará lugar a una súper frase capaz de abatir a cualquier mujer que se me cruce. “Mira chata, te he estado viendo toda la noche y ambos sabemos que lo mío es buena planta y no lo de acabar en mi cama”. A la mierda.


Cuidado con este colectivo.


Para los seres grises y tristes, como éste que escribe, disponemos de una opción alternativa, otra vía de escape. Para iniciarnos en este sombrío camino deberemos, contar con al menos unos 20 €uros in cash para poder llevar a cabo con éxito la operación. 
Básicamente se trata de tener paciencia y esperar en un garito nocturno, una discoteca o pub preferentemente, a que pasen las horas y la sala se vaya vaciando, dejando así al descubierto esa clase de mujeres tan amada por unos y odiada por otros: las borrachas. 
Las borrachas, por norma, son de fácil acceso y rápida e incoherente conversación, por lo que el hombre culturalmente pobre no necesitara de extenso vocabulario para cortejarla. Como decimos, son aptas para todo tipo de hombre en lo que a la parte psicológica refiere. El único contratiempo será (y aquí es donde demostramos que pensamos en todo) que habrá que invitar al espécimen a alcoholizarse más o bien porque nos lo pide ella misma o porque aun está suficientemente consciente para nuestro gusto. 

Esta es otra manera de obrar, dicen que con una efectividad del 88% de las veces intentadas. No obstante yo con este tipo de señoras o señoritas prefiero no vérmelas, no sea que en pleno meneo le dé por intentar devolver el alcohol a su estado original, salpicando mi pecho, me dé rollo y descubra que soy un apasionado de la emetofilia.

Somos víctimas de la consecuencia de años de represión femenina.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Course Serie Nº59 (Bonus)

Pues nada, aquí dejo algunas fotos del día en cuestión. Eso sí, preservando la intimidad en todo momento.



















Course Serie Nº59 (Alternative ending)

El semáforo de salida anuncia el inicio de la carrera final. No hay vuelta atrás.

14 pilotos estrangulan aprisa el acelerador buscando el liderazgo que ostento hasta la primera curva, en la que una colisión múltiple desbarata el orden inicial de los competidores. Imagino la existencia de un nuevo pacto entre mis adversarios ya que me veo continuamente agredido por más de uno de ellos. Choques sin motivo alguno, encerronas entre más de dos pilotos, bloqueos antideportivos…
Es en momentos como estos cuando aparece la cara más sucia e indecente de las personas. Compito contra una deportividad cero y con una avería que ha sufrido mi vehículo en uno de los encontronazos. No obstante, no me doy por vencido e intento pelear por la victoria hasta que la mala suerte vuelve a azotarme cuando se cruza ante mí, en pleno vuelo rasante, una pequeña ave que, aunque intento sortear con gran habilidad, acabo arroyando, quedando trabada en una de las ruedas traseras. 

Mis rivales, comprobando que he quedado anulado en la competición, aprovechan para ganarme distancia... 

... pero como todo ganador nato, desplego en cuestión de segundos un pequeño arsenal de herramientas básicas que me permiten reparar el kart sin detenerme en ningún momento durante la carrera. Subsanados los problemas del motor y la rueda trasera, me dispongo a dar hasta el último aliento para salir vencedor de la pista. No voy a permitir que semejantes personajes se salgan con la suya y si he de recurrir a la violencia, que así sea.

En un santiamén y con un par de arriesgadísimos adelantamientos, uno de los cuales provoca un accidente mortal para el piloto rival, vuelvo a entrar en la disputa por los cinco primeros puestos. El piloto situado a escasos metros de mí e intuyendo que en breve será avanzado, deja caer sobre la pista siete patitos junto a la madre pato con el fin de detenerme. Aunque con dificultad, mi gran pericia al volante me permite esquivarlos. También hago lo propio con dos charcos de aceite, una abuela tejiendo en mecedora y un piano de cola tocado por Serafín Zubiri, al que le pido prestadas sus gafas para protegerme de varios punteros láser que apuntan sobre mis ojos.


Suerte que contaba con la ayuda del perro lazarillo de Serafín.

A medida que avanza la carrera, esta va tornándose en mi particular cruzada contra el mal. Otro de los pilotos con el que disputo un par de curvas, invoca una legión de nazis negros, a los que tengo que abatir con mi M96 hasta que agoto la munición, momento en el que me veo forzado a esquivar un centenar de proyectiles siempre con la meta como objetivo primordial. 
Al inicio de la última vuelta de la carrera me encuentro en segundo lugar, batallando con el líder provisional e intentando no ser herido por las balas del ejercito nazi, al cual se ha vuelto ha sumar las bajas que habían sufrido ya que parecen volver a la vida. 
El combate es duro y los dos pilotos acabamos poniendonos en pie sobre nuestros vehículos e intercambiando un puñetazo tras otro. Uno de los golpes que recibo, me deja seriamente herido, pero soy capaz de atestarle un último cabezazo que lo noquea y lo deja en la cuneta a un tercio del final de la carrera.

Estoy a punto de lograrlo. Tan solo he de resisitir unos cuantos metros más aunque la lluvia incesante de artillería de los zombis nazis negros está afectando seriamente el estado de mi vehículo. Para colmo, descubro un pequeña mochila cargada de material altamente explosivo popularmente conocido como C4 con un temporizador que marca cinco segundos y bajando para activar la detonación.
Tan solo puedo arrojar la carga explosiva que estalla a escasos metros detrás de mi lanzándome a gran velocidad hacia la meta permitiéndome quedar en el ansiado primer lugar.


Please, enjoy.


Herido, con el volante en la mano como única pieza del kart que ha resisitido a la infernal carrera, me alzo con la gloriosa victoria mientras un grupo de jovenes animadoras junto a todos los pilotos me llevan en volandas y me hacen entrega del mayor premio jamás imaginado: el cáliz de la vida.
El gran espectáculo piromusical ilumina nuestras caras y mientras un chef turco prepara kebabs de pollo con queso para todos.

"A mi no me hacen falta sardinas pa' beber agua"

Course Series Nº59 (2º Parte)

He de correr más rápido que ellos. Tan solo eso. Más rápido.

Y sin muchas dilaciones ni florituras, empezamos a rodar uno tras otro abandonando los modestos boxes, envidiosos de no formar parte de un circuito profesional.
La velocidad de los pilotos y el ritmo e intensidad del recorrido aumenta progresivamente. 
En esta nueva disputa el rival es, al fin y al cabo, uno mismo. No importa ser adelantado o dejar atrás a los otros competidores. Lo realmente trascendental es realizar un recorrido perfecto fruto de una excelente conducción para llegar a conseguir una gran marca de tiempo. 
O lo que es lo mismo: carbonizar las curvas, asfixiar el acelerador, forzar con milimétrica precisión el volante y repudiar el pedal del freno.
Siendo máxime practicante de estos principios, me empleo a fondo en la pista, que ahora se encuentra algo más seca, prestando atención a todo cuanto sucede a mí alrededor. 

Durante buena parte de estas vueltas algunos de los conductores, sabedores de mis altas probabilidades de alzarme con la victoria, intentan perjudicar mis resultados colisionando de forma expresa sus vehículos contra el mío e intentando desplazarme fuera de la pista. 
Observo además que estos ataques indiscriminados solo van dirigidos hacia mí. Parece ser que han olvidado las pequeñas disputas entre ellos y, previo pacto, han decidido aliarse en mi contra.
Esto solo significa un pequeño contratiempo pues, de todos modos, consigo llevar a cabo en varias ocasiones un recorrido magistral, impartiendo al resto, de forma inevitable, una autentica clase de conducción.


Dramatización.


En cuestión de minutos, volvemos a detener los karts en la zona indicada y a deshacernos de los asfixiantes cascos. Aun con el frio de la mañana, he de secar un par de gotas de sudor algo despistadas que merodean por mi frente.
Varios pilotos charlan de nuevo y aplauden sus aventuras y desventuras sobre la pista mientras otro grupo se encarga de recoger e interpretar el impreso con los resultados. 
Doy por hecho que un error en el cronometraje ha sido el principal causante de que mis tiempos consten como los peores de todos los pilotos. Aunque a nadie parece extrañarle, repito cada treinta y cinco segundos que no comprendo cómo puede haber pasado, que he desarrollado varias vueltas sin error alguno y que debe haber algún fallo informático en el cálculo de la duración de los recorridos o en la impresión del archivo.

Cuando comienza a tomar forma la idea de quejarme seriamente y exigir que se vuelva repetir la anterior prueba, uno de mis compañeros me comenta que entre todos los pilotos han decidido que sea yo quien salga primero en la carrera final.
No pregunto porque, solo considero que se hace justicia. Agradezco su gesto intentando esconder mi regocijo y mis ganas de gritarles que eso es exactamente lo que debía pasar. 
Me alejo levemente de la cuadrilla, que aun discute sobre los próximos posicionamientos de salida con la hoja de tiempos en mano, y doy un pequeño paseo por los alrededores para estirar las piernas y concentrarme en la prueba final. Pienso que en el fondo quizá sean buenos chicos. 


Nice.

No hay tiempo para más. Estamos ante la última etapa antes de alzarse con la victoria, el peldaño previo hacia el ansiado podio, la fina línea que separa de aquellos que alcanzaran la gloria y serán aclamados de los que descenderán a los infernos y acabarán siendo abucheados.
Volvemos a ligarnos los guantes, a encajonarnos los cascos y a acomodarnos por última vez en los vehículos. 
Indicados por el coordinador de las instalaciones, nos posicionamos en la parrilla de salida según los anteriores resultados. Me encuentro encabezando el elenco de gladiadores que batallarán hasta agotar sus fuerzas por la victoria. Algunos se santiguan y besan alguna cadena o anillo buscando la suerte en ese amuleto, otros alzan la mirada al cielo y parecen recitar algunas palabras esperando asistencia divina, mientras los pequeños motores de los karts rugen impacientes.

El semáforo de salida anuncia el inicio de la carrera final. No hay vuelta atrás.

Catorce pilotos estrangulan aprisa el acelerador buscando el liderazgo que ostento hasta la primera curva, en la que una colisión múltiple desbarata el orden inicial de los competidores. Imagino la existencia de un nuevo pacto entre mis adversarios ya que me veo continuamente agredido por más de uno de ellos. Choques sin motivo alguno, encerronas entre más de dos pilotos, bloqueos antideportivos…
Es en momentos como estos cuando aparece la cara más sucia e indecente de las personas. Compito contra una deportividad cero y arrastrando una avería que ha sufrido mi vehículo en uno de los encontronazos. No obstante, no me doy por vencido e intento pelear por la victoria hasta que la mala suerte vuelve a azotarme cuando se cruza ante mí, en pleno vuelo rasante, una pequeña ave que, aunque intento sortear con gran habilidad, acabo arroyando, quedando trabada en una de las ruedas traseras. 


Nascar es una puta mierda comparado con lo vivido aquel día.


Mis rivales, comprobando que he quedado anulado en la competición, aprovechan para ganarme no solo distancia sino también posiciones. Me veo adelantado una vez. Otra más. Y otra más. Así hasta un total de nueve veces. La carrera está perdida.

Continúo corriendo a toda la velocidad que mi dañado kart me permite para salvar al menos esa posición. No puedo permitirme quedar último, sería demasiado bochornoso para un conductor tan experimentado.

Finaliza la carrera. Empiezo en primer lugar, termino en el décimo. Soy derrotado por la anti deportividad, la injusticia y la mala fortuna, no por los otros trece pilotos.
Salimos de nuevo de los karts y nos deshacemos finalmente de los cascos. Los chicos, a los que miro con indiferencia mientras me arde el pecho de rencor y odio, ríen, jalean y comentan lo vivido. 
Busco entre el tumulto a Capitán Pescanova, al que hasta ahora no me había vuelto a dirigir por pura rivalidad, para marcharnos en breve de allí. Me comenta quien copa los primeros puestos y añade que ha resultado divertido y que se lo ha pasado bien. Ignorando por completo sus palabras y buscando las llaves de mi automóvil, le digo que se calle, que no quiero escuchar palabra alguna sobre lo ocurrido esa mañana.

Mientras los pilotos ganadores reciben su premio, una mediocre copa en miniatura que no acredita absolutamente nada sobre el evento, nos dirigimos hacia el coche. Uno de mis compañeros me aborda preguntándome si ya he de marchar y añade que ha quedado todo el grupo para tomar algo. Le contesto que tengo prisa, que no debo entretenerme, y prometiéndole otra próxima carrera, tomo rumbo hacia casa.

Durante el trayecto, detengo el automóvil en un terraplén y golpeo el volante con desmesurada rabia unas siete veces. 

Me consuela pensar que no son más que meros novatos, aficionados de fin de semana.

martes, 2 de diciembre de 2008

Sopa de Pepino III presenta: "Una breve historia sobre la corta vida de un cigarro"

El bar estaba medio vacío. Tan solo un par de mesas cercanas al escenario, donde de vez en cuando actuaba algún grupo local, estaban ocupadas. En una de ellas, una pareja se miraba y besaba continuamente. Parecía como si quisieran promocionar el amor que a ellos tan bien les hacía sentir y transmitirlo al resto de infieles, a esos ateos de un dogma en desuso. En otra mesa y no muy lejos de la pareja, un grupo de cuatro amigos soltaban cada siete minutos una gran risotada mientras se pasaban un cigarro condimentado. Los botellines vacíos de cerveza que abarrotaban su mesa me recordaban a un fortín.
La escasa y tenue luz y una música escogida, por cierto, con muy buen gusto, hacían acogedor al local. No ostentaba una decoración de lo más "cool" o una amplia y selecta carta de vinos, pero tampoco era necesario. Como decía aquel, la sencillez es el mejor adorno.

Miré al camarero y, mientras encendía un cigarro, pedí un ruso blanco. El hombre dejó de secar unas copas y desapareció tras una puerta ubicada al final de la barra. Supuse que me había oído.
Daba la segunda calada cuando hizo su entrada en el local. Discreta, sin filigrana alguna, pero radiante de cualquier modo. Empezaron a sonar, en ese instante, los primeros acordes de "I put a spell on you" en su versión del 68 por los Creedence Clearwater Revival, cosa que agradecí secretamente.

Se acercó hasta a mí e intercambiamos un soso "Hola"
Me preguntó si llevaba mucho rato esperando y le contesté que no más de veinte minutos. Aunque ella no lo supiera, nunca me había importado aguardar demasiado tiempo si ella constituía el objeto de tal espera.
Le propuse tomar algo pero lo rechazó argumentando que no tenía mucho tiempo, que aún tenía que hacer algunas cosas. Me felicité por no tener ninguna obligación a comparación de ella, me podía pasar la tarde bebiendo y charlando con el barman.
Soltó "un voy a ser directa porque sabes que no me gusta andarme con rodeos". Y me temí lo peor aunque mi cara fingiese una frívola sonrisa al servirme el camarero el combinado.
"Me voy de la ciudad por bastante tiempo, aunque creo que ya lo sabías". Sí, lo sabía. En una ciudad pequeña y con conocidos en común es difícil no saber algo de alguien o el qué de quién.
"Buen viaje" le contesté rencoroso. Y me dio una sonora bofetada que provocó el silencio y la expectación del grupo de amigos del fondo del local hasta que volvieron a reírse entre ellos y nos ignoraron por completo.


"Nuestro encuentro no había durado ni la corta vida de un cigarro, creo."


Reconozco que fue una respuesta un poco imbécil por mi parte. Pero me habían dolido sus palabras mucho más que su leve agresión. Ella consciente de esto, se disculpó del manotazo. El frío ruso blanco calmaba mi ardiente mejilla.
"No quería decir eso. Tan solo...". Y sin dejarme acabar la frase, algo que sabía que detestaba, bebió un buen trago de mi vaso y me besó. Y creo que lo hizo de la forma más apasionada que nunca lo había hecho. Me recordó a nuestro primer en beso en la despedida de aquella lejana segunda cita. Ciertamente, no era de extrañar. Estábamos ante nuestro último beso. Sus labios quemaban, su lengua empapaba.

Unos segundos después su boca se alejo de la mía. "Mierda!" pensé. Me miró a los ojos y dijo que sentía que las cosas hubiesen salido así, que uno no puede decidir de quien se enamora. Aunque no me gustasen sus palabras e intentase omitirlas, estas resonaban en mi cabeza con más dureza de la que podía soportar.
"Lo siento pero tengo que irme" expuso ella, a lo que solo fui capaz de contestar "Cuídate". Y mientras se acercaba a darme un inocente beso en la mejilla me susurró que me quería. 

No le hizo falta ponerse el abrigo, pues aún no se lo había quitado. Nuestro encuentro no había durado ni la corta vida de un cigarro, creo. Me miró y antes de que me dijera adiós le pregunté si nos volveríamos a ver. "Quien sabe..." dejó caer y se marchó despidiéndose con una frágil reverencia con su mano derecha. Me volví a quedar solo en el local o, en su defecto, con la pareja de enamorados y el grupo de amigos que evidenciaban ya un exceso de alcohol en su sangre.

Miré hacia el vaso que ahora estaba prácticamente vacío. Sonreí por unos segundos. Levanté la mirada hacia el camarero y me preguntó si deseaba una segunda copa. "Claro, cómo no!". Encendí un nuevo cigarro y la canción "Ghetto Woman" de B.B. King empezó a impregnar el humo que flotaba sin rumbo por el local. 

"Podría ser peor", pensé, y,  mientras lamentaba mi suerte, empecé a perder la noción del tiempo en aquel bar.